Caso Rocky: la incongruencia y violencia de los influencers
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La indignación causada por el caso del perrito Rocky es comprensible y no queda sino sumarse a las manifestaciones de repudio generadas por el caso. Pero tales manifestaciones pierden toda virtud cuando se realizan ejerciendo la misma violencia que se dice condenar
Nadie puede poner en duda la seriedad con la cual la sociedad saltillense se ha tomado el caso del perrito Rocky, cuyo lamentable deceso ocurrió el miércoles pasado. La indignación causada por lo ocurrido es genuina y no queda sino sumarse a ella, porque los episodios de violencia y crueldad son condenables, independientemente de las circunstancias en las cuales surjan.
Sin embargo, muchas de las manifestaciones individuales registradas alrededor de este episodio llaman a preocupación porque, mientras quienes las realizan dicen condenar la violencia, ejercen esta para expresarse. No pocas de estas voces convocan incluso a la comisión de delitos.
Adicionalmente, es posible identificar claramente la intervención de individuos que solo ven en el hecho la oportunidad de medrar con la comprensible indignación colectiva. Uno de esos casos está representado por el “influencer” Arturo Islas Allende, quien viajó a Saltillo para encabezar, el miércoles pasado, una manifestación en el Centro Histórico de la ciudad.
He visto con atención las publicaciones en video difundidas por este “influencer” a través de sus cuentas en redes sociales, emitidas durante su estancia en Saltillo, a propósito del caso del perrito Rocky.
La actitud, el lenguaje y los actos de esta persona, desde mi punto de vista, son el ejemplo perfecto de todo lo que está mal en este caso. Porque no se trata —al menos no en esta ocasión— de alguien que haya decidido viajar a Saltillo para contribuir a convertir este lamentable caso en un episodio que nos ayude a evolucionar hacia una sociedad compasiva, cuyos integrantes abjuran —pero en serio— de la violencia y persiguen la paz.
Muy de espaldas a este ideal, es evidente cómo se intenta exacerbar el ánimo colectivo con el único propósito de alimentar el odio, el rencor y la animadversión hacia “el otro”, hacia el diferente, hacia el que no piensa como yo, a partir de instalarse en un banquillo de superioridad moral auto adjudicado.
Lo más llamativo —y peligroso— del performance ejecutado por el señor Islas Allende en Saltillo es la monumental incongruencia entre sus palabras y sus actos. Dice ser un defensor de los animales y, por ende, alguien opuesto a la violencia y el maltrato hacia las mascotas. Pero su lenguaje verbal y no verbal está cargado de violencia.
Profiere amenazas, insulta, endilga calificativos clasistas, hace ostentación de su presunta capacidad de movilización y activación social; es decir, amedrenta... o lo intenta. Poca virtud se percibe en sus palabras y sus actos.
Se dice indignado, como mucha otra gente, por lo ocurrido. Y eso está muy bien. Qué bueno que todo mundo se indigne y se plante en el territorio del rechazo absoluto a la violencia... pero haría falta un comportamiento libre de violencia para tomarlo en serio.