Pato Merlín a la naranja
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El aficionado vivió una regresión infantil socialmente autorizada, pero esa descarga no borró los conflictos; sólo los pospuso. Al terminar el torneo, la realidad reaparecerá
En el centro de la mesa redonda reposa un pato a la naranja. Sobre su lomo, clavada con un palillo, hay una hojita que reza:
“Discúlpanos, Merlín, por cocinarte; la carne de res, pollo y pescado está por los cielos. Como premio de consolación, hablamos con Claudia Sheinbaum para que emitiera un billete de lotería conmemorativo con tu nombre y tu fotografía. Ya lo hizo. Gracias por haber sido un ícono mundialista que apoyó a nuestra Selección. Te queremos, Merlín, ahora, y te amaremos después de la cena”.
Estamos en una sección reservada del restaurante Don Artemio, en Saltillo. Alrededor de la mesa se sientan seis personajes dispuestos a hablar de la catarsis colectiva que vivieron los mexicanos durante el Mundial. En cada servicio –platos, cubiertos, vasos y copas– hay una servilleta estampada con la imagen del Pato Merlín enfundado en su camiseta nacional.
Inicia Sigmund Freud: El Mundial fue una catarsis monumental; la multitud disolvió el control racional del yo y dejó aflorar impulsos normalmente reprimidos. México dejó de ser una suma de individuos para convertirse en un organismo emocional único que suspendió, por un tiempo, el principio de realidad marcado por la inseguridad, la polarización, la desigualdad y la incertidumbre económica.
El aficionado vivió una regresión infantil socialmente autorizada: gritó sin pudor, abrazó a desconocidos, nadó en charcos, bailó en la calle, pintó su rostro, se encaramó a postes, zarandeó automóviles, bañó de espuma a otros, cantó durante horas e imaginó que el Tri podía ser campeón del mundo. Esa descarga no borró los conflictos; sólo los pospuso. Al terminar el torneo, la realidad reaparecerá.
Carl Jung: El Mundial activó el inconsciente colectivo; ese fondo de imágenes y arquetipos compartidos por todas las culturas. La selección se volvió héroe enfrentando gigantes; más allá de diferencias sociales, ideológicas, religiosas o generacionales, México vivió el arquetipo de la tribu: todos vistieron los mismos colores, entonaron el mismo himno y participaron en los mismos rituales.
El futbolista fue guerrero; su uniforme, armadura; el estadio, un templo moderno donde se dirimen el bien y el mal. Y el humor brotó en memes, chistes, canciones, albures y caricaturas.
Émile Durkheim: El Mundial ofreció un instante en el que los mexicanos dejaron de sentirse aislados y se experimentaron como parte de un todo. Predominó un “nosotros”: desde Tijuana hasta Mérida, desde Chicago hasta Madrid, la gente compartió camisetas, himnos, gritos de gol y lágrimas por las derrotas.
Esa efervescencia reforzó, de manera puntual, la cohesión social y la identidad nacional. En un país con instituciones fragmentadas e incapaces de forjar un sentido común, el futbol ocupa parcialmente ese vacío.
Norbert Elias: El deporte, y el Mundial en particular, funciona como una válvula de escape social; permite liberar tensiones acumuladas sin destruir el orden. No resuelve problemas estructurales, pero alivia momentáneamente la presión emocional. Es un escape frente al estrés cotidiano –la inseguridad, los desaparecidos, la inflación y la polarización–, pero nada más.
Benedict Anderson: El Mundial hizo visible una comunidad imaginada, pues millones se reconocen como miembros de la misma nación aunque no se conozcan. Un mexicano en Tijuana, otro en Mérida, uno en Chicago o en Madrid vivieron simultáneamente el mismo acontecimiento. Televisión, redes y espacios públicos sincronizaron y multiplicaron las emociones. Por un instante, México dejó de ser un territorio y se convirtió en una experiencia compartida.
Concluye Ernst Bloch: Toda comunidad necesita anticipar un futuro mejor; la racionalidad de esa esperanza es secundaria frente a su fuerza imaginativa. Cuando México avanzó en el torneo, millones proyectaron en la selección sus deseos de triunfo y construyeron la metáfora colectiva: “si gana México, algo en la sociedad también cambiará; al final, ganaremos todos”.
Todos aplauden. Guardan silencio.
Bajo la supervisión de Juan Ramón Cárdenas, el chef de la casa, dos meseros entran al salón y comienzan a rebanar el pato a la naranja, que se servirá con puré de papa cremoso, arroz salvaje y verduras crujientes al vapor. Otro mesero descorcha y sirve un Gran Reserva de la Casa 2022, de San Juan de la Vaquería.