Raúl Monter
Plácido DETONA Ochenta años superando retos y cumpliendo metas
¿Les platico? ¡Arre!
Ayer lo dijo en su celebración: A los 51 puede comenzar una vida... y empezó una mejor para él.
Hace cinco años descubrió una faceta que quizá no sabía que tenía... y comenzó a escribir, con mucho éxito, por cierto.
El año pasado, por ahí de julio, me anunció que después de 5 ya no estaría en DETONA, porque iniciaba -a sus 79- una nueva aventura: la plataforma noticiosa, Arjé.
Y este domingo 12 disfrutó entre familia y amigos, sus 80.
¡Por todo lo alto! Todo en Raúl ha sido por todo lo alto.
Superando padecimientos propios o no de la edad; reponiéndose de metidas de pata -literal y físicamente hablando- sorteando las vicisitudes de la vida profesional y disfrutando de una existencia plena en aprendizajes, familia y amigos, Raúl Monter llega a los 80, cargado de planes.
Sus tres hijos, el montón de nietos que tiene y Tere, amenizan una existencia pletórica. También los amigos celebramos sus realizaciones.
Ayer que lo acompañé en su festejo no vi a una persona que llega a los 80.
Su mente viaja a la velocidad de otra edad. Creo que su corazón, también.
Las acciones que cuenta son testimonio de una vida fructífera llena de todos los sabores, incluso sinsabores, porque esa es la vida, así es la vida.
¿Qué importa si otros no creen en lo que uno hace? Con que uno crea es suficiente.
¿Qué importa si no nos creen? Basta con que uno crea en sí mismo.
¿Y si de pronto regamos algo más que plantas, arbustos y árboles?
Aquí seguimos para enmendar las otras “regadas”... de tepache, dicen por ahí.
Lo veo pleno. Realizado, enjundioso y con un carácter que aploma al desplomado.
Se necesita ser así para estar, sobrevivir, permanecer y descollar en un oficio considerado como de los más arriesgados del mundo, y en México, altamente peligroso.
Bienvenido a los 80, querido Raúl, y que cumplas los que se te pegue la gana.
Cajón Desastre:
Lo fatal, del poeta nicaragüense, Rubén Darío:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de estar vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto.
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra
y por lo que conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber a dónde vamos,
¡ni de dónde venimos!...
Mañana, cambio completo de programa, sin faltar el Incomparable Iván y toda su Compañía.