Saltillo: De casas y otros casos
Queda memoria de esos constructores de nuestra ciudad, los ingenieros y arquitectos de sonoros nombres. Nadie recuerda, en cambio, a los humildes trabajadores que con sus manos hicieron casas y edificios
Excelentes ingenieros hubo en Saltillo en el antepasado siglo, entre otros, don Teodoro Abbott, don Eduardo Laroche y aquel señor Octavio López a quien Valle Arizpe puso de oro y azul –y de otros colores menos elegantes– en uno de sus textos. Fue el escritor alumno de don Octavio en la clase de Matemáticas en el Ateneo Fuente, y como lo reprobó se vengó de él al paso de los años motejándolo con muy pesados adjetivos.
No debe haber sido tan malo don Octavio, pues tuvo hijas muy buenas y muy dulces: Mariquita y Lucita López, tan devotas de San Juan Nepomuceno. Cuando esas apacibles ancianitas iban todos los días a misa por la mañana, y al rezo del rosario por las tardes en el templo de San Juan Nepomuceno, daban a nuestra calle de General Cepeda un manso aspecto monacal.
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El arquitecto Henri Guindon gozó de mucha fama. Por encargo de don José García Rodríguez hizo un proyecto para dotar de nuevo edificio al Ateneo, plantel que durante muchos años ocupó el convento de San Francisco. No se llevó a cabo la obra proyectada por el señor Guindon, y hasta 1933 permaneció el glorioso Colegio en el claustro de los franciscanos. En septiembre de ese año se inauguró su nuevo recinto. Lo construyó don Nazario Ortiz Garza, si bien con alguna ayuda. La gente le preguntaba al Chato Cortina, contratista de las obras, quién había hecho el edificio del plantel. Respondía muy serio:
–Lo hicimos entre don Nazario, mi mamá y yo.
Alguno se interesaba:
–¿Su señora madre también practica el difícil arte de la ingeniería?
–No –respondía el Chato–. Pero todos los días me la mentaba don Nazario, de modo que algo le toca del mérito de la obra.
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El arquitecto de origen francés Henri Guindon, que cité ut supra, o sea arriba, es el autor de la casa de don Guillermo Purcell. Se le atribuye la introducción en Saltillo de un nuevo tipo de vivienda apartado de la vieja usanza española y morisca de construir las casas disponiendo las habitaciones en torno de un patio. Guindon, en cambio, hizo un buen número de chalets, casas con sus habitaciones agrupadas, y en torno de ellas un jardín que dejaba ver la finca desde la calle, rompiendo así la tradicional clausura de las antiguas casas saltilleras, que tenían recios portones de madera ferrada y ventanas cerradas por postigos o celosías y protegidas por barrotes de hierro con emplomados.
Queda memoria de esos constructores de nuestra ciudad, los ingenieros y arquitectos de sonoros nombres. Nadie recuerda, en cambio, a los humildes trabajadores que con sus manos hicieron casas y edificios: los albañiles, los carpinteros, los plomeros, los electricistas... Nadie se acuerda nunca de quienes son los verdaderos constructores. Por eso en mi casa, que es la de ustedes, hice poner un azulejo con los nombres de los albañiles que la hicieron. Ellos no lo podían creer. Me dijeron que nunca en su vida habían recibido tal reconocimiento. También puse otro azulejo con estas palabras latinas: Laus Deo. Eso quiere decir “Alabado sea Dios”.