Mi ciudad cumple hoy 449 años

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Opinión
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“Me duele mi destino”. La mamá de Pepito se sobresaltó al oírlo decir esas palabras, más propias de un filósofo del fatalismo o de un poeta romántico que de un crío de 7 años. Le preguntó: “¿Dónde te duele?”. El chiquillo señaló su partecita de entrepierna. La señora sonrió: “¿Por qué llamas ‘destino’ a esa parte?”. Explicó Pepito: “Cuando unos novios se casan todos dicen que unieron sus destinos”... Un hombre pasó a mejor vida, y a pesar de haber sido hombre se fue al Cielo. Al entrar en la morada celestial vio a una multitud de hombres y mujeres atados con cadenas a un muro. Le sorprendió ver eso, y le preguntó a San Pedro a qué se debía tal encadenamiento. Le explicó el apóstol: “Es que son de Saltillo, y si los soltamos se van del Cielo y se regresan para allá”. Mi ciudad cumple hoy 449 años de fundada, feliz aniversario celebrado por una población que vive en paz, y que en un ambiente de orden y seguridad trabaja cada día en la oficina, la fábrica, el taller, la tienda, el hospital, la escuela, el hogar o cualquiera de los sitios donde el hombre y la mujer laboran para ganar el pan de cada día. Ciudad mestiza es ésta por cuyas venas corre sangre de europeos y tlaxcaltecas. Religión y lengua nos dieron unos; los venidos de Tlaxcala nos mostraron el valor del trabajo tesonero y nos enseñaron las artes para convertir los frutos de la tierra en galas de cocina, a más de habernos dejado un precioso legado de danzas de matachines y sarapes de Saltillo, prodigios de textura y de color. Con orgullo bien fundado, entonces, abrazo hoy a mi ciudad, y le digo que éstas son las mañanitas que cantaba el rey David... “Cotorrona”. Esa fea palabra se usaba antes para designar a una mujer soltera y ya algo añosa. Muchas de ellas aliviaban su soledad con un cotorro, de ahí el ingrato nombre. Ya no hay cotorronas, afortunadamente, y el vocablo “solterona” ha desaparecido casi del vocabulario. Ahora la mujer elige libremente, sin presión social alguna, su modo de vivir, a diferencia de lo que antaño sucedía. Allá en aquellos tiempos una cierta señora se quejaba: “Qué mala suerte la de nosotras las mujeres. Del hombre necesitamos sólo un pedacito, y tenemos que cargar con todo el animal”. Advierto, sin embargo, que me alejo de un relato que ni siquiera he comenzado todavía. Voy a él. La esposa del señor Chorras fue de compras al centro comercial. Pasó frente a una tienda de mascotas y vio afuera a un loro en cuya jaula había un letrero llamativo: “¡Ofertón! 50 pesos”. Entró y le preguntó al dueño a qué se debía el bajo precio del cotorro. “No puedo ocultarle la verdad, señora –dijo el hombre-. Mis padres me enseñaron a no mentir, a menos que fuera absolutamente necesario. Estoy rematando ese perico porque perteneció al burdel ‘La concha de Venus’. El trato con la gentuza que concurría a ese establecimiento lo hizo descarado y maldiciente. Eso disminuye su valor comercial. Pero si quiere usted comprar un loro tengo otro cuyas dueñas fueron las madres del convento de la Reverberación. El perico recita como perico la letanía lauretana; sabe el Pange lingua; entona piezas del canto gregoriano y ambrosiano. Pero ése cuesta 10 mil pesos”. A la esposa del señor Chorras le interesó más lo maledicente del loro de 50 pesos que lo devoto del de 10 mil, así que compró el perico arrabalero. Ya en su casa destapó la jaula. El cotorro se restregó los ojillos con las alas, miró a su alrededor y dijo: “Nuevo congal. Madama nueva”. En eso entraron las muchachas hijas de la señora. “Pirujas nuevas” –dijo el loro. Llegó don Chorras. Y exclamó el perico: “¡Hola, señor Chorritas!”... FIN.

https://vanguardia.com.mx/opinion/mi-casa-de-trabajo-en-chiapas-FG22356461

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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