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La pandemia, el neoliberalismo y el medio ambiente

Politicón
/ 9 mayo 2021

A principios de 2020, casi la mitad de la población mundial tuvo que recluirse en su casa y de allí no han podido salir, aunque en algunos lugares con restricciones más laxas. Tal aislamiento se debió a la pandemia del COVID-19, enfermedad altamente contagiosa y de una significativa letalidad que se expandió por todos los continentes y se convirtió en un desafío para la comunidad científica, los sistemas de salud, los servicios sociales, los gobiernos nacionales y los medios de comunicación social.

El proceso de enfrentamiento a la pandemia ha provocado la atención, no solo de las políticas y sistemas de salud en varios países del planeta, sino además ha originado el cuestionamiento acerca de los modelos de desarrollo, de la manera de promover la investigación, la innovación y el conocimiento en general.

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Debemos recordar que antes del coronavirus, en Australia se quemaron más de 11 millones de hectáreas y que casi 3 mil millones de animales murieron o quedaron desplazados por los incendios forestales. Y en el Amazonas se perdieron, también por el fuego, casi 6 millones de hectáreas. Pero la región del mundo con la mayor extensión de área siniestrada por el fuego fue África, lo que eleva el número total de hectáreas perdidas por este concepto a más de 400 millones de hectáreas sólo en el 2020.

La contaminación del aire cobró en el mismo año (2020) más de 160 mil vidas en las cinco ciudades más grandes del mundo. Y por causa del COVID-19 el mundo hoy lamenta la pérdida de más de tres millones de vidas. A esa cantidad se suman más de 156 millones de casos de personas infectadas. La vertiginosa e irracional deforestación de los bosques, la manipulación genética, la contaminación del ambiente, el desequilibrio o desgarramiento de los sistemas ecológicos y el calentamiento global generan condiciones favorables para las mutaciones –naturales o provocadas– de cepas virales conocidas o nunca antes vistas. Los efectos e impactos que provoca esta crisis, como el colapso de los sistemas de salud, muertes y migraciones masivas de gente y procesos de recesión económica generan desesperación, pánico, pobreza y hambre en el mundo, especialmente de los más pobres.

Estamos siendo testigos de niveles nunca vistos de contaminación y desequilibrio del medio ambiente. El cambio climático generado por la agricultura y por las emisiones tóxicas de la industria, transporte, combustibles fósiles y artefactos del hogar son las principales causas del calentamiento global. La deforestación de los bosques, el desequilibrio de los ecosistemas y la pérdida de la biodiversidad, la pérdida de recursos hidrobiológicos y el agotamiento de los recursos naturales están a la vista.

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La pandemia tiene la fuerza de haber desnudado, en su real dimensión, la crisis del capitalismo y del modelo neoliberal; de haber mostrado al mundo la pobreza, la corrupción, las carencias y el desabastecimiento como efectos de la forma irracional de acumular riqueza. También ha puesto en evidencia la invalidez del individualismo para enfrentar problemas nacionales y globales, y de la política en espera de que el mercado resuelva todo; la incapacidad de los Estados subsidiarios para resolver los problemas de los pueblos; la debilidad de los sistemas de salud y de educación para enfrentar situaciones de crisis. Además, nos ha hecho entender la necesidad de respetar y vivir en armonía con la naturaleza, de fortalecer las formas solidarias de convivencia humana, de promover estados protectores y promotores del desarrollo, y nos puede presentar otros horizontes de vida en armonía.

La implementación del neoliberalismo en el mundo, ha generado pobreza y extrema pobreza de cientos de millones de personas, mientras que un sector minoritario incrementó sus ganancias de manera exorbitante. Como nunca, los pobres se han vuelto más pobres y los ricos más ricos. Las medidas de aislamiento no sólo han evidenciado las desigualdades preexistentes, sino que han creado otras nuevas. La pandemia del COVID-19 ha hecho posible visibilizar escenarios de pobreza, desastre y pánico en el mundo, poniendo al descubierto las consecuencias de un problema que se ha configurado desde décadas atrás.

La pandemia ha hecho más difícil soportar y ocultar la violencia doméstica y familiar, lo que ha disparado los índices de violencia y los del divorcio también. Los más viejos, abuelos y abuelas, comenzaron a sentirse desamparados y abandonados. Los familiares comenzaron a descubrir que ya no sabían cómo convivir entre sí. Con las escuelas cerradas se desestabilizó la vida presente y el futuro de muchos niños, y tanto ellos como sus padres se percataron de que el aula es mucho más que sólo el aprendizaje.

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Para no regresar a lo mismo que teníamos antes de la pandemia, México requiere de una reestructuración económica que valore y fortalezca la diversificación productiva, que garantice la seguridad alimentaria, la educación con sentido de sustentabilidad; que valore y fortalezca la salud de todos los mexicanos con el trabajo de médicos y personal de salud y de un manejo racional de los recursos naturales y del medio ambiente. Por lo tanto, se debe señalar en el horizonte, el nuevo paradigma de hombres y mujeres que queremos o debemos formar.

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