Seis descripciones del amanecer
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A cualquier lector atento de El Quijote le llamará la atención el número de veces, seis en total, en que Cervantes describe el amanecer. Y por supuesto la forma en que hace tales descripciones. Tienen estilo afectado, cursi, casi cómico algunas, en razón de que el autor trata de remedar y así burlarse de los textos de “esa máquina mal fundada que son los libros de caballerías”.
A pesar de lo anterior, a las claras se observa el talento del escritor y sus notables recursos literarios. Se transcriben a continuación, con un breve comentario previo, la mitad de esa media docena de descripción de amaneceres. La inicial, tal vez la mejor, corresponde a la I Parte de la novela y las otras dos a la II. Al final de la cita, se indica entre paréntesis el número del capítulo en que cada una se localiza.
Al salir por primera vez en busca de aventuras, Don Quijote iba hablando consigo mismo y dice que cuando se escriba la verdadera historia de sus famosos hechos, ésta iniciará así:
“Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada Aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel.” (cap. 2)
Otra descripción del amanecer corresponde a la del día en que habrían de entrar en batalla Don Quijote y el Caballero del Bosque, así como el escudero de éste y Sancho Panza, quien se resistía. Dice así:
“En eso, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del Oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las hierbas, parecía asimismo que ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las fuentes, murburaban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse los prados con su venida”. (cap. 14)
Y cuando se dirigían Don Quijote y Sancho a las bodas de Camacho el Rico, la descripción dice así:
“Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando Don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba…” (cap. 20)
Las otras tres descripciones del amanecer están, una, en el capítulo 35, otra en el 45 y corresponde al día solemne en que Sancho Panza toma posesión como gobernador de la Ínsula Barataria, y la tercera en el capítulo 61, todas tres en la II Parte de la gran fábula. (38)
jagarciav@yahoo.com.mx