Pueblos indígenas: Resistencia justa y legítima

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Opinión
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México y el mundo están en deuda con los pueblos originarios. Nos hemos tardado, pero por fin podemos decir que existe un avance importante

El 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, fecha establecida por las Naciones Unidas. En México, de acuerdo con el Inegi, en 2020 alrededor de 23.2 millones de personas se reconocían como indígenas, mientras que 7.36 millones hablaban alguna lengua originaria. El INALI registra 11 familias lingüísticas, 68 agrupaciones y 364 variantes. Son cifras que describen a un país profundamente diverso, aunque con frecuencia esa diversidad sea más celebrada en los discursos que respetada en los hechos.

Crecí entre Eagle Pass y Piedras Negras, donde la presencia de los kickapoo era parte del paisaje fronterizo. De niño veía sus viviendas debajo del puente internacional; hoy cuentan con un casino conocido en todo Texas y mantienen su presencia en Coahuila. Claramente los ubicaba, sabía de su tránsito entre ambos países, pero hasta ahí. Con los años, y por mis actividades políticas, tuve oportunidad de conocer a más integrantes de la tribu y entender mejor su historia. La frontera nos enseña algo esencial: muchas de las líneas políticas que hoy consideramos permanentes son más recientes que los pueblos que habitan estos territorios desde tiempos inmemoriales.

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Como cualquier mexicano de mi generación, viví el impacto de lo ocurrido el 1 de enero de 1994. La aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas obligó al país a mirar una realidad que durante demasiado tiempo había preferido no ver: pobreza, marginación, discriminación y una deuda histórica con los pueblos y comunidades indígenas. Independientemente de las posiciones que se tengan sobre el levantamiento armado, su irrupción colocó los derechos indígenas en el centro de la conversación nacional.

Sigo aprendiendo de personajes como el legendario Luis H. Álvarez. Su experiencia con las comunidades indígenas quedó plasmada en su libro “Corazón Indígena: Lucha y Esperanza de los Pueblos Originarios de México”. Es la visión, la experiencia y las enseñanzas de uno de los grandes personajes del proceso democratizador de México, adquiridas en su convivencia y trabajo con los más pobres entre los pobres.

Desde hace más de 10 años trabajo con los Tohono O’odham, pueblo originario cuyo territorio ancestral se extiende a ambos lados de lo que hoy conocemos como Arizona y Sonora. Esto me ha permitido comprender la profundidad de sus usos y costumbres, de su cultura y de su relación con sus tierras ancestrales, todos ellos derechos reconocidos en México y en el mundo.

Hoy, Donald Trump intimida a buena parte del mundo político. Su bullying cotidiano es tan esperado que el mundo parece levantarse preguntándose quién será su próxima víctima. Lo hace, además, con cierta gracia que llega a provocar risas o carcajadas de un lugar a otro del planeta, como si el actuar presidencial se asemejara al del bully mayor de una secundaria cualquiera.

Frente a eso, gobiernos, dirigentes, empresarios y actores públicos miden cada palabra. Muchos procuran negociar, evitar el conflicto o, sencillamente, no confrontarlo. Los Tohono O’odham son diferentes. Son valientes. Y, sobre todo, no les queda de otra: deben defender lo que es suyo desde mucho antes de que existiera Donald Trump.

En junio de 2026, la Nación Tohono O’odham demandó al Departamento de Seguridad Interior de Estados Unidos para impedir la construcción de aproximadamente 62 millas de muro fronterizo sobre tierras de su reservación. Los trabajos de planeación del muro ya provocaron afectaciones a lugares sagrados, hechos que han sido denunciados.

El 22 de julio, los abogados de la Nación argumentaron ante un juez federal en Washington, D.C., a favor de la solicitud para frenar la obra. La decisión de fondo llevará tiempo, pero la suspensión de la construcción del muro fronterizo podría darse en cualquier momento.

La disputa tiene una dimensión jurídica dentro de Estados Unidos, relacionada con la soberanía tribal y la integridad de su territorio. El muro fronterizo invade sus tierras y sólo el Congreso de Estados Unidos está facultado para modificar el tamaño de las reservaciones indígenas. Pero tiene también una dimensión universal. El derecho internacional reconoce la relación especial de los pueblos indígenas con sus tierras, territorios y recursos ancestrales, así como su derecho a protegerlos y conservarlos para las generaciones futuras.

En Estados Unidos, los Tohono O’odham enfrentan el poder de Donald Trump. En México, se sientan a la mesa para defender sus territorios frente a Grupo Carso, de Carlos Slim, y al Gobierno de México, que buscan desarrollar un gasoducto para abastecer de energía a Baja California.

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En ambos lados de la frontera, su defensa no es otra cosa más que la resistencia a la que están acostumbrados. No es nada nuevo. La causa indígena es justa y legítima. México y el mundo están en deuda con los pueblos originarios. Nos hemos tardado, pero por fin podemos decir que existe un avance importante en la letra de la ley en buena parte del planeta, aunque falta mucho por hacer para convertir esos derechos en una realidad cotidiana.

Hoy México discute la aprobación de una nueva ley en la materia como consecuencia de la reforma constitucional de 2024. El gran reto vuelve a ser el mismo: llevar a la práctica lo que establece la letra de la ley. Empoderar a quienes han sido olvidados y abandonados. Respetarlos en sus usos y costumbres, en sus tierras, en su cultura y en los derechos humanos que les reconocen nuestra Constitución y el derecho internacional. Es su derecho. No les están regalando nada.

Facebook: Chuy Ramírez

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