Memoria en ruinas
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El símbolo es la articulación entre una forma visible y la idea que representa. Su función es comunicar conceptos complejos y, en muchos casos, abstractos, mediante un signo que es reconocido y compartido por consenso dentro de una sociedad. De este modo, el símbolo se encuentra estrechamente vinculado con la cultura y la identidad de una comunidad: actúa como un elemento de cohesión que entrelaza ideas, emociones y pensamientos, pero también prácticas, usos y costumbres.
Aunque suele definirse como una representación sensorialmente perceptible —a través de la vista, el oído o los gestos—, lo simbólico también opera de manera invisible y sutil. Se manifiesta en hábitos y prácticas cotidianas, se adhiere al pensamiento, se instala como una semilla que germina, se perpetúa y se afianza hasta ser aceptada como parte de una normalidad. Así, un símbolo no es necesariamente una imagen o un sonido; una acción, e incluso una omisión, forman parte de este lenguaje simbólico que con el tiempo, se vuelve cotidiano y natural.
Recientemente se dio a conocer la noticia de la desaparición de una vivienda protegida y catalogada como monumento histórico en el centro de nuestra ciudad. No se trata de un caso aislado,: no ha sido una, ni dos, ni tres edificaciones las que han terminados convertidas en escombros y, posteriormente, en zapaterías, estacionamientos o terrenos baldíos. Estas acciones, que podrían parecer independientes entre si, están cargadas de una profunda violencia simbólica.
¿En qué radica esta violencia? En que, al ejecutarse, se eliminan símbolos históricos, culturales y patrimoniales; se borran memorias y cotidianidades. Lo que se pierde no es solamente piedra, madera o tierra, sino el pasado vivido, la memoria edificada. Este proceso deriva en la imposición de otros símbolos sobre el territorio, de nuevas costumbres y formas de habitar el espacio que poco tienen que ver con la conservación de la memoria colectiva o de nuestro imaginario urbano. Responden, más bien, al usufructo y la explotación del espacio, al desplazamiento forzado no solamente de personas, sino a la desaparición de símbolos históricos, culturales y tradiciones constructivas que no se transforman ni se adaptan, se eliminan.
Esta acción simbólica llevada a cabo por medio de la oclusión a través de la colocación de un plástico negro, una acción aparentemente sutil y casi imperceptible, permitida y normalizada, lo pone de manifiesto, es la forma visible, es evidencia que representa, esclarece y señala.
Estos procesos silenciosos y sutiles conforman el terreno propicio para la imposición de nuevos significados y usos del espacio. El patrimonio deja de entenderse como un medio para preservar la memoria y se convierte en un objeto de valor económico disfrazado de mejora urbana. Lo anterior, incrementa los costos, promueve la homogeneización del entorno y lo transforma en un escenario, desplazándolo —y desplazándonos junto con él— de su sentido original.
Es importante señalar que, estas acciones simbólicas propician el abandono de los habitantes originarios, derivado de la imposición de estilos de vida ajenos y del auge del turismo del lujo. Estas nuevas prácticas de consumo generan exclusión y fomentan la elitización de las ciudades patrimoniales que terminan siendo accesibles solamente para unos cuantos. Como consecuencia, la identidad del lugar se transforma y se debilita la cohesión del habitar en el espacio urbano.
Es importantísimo entonces, replantearnos la manera en que entendemos y gestionamos el patrimonio. No como valor de cambio ni como un objeto decorativo, sino como el entramado simbólico que representa nuestra memoria, nuestra identidad y las formas de habitar dentro de nuestro centro patrimonial. La sustitución silenciosa de estos símbolos que nos representan, implican pérdidas que nos desvinculan de nuestra historia, reconocer esta dimensión simbólica representada en nuestros edificios es un acto de resistencia ante su pérdida.