Sigo cuestionando el valor del conocimiento técnico para suplir el trabajo personal. Cuestionemos juntos
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Tenemos traumas y heridas infantiles. Nuestro cerebro tiene una química compleja. El entorno tiene un número sin fin de disparadores que tocan fibras sensibles y nos ponen vulnerables, generalmente sin que podamos reconocerlos como lo que son.
Entonces la información siempre disponible en redes sociales, y personas relativamente bien intencionadas nos inunda y nos refugiamos en las explicaciones que nos ofrecen y que de seguro forman un lugar seguro ante el embiste de la dificultad que tenemos de ponerle forma a lo que nos pasa. Anotamos las emociones en una libreta o las convertimos en pensamientos que convierten la mente en un proyecto de automejora constante. ¿Qué tengo que hacer para ser mejor persona? Parece ser que el lenguaje clínico que mal usamos para protegernos del dolor que comenzó en una lejana infancia nos vuelve más frágiles y vulnerables. Entonces ¿qué se hace? La sugerencia sería sostenernos en el presente y no participar en la inflación del concepto, dejándonos energía para vivir las experiencias que exigen nuestra atención hoy.
El proceso de inflación de conceptos sucede cuando buscamos en internet una palabra o un concepto e investigamos más y más hasta llegar a clasificarlo y poco a poco incluir cualquier cosa que pase dentro del concepto. Todo se convierte en trauma, abuso o violación, sin las características necesarias para definir los eventos como tal. Eso nos lleva a un espacio de acusación constante para podernos explicar lo que no alcanzamos explicar en nosotros mismos. Catalogamos todo. Algunas experiencias son tóxicas o narcisistas, ahorrándonos el esfuerzo de entender la complejidad de los involucrados, incluyéndonos a nosotros mismos. La información que pretendía ser una herramienta de autoconocimiento termina siendo un escudo, un escondite.
¿Qué tanto estoy usando el conocimiento técnico para no hacerme cargo de mí?