Saltillo y su teatro: promesas culturales, butacas con nombre y salas abandonadas

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Opinión
/ 12 febrero 2026

Hay ocasiones en las que por algo parecer muy obvio no se dice, y como no se dice, se olvida. Por eso, me parece importante comenzar diciendo que el teatro no es un edificio. Ya lo decía Eugenio Barba –y otros tantos–, el teatro son las personas, artistas y espectadores que lo realizan. La falta de infraestructura no mata un arte, puede precarizarla, pero nunca desaparecerla.

El caso del teatro local es un claro ejemplo de lo anterior, pues si de administración pública dependiera, quizás en Saltillo no habría más teatro. Teatro como arte, porque edificios teatrales, “públicos” y dignos, hace mucho que se volvieron una especie en peligro de extinción.

Si mal no recuerdo, el año pasado (¿o el antepasado?), después de no pocas protestas, la Secretaria de Cultura de Coahuila se comprometió a reacondicionar el Teatro de Cámara Jesús Valdés para el uso de los artistas locales, además de crear un sistema de administración que permita el uso de la sala del Teatro Fernando Soler para algo más que ceremonias sociales y producciones con altos presupuestos que generalmente vienen de fuera. Sobra decir, o quizás no, que seguimos esperando.

En el medio tiempo, un patronato cuyos miembros prácticamente todo el gremio desconoce, ha asumido la administración del Teatro de la Ciudad. La buena noticia es que el patronato parece tener ideas y algo de iniciativa, la mala es que esas ideas, hasta ahora, no parecen tan buenas y, en algunos casos, como otro colega mencionaba, son ideas francamente disociadas de la realidad en la que vivimos.

Otra idea que parece obvia pero quizás no lo es tanto: hacer cosas no necesariamente es algo positivo a menos que esas acciones sean útiles y constructivas. Me explico, o mejor, ¿alguien podría explicarnos de dónde salió la idea de ofrecer las butacas del Teatro de la Ciudad para ser “apadrinadas” por medio de un donativo de mil quinientos pesos con el que usted puede ganar el honor de tener su nombre escrito en dicha butaca? El donativo no le dará ningún otro beneficio a no ser tener el ego “inflado” al ver su nombre en ella cada vez que vaya a un evento. Quién sabe, tal vez los de la realidad alterada somos los artistas que pensamos que los recintos son para mostrar el arte y no para ser ofrecidos al mejor postor como monumentos personales.

Mientras tanto, el teatro de cámara sigue juntando polvo y ambas salas siguen necesitando urgente mantenimiento, actualización técnica y de equipo. Además, y aunque se diga lo contrario, no existe a la fecha convocatoria pública y bien difundida para programación de teatro local en ninguna de las dos salas. Aparentemente se planea que esa situación cambie cerca del mes de marzo, pero promesas ya se han hecho muchas y certezas, desgraciadamente, son muy pocas.

El teatro en Saltillo se caracteriza por su resiliencia, porque con apoyo y espacios o sin ellos, simplemente insiste en existir. El problema es que la administración pública parece haberse acomodado; parece creer que tienen todo el tiempo del mundo y que cualquier solución que se les ocurra será la buena. Una cosa es que la supervivencia del teatro no dependa de ellos, otra, que no se tenga una obligación social y constitucional con la difusión del arte. Al fin y al cabo, impuestos se pagan, presupuestos se asignan, ¿y qué se hace con ellos?

Me parece irónico que en días recientes el Instituto de Cultura de Saltillo haya ofrecido un taller de capacitación enfocado en espacios no-teatrales. Pareciera, más que una coincidencia, un síntoma. La alternativa que uno puede ofrecer cuando los edificios teatrales están ahí como adornos arquitectónicos, como espacios culturales moribundos.

Una vez que se empieza a cuestionar las cosas es imposible parar: ¿Por qué la Secretaría de Cultura no tiene miramientos en admitir la derrota y ceder la administración de un espacio público a un patronato?, ¿cómo se toma la decisión de ceder específicamente a ese patronato la administración del teatro?, ¿por qué, oh, por qué, necesitamos una butaca con nuestro nombre?, ¿por qué la respuesta a todo siempre es que “no hay dinero”? Todas, infelizmente, preguntas sin respuesta.

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Maestra en Artes Escénicas por la Universidade Federal do Rio Grande do Sul (Brasil) y licenciada en Teatro por la Universidad de las Américas, Puebla. Realizó durante dos años investigación sobre teatro y performance en espacio urbano en Porto Alegre, Brasil, publicando diversos artículos sobre el tema en revistas como INTERARTIVE y Cena em Movimento. Reside en Saltillo desde 2015, donde ha colaborado en diversos proyectos con la Compañía de Teatro Camaleón, Necravant Glitching Arts Consortium y Cuarta Pared Theatre Laboratory como actriz, directora y/o dramaturga. En 2016 y 2017 formó parte de los proyectos ganadores en el Programa Nacional de Teatro Escolar para las regiones de Saltillo y Coahuila respectivamente; fue también becaria en el programa PECDA en el ciclo 2018- 2019 en el área de dramaturgia. Ganadora del premio a Mejor Artista Escénica dentro de la Muestra Estatal de Teatro de Coahuila 2022 por su trabajo en dramaturgia y dirección en la obra “Tsunami” de la Compañía de Teatro Camaleón.

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