Más países dicen NO a las redes sociales para menores de edad
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No se trata de un tema de capricho educativo, sino de una forma de protección. ¿Cómo funcionarán estas prohibiciones?
Durante mucho tiempo, muchos padres pensaron que exageraban sus preocupaciones por los efectos de las redes sociales en sus hijos. Hoy esa preocupación, de la familia o de la escuela, se ha convertido en un problema de gobierno. En febrero de 2026, el gobierno español anunció su intención de prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años, sumándose a una lista creciente de países que han optado por medidas contundentes para proteger a los niños y adolescentes de un entorno digital que ya no genera confianza. El mensaje es claro: algo no va bien.
El primer ministro español, Pedro Sánchez, fue rotundo al afirmar que las redes sociales son un espacio donde los algoritmos anteponen el alcance y el impacto al bienestar humano. En ese marco previo, mencionó una idea central para los padres: nuestros hijos e hijas están navegando en un medio que no fue creado para ellos ni para ellas en solitario.
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¿Y ahora, por qué? Durante años se defendió la idea de que la tecnología es “neutra” y que dependía del uso que se hiciera de ella, pero el acopio de evidencias demuestra lo contrario. Las plataformas han sido creadas para captar la atención, generar dependencia y dilatar el tiempo de uso, sobre todo en cerebros inmaduros. De ahí que la preocupación, con la que bromeamos, no tenga que ver con el “tiempo frente a la pantalla”, sino con aspectos que incluso están mucho más en el fondo: ansiedad y depresión en adolescentes, ciberacoso, exposición a contenidos sexuales o violentos, manipulación emocional mediante algoritmos, asi como la falta de atención, el autocontrol y la tolerancia a la frustración.
España no está sola. También Francia prohibió las redes sociales a menores de 15 años; Australia fue la primera en imponer la restricción a menores de 16 años. Distintos países como Grecia, Dinamarca, Indonesia, Malasia y otros lo están haciendo; incluso los y las adolescentes pueden ver restricciones para acceder a las redes sociales, ya que en Estados Unidos (aunque con resistencias legales) varios de los estados exigen ya el consentimiento parental o limitan el acceso.
Este consenso de los países envía un potente mensaje a las familias y a la educación: no se trata de un tema de capricho educativo, sino de una forma de protección. ¿Cómo funcionarán estas prohibiciones? Uno de los ejes principales es la verificación real de la edad, no sólo marcar casillas que los niños pueden activar. Las entidades gubernamentales están demandando a las plataformas que implementen barreras efectivas y asuman responsabilidades legales en caso de que se dé acceso indebido o se difundan contenidos ilegales. ¿Cuándo México será el siguiente país en tomar esta decisión?
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¿Qué significa esto para los padres? Más allá de lo político, estas decisiones refuerzan una idea: poner límites no es autoritarismo, es cuidar.
Durante demasiado tiempo, a los padres se les ha hecho sentir culpables por decir “no”, como si limitar el acceso a las redes sociales fuera sinónimo de atraso o represión. Hoy la ciencia, la educación y las políticas públicas están diciendo lo contrario: comunican que los límites son una necesidad para el desarrollo sano del cerebro infantil y adolescente. Las redes sociales no son espacios inocentes ni providenciales per se. Exigen madurez emocional, pensamiento crítico y autorregulación, capacidades que todavía no están totalmente desarrolladas en la infancia, especialmente en la temprana.
Las prohibiciones de los gobiernos no sustituyen la responsabilidad de las familias, pero sí nos invitan a reformular una pregunta incómoda: ¿los dejamos solos ante un sistema diseñado para sacar recompensas emocionales de ellos? Tal vez el verdadero avance no sea tecnológico, sino humano: volver a poner a los niños en el centro, incluso si eso implica tener que decir “no” antes de que sea demasiado tarde.