‘Prometeo encadenado’: la llama del conocimiento

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Opinión
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Aunque a cuentagotas, el conocimiento derivado de la ciencia, la tecnología y la innovación es el que sigue haciendo la diferencia en nuestras vidas

Hace un par de meses, recorriendo el Museo del Prado en Madrid, revisitamos la obra del pintor español Gregorio Martínez, “Prometeo encadenado”, de belleza aterradora. El artista pintó a Prometeo padeciendo eternamente el castigo de Zeus: un águila devorándole el hígado. Era la pena que el Olimpo imponía a quien osaba levantar el velo de los hombres. Prometeo era un dios que nos amaba; él mismo nos había esculpido, haciéndonos de barro y diseñándonos en posición erecta para que pudiéramos mirar a los dioses de frente.

Prometeo pidió a Zeus que nos diera vida y este lo hizo de un soplo. Los primeros hombres vivieron, pero eran primitivos, salvajes y sin ningún tipo de conocimiento. Sufrían frío y con frecuencia padecían hambre. Zeus (como todos los dioses) se mostraba satisfecho con esa condición, pues ninguno alcanzaba a rivalizar con él. Prometeo insistía en que los humanos tenían, a diferencia de los animales, condiciones para progresar y con frecuencia decía a Zeus: “Que aprendan el secreto del fuego”. El dios del Olimpo se negaba y respondía: “Déjalos, así son felices”.

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Fue entonces cuando el Titán comprendió que Zeus jamás cedería, condenando a la humanidad a vivir una perpetua oscuridad. Decidió subir en secreto al Monte Olimpo, donde el fuego ardía, y lo robó para entregarlo a los mortales. Con esa flama, los hombres no sólo aprendieron la metalurgia para cazar y defenderse; también descubrieron las matemáticas, la astronomía, la arquitectura y el arte de la escritura. Prometeo les enseñó el tratamiento de los animales domésticos, la medicina, la navegación, la música y la danza. La raza humana por fin empezaba a alejarse de la ignorancia, desafiando el terreno que se vuelve perfecto para los dioses. Amenazado, Zeus se dio cuenta del engaño de Prometeo y le dijo: “Me traicionaste; te prohibí entregar a los hombres el secreto del fuego”.

Zeus temía que algún día los hombres desafiaran su reinado, sostenido –como toda religión– en la ignorancia humana. Por ello, como castigo ante tal atrevimiento, Prometeo fue encadenado 30 mil años a una roca, con un águila que se alimentaba de su hígado, el cual le volvía a crecer cada noche para reiniciar la tortura. Según la mitología griega, fue el poderoso Hércules quien lo liberó, pero Zeus, insatisfecho con su venganza por “la traición de Prometeo”, hizo sufrir aún más a los hombres.

Pero ya era tarde: el fuego del conocimiento se había propagado. Y aunque a cuentagotas, el saber derivado de la ciencia, la tecnología y la innovación es el que sigue haciendo la diferencia en nuestras vidas. El regalo del “fuego prometido” nos ha permitido mejorar nuestras vidas, apartándonos, aunque sea un poco, de nuestro destino fatal, y elevándonos, gracias a esa pequeña chispa, a un nivel superior de imaginación y creatividad; dones que, en el principio de los tiempos, estaban destinados exclusivamente a los dioses.

Pero, por increíble que parezca, a medida que nuestro conocimiento crece, también lo hace la ignorancia. Por eso, para identificarla y saber que queda mucho por aprender, es importante recordar a Copérnico, quien hace más de 500 años afirmaba: “Para saber que sabemos lo que sabemos, y saber que no sabemos lo que no sabemos, hay que tener cierto conocimiento”.

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Desde el principio de los tiempos hemos luchado contra la ignorancia, esa sombra que, ante la falta de luz, se niega a desaparecer. Durante milenios ha sido la causa de que los seres humanos nos devoremos entre nosotros, incapaces de superar dogmas, religiones y males que nos separan como especie. Ha sido gracias a ella que nos hemos matado por absurdos como imponer un dios sobre otro, una ideología sobre otra o por el color de piel.

Para el autor de la novela “La Última Tentación de Cristo”, el escritor griego Nikos Kazantzakis, no deberíamos amar a los hombres, sino a la “llama que transforma en fuego a esa paja húmeda, inquieta, ridícula, a la que llamamos humanidad”. Esa llama, que es el conocimiento, ha luchado desde tiempos inmemoriales contra la ignorancia.

@marcosduranfl

Columna: Dogma de fe

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