En busca de la tlayuda perdida
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En algún momento de esta columna llegué a decir que no había nada más largo y aburrido que la Guelaguetza.
Me disculpo, hasta ese momento no anticipábamos los informes de gobierno de Rubén Moreira que (cuentan) eran como un día de agonía y en fin de quincena.
Reconociendo humildemente que los coahuilenses fuimos mucho más allá en el arte de orillar a otros seres humanos a la muerte por abulia (inanición del espíritu, diría yo), espero desagraviar a nuestros hermanos de la región Mixteca, la Cañada, la Costa, Sierra Norte, Sierra Sur, Papaloapan, Valles Centrales y el Istmo, por aquel irreflexivo comentario mío.
Ahora bien, mis queridos coterráneos del Benemérito, acá en Coahuila (tierra de agachones) nos complace siempre recibirles con sus suculentas mercancías y demás enseres.
Saltillo tiene una larga tradición o, mejor dicho, tenía una larga tradición como importante centro de comercio e intercambio. Aunque claro, eso fue cuando todavía nos llamábamos Nueva España y la gente estaba indecisa entre seguirle con el Virrey o irse con Iturbide a pesar de que, según decían, era un loco, un peligro para la Colonia y nos iba a llevar al bolivarismo.
No nos desviemos. Creo que hablo en nombre de todos los saltillenses cuando digo que aún nos encanta tener en la ciudad a comerciantes de todos los rincones de la República (lo que incluye Cuba y Estados Unidos, que son sucursales nuestras aunque ellos no lo sospechan).
Siendo que nuestra gastronomía es más bien sosa, y pese a que las cadenas de supermercados nos venden ya prácticamente de todo, siempre es un gusto y un deleite para los sentidos recibir por éste, su árido valle, a la muestra de expositores y comerciantes de Oaxaca.
No conozco a nadie que sea inmune a los encantos de esta muestra. Lo digo en serio, el que no está fascinado con las figuritas de barro, está enamorado del mole, de sus textiles, de su repostería o del mezcal. Usted nómbrelo.
Luego de que alguno de mis contactos publicara la foto de una tlayuda lo suficientemente grande como para tener su propio código postal, me dije: “César (que así me digo cuando es un asunto de suma seriedad), yo no sé cómo tú le vas a hacer, pero necesitas ir a dar fe de ese evento culinario”.
Y así fue, en la primera oportunidad (el último día realmente) me apersoné para comprarme todo lo que mis finanzas me permitieran. Y me habría gastado el triple sin mucho dolor, pero los expositores aun no aceptan pagos con tarjeta (primera falla).
Nos sentamos a comer (pese a que mis antecedentes gástricos me digan que no le juegue al vivo). Pero no se alarme, que la tlayuda anhelada y, sobre todo, un mole negro que fue determinante para que la UNESCO declarara a la cocina mexicana patrimonio inmaterial de la humanidad, me cayeron de perlas. No así la cuenta que al llegar estaba alterada y esto te arruina el momento, porque un error lo comete cualquiera pero siempre queda la sospecha subyacente de que te quieren ver la pinche cara.
Considero un error también montar la muestra en la Plaza de las Ciudades Hermanas.
Vender alimentos a mitad de uno de los bulevares más transitados, exponerlos al calor y todas las partículas suspendidas en el aire me parece tan siglo XX.
¿Qué, acaso por ser de culturas indígenas no merece un lugar digno para que al menos los alimentos se preserven mejor? ¿Para que tengan agua? ¿Baños? No sé si esos conceptos les suenen conocidos a nuestras autoridades anfitrionas involucradas en todo esto.
Porque supongo que hay lineamientos municipales y sanitarios que deben observarse. ¿Verdad? Y me gustaría pensar que baño y otras facilidades elementales son una condición mínima para un evento que concentra tanta gente entre expositores y visitantes.
No soy aguafiestas. Le aseguro que (fuera de lo ya mencionado) no tuve ninguna experiencia adversa e incluso me traje a casa café, quesillo y chapulines, algunas cosas para regalar y me quedé con ganas de otras diez suculencias.
Pero no soporto que tengamos tan arraigada la idea de que por tratarse de un evento popular tenga que ser tan austero, o mejor dicho, tan precario.
Insisto, no hablo de los expositores ni de sus mercancías, éstas merecen toda mi admiración y valen mucho más de lo que cuestan. Hablo en cambio de las “facilidades” prestadas para lo que debería ser una celebración, una exaltación, de nuestra riqueza cultural nacional.
Claro, supongo que porque vienen de Oaxaca nos parece normal, aceptable y lógico que se ubiquen allí junto al bulevar, en medio del calor, la tierra y demás agentes contaminantes.
Pero me pregunto si, de ser una muestra culinaria franchute, la aceptaríamos en las mismas condiciones.
La cuestión indigenista, insisto, tampoco es excusa. En EEUU los nativos tienen los mejores casinos, mejor equipados y más lujosos que los que podemos permitirnos frecuentar.
Lo que hay es una negligencia de la autoridad y una falta de visión, sí, pero también una idea preconcebida de que lo nacional se puede vender en cualquier tenderete improvisado, que no amerita más. Y eso, no es sino una forma de prejuicio vulgar en contra de nosotros mismos.
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