Memoria en ruinas

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Opinión
/ 1 febrero 2026

El símbolo es la articulación entre una forma visible y la idea que representa. Su función es comunicar conceptos complejos y, en muchos casos, abstractos, mediante un signo que es reconocido y compartido por consenso dentro de una sociedad. De este modo, el símbolo se encuentra estrechamente vinculado con la cultura y la identidad de una comunidad: actúa como un elemento de cohesión que entrelaza ideas, emociones y pensamientos, pero también prácticas, usos y costumbres.

Aunque suele definirse como una representación sensorialmente perceptible —a través de la vista, el oído o los gestos—, lo simbólico también opera de manera invisible y sutil. Se manifiesta en hábitos y prácticas cotidianas, se adhiere al pensamiento, se instala como una semilla que germina, se perpetúa y se afianza hasta ser aceptada como parte de una normalidad. Así, un símbolo no es necesariamente una imagen o un sonido; una acción, e incluso una omisión, forman parte de este lenguaje simbólico que con el tiempo, se vuelve cotidiano y natural.

Recientemente se dio a conocer la noticia de la desaparición de una vivienda protegida y catalogada como monumento histórico en el centro de nuestra ciudad. No se trata de un caso aislado,: no ha sido una, ni dos, ni tres edificaciones las que han terminados convertidas en escombros y, posteriormente, en zapaterías, estacionamientos o terrenos baldíos. Estas acciones, que podrían parecer independientes entre si, están cargadas de una profunda violencia simbólica.

¿En qué radica esta violencia? En que, al ejecutarse, se eliminan símbolos históricos, culturales y patrimoniales; se borran memorias y cotidianidades. Lo que se pierde no es solamente piedra, madera o tierra, sino el pasado vivido, la memoria edificada. Este proceso deriva en la imposición de otros símbolos sobre el territorio, de nuevas costumbres y formas de habitar el espacio que poco tienen que ver con la conservación de la memoria colectiva o de nuestro imaginario urbano. Responden, más bien, al usufructo y la explotación del espacio, al desplazamiento forzado no solamente de personas, sino a la desaparición de símbolos históricos, culturales y tradiciones constructivas que no se transforman ni se adaptan, se eliminan.

Esta acción simbólica llevada a cabo por medio de la oclusión a través de la colocación de un plástico negro, una acción aparentemente sutil y casi imperceptible, permitida y normalizada, lo pone de manifiesto, es la forma visible, es evidencia que representa, esclarece y señala.

Estos procesos silenciosos y sutiles conforman el terreno propicio para la imposición de nuevos significados y usos del espacio. El patrimonio deja de entenderse como un medio para preservar la memoria y se convierte en un objeto de valor económico disfrazado de mejora urbana. Lo anterior, incrementa los costos, promueve la homogeneización del entorno y lo transforma en un escenario, desplazándolo —y desplazándonos junto con él— de su sentido original.

Es importante señalar que, estas acciones simbólicas propician el abandono de los habitantes originarios, derivado de la imposición de estilos de vida ajenos y del auge del turismo del lujo. Estas nuevas prácticas de consumo generan exclusión y fomentan la elitización de las ciudades patrimoniales que terminan siendo accesibles solamente para unos cuantos. Como consecuencia, la identidad del lugar se transforma y se debilita la cohesión del habitar en el espacio urbano.

Es importantísimo entonces, replantearnos la manera en que entendemos y gestionamos el patrimonio. No como valor de cambio ni como un objeto decorativo, sino como el entramado simbólico que representa nuestra memoria, nuestra identidad y las formas de habitar dentro de nuestro centro patrimonial. La sustitución silenciosa de estos símbolos que nos representan, implican pérdidas que nos desvinculan de nuestra historia, reconocer esta dimensión simbólica representada en nuestros edificios es un acto de resistencia ante su pérdida.

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Arquitecta por la Universidad de Monterrey. Cursó la maestría en Arquitectura con especialidad en diseño y tecnología ambiental en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde fue becaria del CONACYT y enfoca su investigación para la obtención del grado a los usos, aplicaciones y adaptaciones de la arquitectura vernácula a las nuevas demandas de la época actual. Es profesora investigadora con perfil PRODEP y coordinadora de posgrado en la Escuela de Artes Plásticas Prof. Rubén Herrera de la UA de C. Forma parte de la Academia de investigación, es miembro del comité de reforma curricular de ambas carreras, miembro del comité de la Maestría en Arte y Diseño, así como del Núcleo académico Básico del mismo programa, miembro del cuerpo académico “Expresión visual” de la licenciatura en Diseño Gráfico. Coordina la plataforma In Signia, sitio dedicado al estudio, promoción y preservación del patrimonio y los símbolos que conforman la identidad en su ciudad natal. Becaria del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) Coahuila en el año 2012 en el área de patrimonio y como creadora con trayectoria en 2021, coordinadora del libro Umbrales. El centro de Saltillo. Visiones desde la transdisciplina, donde además colabora con un capítulo, ganadora del premio de periodismo cultural Armando Fuentes Aguirre “Catón” emisión número 23 en categoría Prensa.

Formó parte del equipo de diseño del prototipo de vivienda sustentable propuesto por el CINVESTAV. Autora del capítulo “Apropiarse el territorio” en “Dimensiones del Espacio” libro editado por la UAdeC. Colaboradora en diversas revistas de divulgación a nivel nacional y regional como la Gazeta del Archivo Municipal de Saltillo. Es analista, gestora y asesora en temas de reglamentación urbana. Estudiante de Doctorado en Arquitectura y Urbanismo en la Facultad de Arquitectura de la misma universidad en donde desarrolla proyectos de investigación relacionados con el patrimonio, los imaginarios y emblemas simbólicos.

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