Pobrecito, melocotón y nomeolvides; recuerdos en esta temporada

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Opinión
/ 1 noviembre 2022
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El principio mágico de las palabras es la dotación de los grandes significados humanos: delicadeza, tristeza, alegría, emoción, enojo, indignación. A partir de ahí, la creación es infinita. Millones de combinaciones para dar lugar a ideas abstractas y conceptos concretos que vienen a conformar la vida.

Una sola de ellas para comprender la dulzura de una persona, el carácter irascible de otra o el comportamiento heridor de una más. En Saltillo, un soldado norteamericano, que, nos cuenta el historiador Javier Villarreal Lozano en su libro “Los ojos ajenos/Viajeros en Saltillo”, recibió una palabra muy dulce salida de los labios de una saltillense. Esa palabra fue “Pobrecito”.

El norteamericano, Frank S. Edwards, uno de los cinco mil soldados que llegaron a Saltillo, cuenta que pasó herido en un carromato por esta ciudad, a la que encontró grande y bonita, con una Catedral muy bella y unas casas altas y ornamentadas.

Cuando los habitantes salieron y los observaron escuchó de una joven con un rostro de blancura de mármol, ligero arrebol en las mejillas, ojos oscuros, enmarcados en tupidas pestañas y cejas cafés, la palabra castellana “pobrecito”, el sonido más dulce de todos los sonidos dulces que uno pudiera escuchar.

Desde que lo conocí en el libro del maestro Villarreal, el relato me pareció encantador. La delicadeza de la palabra dicha con tanta ternura a este hombre herido, me intrigó desde entonces, pues se trata de una expresión que sigue siendo en nuestro Saltillo de uso común para condolerse de las personas con un infortunio.

Las palabras, como esa, o bien pensemos en las que nos ofrece la naturaleza en forma de frutos, como el melocotón, son fascinantes siempre en su conjunto, pues invitan, como en este caso, a imágenes de frescura, humedad, a la pelusilla de su cubierta. Su nombre en países hispanoamericanos es “Duraznero”, y “Albérchigo” en castellano antiguo. Me remite a sus flores, de delicado color rosa, que se apresuran a salir temprano en los primeros días del calorcillo precedente a la Primavera, y están ahí, esperanzados, antes de que la última helada de invierno los haga caer. Pero lo bello es su estoicismo, esa esperanza de jamás sentirse derribados, aunque con seguridad estén amenazados por los últimos vientos helados.

Otra palabra que particularmente me resulta fascinante y muy entrañable es la que define a la delicada flor “Nomeolvides”. En su investigación sobre los orígenes de las palabras, Ricardo Socca ofrece a sus lectores en la Página del idioma español, que la flor procede de la familia Boraginaceae y que es llamada también “Miosotis” o “Myosotis”. La leyenda cuenta que por siglos formó parte, señala Socca, “de los juegos galantes de las cortes europeas” y “que los portadores de la flor azul conocida como miosota o miosotis jamás serían olvidados por sus amantes, lo que dio lugar a que también se la llamara en español ‘nomeolvides’”.

Da lugar al recuerdo del poeta surrealista francés Robert Desnos, que formó parte de la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Él pidió a su mujer: “En mi ausencia, compra flores, te las reembolsaré a mi regreso”.

Del “Pobrecito”, al “Melocotón o Durazno”, y de ahí al “Nomeolvides”, se vienen a la mente en estos días de reflexión las amadas personas que se fueron para siempre, antecediéndonos en el camino pero dejando sembradas palabras que un día, salidas de sus labios, nos hicieron la vida, y que nosotros tenemos ahora presentes para poder transmitirlas y pedir, de igual manera, “nomeolvides”.

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