Robots e inteligencia artificial

Opinión
/ 19 septiembre 2021
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Las aportaciones de Isaac Asimov del mundo de la ficción al de la realidad son conocidas. Hace una semana discutí en este espacio algunos aspectos sobre las intersecciones entre ciencia ficción y realidad. En Robótica: ficción y realidad (El Universal, 12 de septiembre, 2021) cavilé acerca de las Tres leyes de la robótica, genial aportación
de Asimov sobre el tema. A él le debemos el nacimiento
de la ética de la inteligencia artificial.

Hay una relación directa entre ciencia y ética. Entre más crecen la ciencia y la tecnología, más necesaria es la ética. Las primeras proliferan sin cesar y en ocasiones no se detienen a preguntar si cualquier experimento es válido a pesar de que pudiese generar diversos daños, ya sea a la Naturaleza o a la humanidad. Lamentablemente, los diálogos suelen ser infructuosos; en incontables rubros la ciencia sigue su camino sin preocuparse por cuestiones éticas.

Se repite hasta el cansancio el mito acerca de la neutralidad de la tecnología. Quien la produce y la utiliza es el ser humano. Quien la mal utiliza y daña es nuestra especie. De ahí la necesidad de terminar con el mito: suficiente napalm y plástico regado por doquier, suficientes bombas atómicas y accidentes nucleares. A nivel macro, cambio climático, mares emplasticados, pérdida de la biodiversidad, deforestación y desertificación son resultado del uso sin escrúpulos de la tecnología. A nivel humano, la tecnología siembra y destruye. Inmersos
en los avances de la inteligencia artificial (IA), enterarse
de sus pros y contras es
prudente.

La ética de la IA se preocupa de los quehaceres de los robots dotados de IA. El embrollo es interesante: filósofos, sobre todo, y científicos se preguntan si las capacidades de la IA podrían superar a la inteligencia humana. Asimismo, la posible autonomía de los robots siembra inquietudes: ¿serán autosuficientes?, los robots diseñados para actuar en combates militares, ¿decidirán por sí solos? Tanto la autonomía como la inteligencia dependen de la capacidad del ser humano para dotar a las máquinas de los elementos necesarios para ser más útiles. Quienes
se dedican a la IA deben
cuidar la autonomía de
las máquinas.

Amén de los beneficios de la IA, i.e., agiliza la toma de decisiones, reduce errores humanos, es precisa, aumenta la eficiencia, elimina distancias, mejora el estilo de vida, colabora en avances médicos, trabaja 24X7 y analiza una gran cantidad de datos; amén de esas virtudes es obligado subrayar que su uso genera enormes ganancias.

Diatribas críticas relacionadas con la carencia de moral y empatía de las máquinas es el trato con las personas. Las máquinas no son empáticas; su función, cuando laboran como terapeutas, niñeras, soldados, jueces u oficiales de policía, deja mucho que desear. Todos hemos sido víctimas del abominable trato de las máquinas cuando se desea reportar problemas con algún servicio: “Marque 1, escoja la opción 3 si lo que desea es... siga a la 4 si la 3 no contesta y regrese al conmutador en caso de que lleve una hora preguntando sobre la misma cuestión que hoy han hecho cinco mil usuarios”.

Nunca sobra recordar las advertencias de Mary Shelley. Algunos críticos consideran que “Frankenstein o el Moderno Prometeo” (1812) es la primera obra de ciencia ficción; la moral científica, la creación y la destrucción de la vida y la relación del ser humano con Dios son temas centrales de la obra vinculados con la ética de la IA.

La IA abre muchas puertas. La de la justicia y la de las desigualdades entre seres humanos son cruciales. Pensar en los pros y contras de esa disciplina es obligado.

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