Román Cepeda: Ave de tempestades
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Deja Román, más que un expediente de gobierno, una imagen política: la del hombre que enfrentó tempestades hasta el último tramo
Román hizo de la adversidad su plaza natural. Como “ave de tempestades”, entendió que el poder no se ejerce desde la comodidad, sino frente a la tensión, la polémica y el desgaste. Gobernar, para él, nunca fue administrar desde la calma: fue entrar al ruedo, plantarse ante la presión y sostener la mirada cuando otros preferían bajarla.
Gobernó Torreón con disciplina, sentido de orden y fidelidad a una idea política: la ciudad debía avanzar. Mejoró servicios, empujó inversión, cuidó la seguridad y defendió, a su modo, una visión de futuro para La Laguna. En esa ruta hubo decisiones discutibles, resistencias internas, críticas legítimas y choques con intereses que nunca aceptan perder terreno. Pero también hubo una convicción visible: Torreón debía moverse, incluso a costa del desgaste personal.
Su reelección en 2021 pareció confirmar que aún tenía tiempo para completar su obra. Pero el poder suele engañar: hace creer que la voluntad basta, que la autoridad alcanza y que el destino puede negociarse. En la cima, todo político imagina que el calendario todavía le pertenece; que habrá margen para corregir, cerrar ciclos, ordenar herencias y prolongar proyectos. La tragedia empieza cuando el tiempo deja de obedecer.
No fue así. En su segundo periodo llegaron reconocimientos, críticas, traiciones y presiones de poderes superiores. Román resistió, negoció, endureció posiciones y buscó recomponer equilibrios. Sin embargo, una sombra se movía fuera del tablero político: la enfermedad. No pedía audiencia, no respondía llamadas, no aceptaba operadores ni acuerdos. Avanzaba.
Ahí apareció la lección más dura. Un alcalde puede ordenar, decidir, nombrar y remover; puede enfrentar adversarios, administrar crisis y contener tempestades públicas. Lo que no puede es mandar sobre su propio cuerpo cuando la vida impone sus límites. Román conservaba el cargo, la investidura y el reconocimiento legal, pero empezaba a librar una batalla en la que el poder político perdía utilidad.
Mientras sus ausencias crecían, también lo hacían las preguntas. “¿Dónde está Román?”, se repetía en la calle y en los medios. Sus cercanos hablaban de recuperación; sus aliados querían creer; sus adversarios, como ocurre siempre en los vacíos del poder, empezaban a calcular. Porque la política rara vez espera: incluso frente al dolor, mide espacios, anticipa sucesiones y olfatea oportunidades.
Pero Román ya estaba en otra arena. No la de las campañas, los acuerdos, las fotografías oficiales o los discursos de ocasión. Su batalla ocurría lejos del ruido público: sin aplausos ni operadores, sin estrategia electoral ni margen para negociar. La ciudad seguía funcionando, el Ayuntamiento continuaba su marcha, la política hacía lo suyo. La enfermedad, también.
En esa soledad, acaso las preguntas brotaban sin pedir permiso: “¿Qué es el poder político cuando el cuerpo se rebela? ¿Qué es una ciudad como Torreón, a la que quiero tanto, cuando ya no puedo recorrerla? ¿Qué es el mañana cuando deja de estar garantizado? ¿Qué ocurrirá con mi familia después de mí? ¿Cómo seré recordado?”.
Por eso su muerte no sólo cierra una biografía pública: desnuda una verdad incómoda. El poder impresiona, intimida y seduce, pero no cura. Puede abrir puertas, disciplinar voluntades y ordenar instituciones, pero no detiene el reloj interno cuando el cuerpo se rinde. Ninguna investidura derrota al tiempo cuando la enfermedad se vuelve sentencia.
Román Alberto Cepeda González deja, más que un expediente de gobierno, una imagen política: la del hombre que enfrentó tempestades hasta el último tramo. Sus críticos conservarán sus reparos; sus aliados, sus lealtades; sus ciudadanos, sus balances. Así ocurre con quienes gobiernan: nadie sale intacto del poder ni de la memoria pública.
Pero hay una certeza por encima de la disputa: Román terminó recordándonos que toda autoridad, por alta que parezca, sigue siendo humana. Y que, al final, cuando callan los aplausos, los cálculos y las intrigas, sólo permanece aquello que una ciudad decide guardar. En ese instante, dejó de pertenecer sólo a la política: empezó a pertenecer, de manera indeleble, a la memoria de Torreón.
Descansa en paz, Román Alberto Cepeda González.