Semana Santa, entre la fe y la violencia
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Celebrar la Semana Santa sin mirar a quienes sufren o quienes padecen de condiciones mínimas de un vivir digno es vaciarla de su sentido más profundo
En estas fechas, cada año, las calles se llenan de imágenes, incienso, oraciones y silencio. La Semana Santa convoca multitudes que acompañan con devoción el recuerdo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿qué tanto de ese dolor contemplado se traduce en compromiso con el sufrimiento real que nos rodea? ¿Qué tanto la fe va ligada a la vida, con todo lo que hay en ella y no deja de sorprendernos?
Porque mientras las procesiones avanzan con solemnidad, el mundo sigue complicándose. Las guerras continúan desplazando a miles de personas, destruyendo hogares, arrancando futuros. La violencia no se toma descanso. En muchos lugares, la vida vale poco y la muerte se vuelve costumbre. No se trata de creer que a “mal de muchos, consuelo de poco”, pero el mundo arde, no sólo México. Lo que pasa en México es un espejo de lo que ocurre en el planeta. No son escenas lejanas ni ajenas, son el rostro actual de una humanidad que –2000 años después de haber vivido, sin saberlo, alrededor del año 30, en Jerusalén, una “Semana Santa”– sigue levantando cruces, pero sin resurrección.
Para algunos autores –poco ortodoxos–, como Leonardo Boff, Juan Luis Segundo y Gustavo Gutiérrez, el elemento central de la Semana Santa –que una vez más actualizaremos– es la cruz como una realidad que se repite en cada persona excluida, en cada víctima de la desigualdad y la violencia generalizada. La resurrección no es parte del presupuesto.
Esas cruces tienen nombres concretos: familias que huyen de conflictos armados, comunidades enteras marcadas por la violencia, jóvenes atrapados entre la falta de oportunidades y la desesperanza permanente ante la violencia sistemática que generan los poderosos para controlar las sociedades locales; hoy le apuestan al planeta.
Coincido con ellos en que la celebración de ésta no sólo debe darse en los templos y en el Calvario, también en las calles, en las periferias, en los cuerpos heridos de nuestra historia. En Ucrania, en Gaza, en Irán, en Siria y en Sudán, donde la guerra y quienes la promueven provocan muertes de miles de inocentes. En Haití, en Somalia, en Ruanda, en la República del Congo, donde hay hambre, explotación, miseria y violencia sistemática.
En la frontera de México con Estados Unidos, en los migrantes que buscan el sueño americano y el europeo, en los campamentos de refugiados del Líbano, en las rutas migratorias del Mediterráneo. Se encuentra en ciudades con altos índices de violencia en México, en los barrios marginados de grandes urbes, como Brasil, o en zonas controladas por pandillas en El Salvador, Honduras y Guatemala. En hospitales saturados de países pobres, en regiones afectadas por la pandemia, en comunidades sin acceso a atención médica. En hogares donde se vive la violencia familiar, en calles donde viven personas sin hogar, en cárceles en condiciones inhumanas o en fábricas y empresas donde se sigue explotando a los trabajadores. Esos son los nuevos Gólgota (lugar de la Calavera), lugares de muerte; lo demás es lo de menos.
La Semana Santa correspondería de una forma coherente para quienes la celebraremos si conectamos la fe con la vida. Finalmente, en el mundo hay alrededor de mil 406 millones de católicos (Anuario Pontificio, 2025) y de otras denominaciones, las que usted quiera, unos 900 millones. Es decir, con adhesión a Jesús de Nazaret seremos unos 2 mil 300 millones de personas, recordando que somos un poco más de 8 mil millones de habitantes en el planeta. De tal forma que podríamos actuar, sin salirnos del cuadro, como el grano de mostaza, que es pequeño, pero que cuando crece es un lugar de consuelo, de refugio y sobre todo de convivencia para quienes tienen una cosmovisión compartida.
La idea de que la cruz no está sólo en el Calvario, sino en las calles, en las periferias, en los cuerpos heridos de nuestra historia, nos obliga a ir más lejos, a pensar que la muerte de Jesús de Nazareth fue una muerte que tuvo como móvil el enfrentamiento con estructuras de poder injustas. Por estos tiempos de la activación de guerras injustas, cuando pensábamos que todo eso ya había pasado, deberíamos preguntarnos: ¿Quiénes son hoy los responsables de tantas muertes evitables? ¿Qué sistemas sostienen la pobreza, la exclusión y la desigualdad? ¿Por qué tiene tanto éxito y sentido de utilidad la biopolítica?
La cruz es un elemento de denuncia. No sólo es la afectación o la tortura para los que visualizan en el horizonte un mundo distinto; la cruz también denuncia. Y esa denuncia sigue vigente en sociedades donde cuestionar la injusticia aún tiene un costo. Ese activismo o cristianismo activo tiene más valor que el que se fragua al calor de la liturgia en los templos o sólo en la contemplación sin la acción. No podemos olvidar lo que dice Gustavo Gutiérrez al respecto: Dios no es neutral frente al sufrimiento.
Celebrar la Semana Santa sin mirar a quienes sufren o quienes padecen de condiciones mínimas de un vivir digno es vaciarla de su sentido más profundo. La fe no puede quedarse en el templo ni reducirse a liturgias majestuosas y bien ejecutadas; debe hacerse vida en la defensa de la dignidad humana.
Frente a esa realidad, la Semana Santa no puede ser un refugio para evadir la responsabilidad, sino un llamado urgente a reconocer esas “cruces invisibles”. No puede haber transformación personal sin transformación social. Para quienes la celebraremos, se convierte en un espejo incómodo que nos enfrenta a una disyuntiva: vivirla como tradición o asumirla como provocación.
Tan simple como asumir que no basta con acompañar a un Cristo de madera por las calles si ignoramos al Cristo vivo que sufre por todas partes. No basta con conmovernos ante una representación del dolor si permanecemos indiferentes ante el dolor real. De ahí el problema de la Resurrección, que es el cierre de la Semana Santa, un cierre que no entendemos porque, invariablemente, nos quedamos en la cultura de muerte que representa la cruz. El riesgo es que, otro año más de nuestras vidas, la memoria de un crucificado nos deje indiferentes ante millones de crucificados que hay hoy por todo el mundo. Así las cosas.