Solo hay un camino aceptable para los bebés de diseño
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La propia IA es tecnológicamente complementaria a la edición genética, ya que puede analizar enormes cantidades de datos para encontrar combinaciones genéticas capaces de modificar no solo el riesgo de padecer enfermedades, sino también el aspecto físico
Por Daron Acemoglu, Project Syndicate.
BOSTON- Los bebés de diseño, modificados genéticamente para que presenten características deseables en materia de salud, aspecto físico e inteligencia, hoy están al alcance de la mano gracias a las tecnologías existentes, una perspectiva que plantea cuestiones sociales y éticas de gran alcance, muy similares a las asociadas con los avances de la IA. Sin embargo, una diferencia radica en que las instituciones necesarias para abrir un camino ético a la edición genética -al considerar la tecnología como una medida de salud pública que debería estar disponible para todos- podrían ser más fáciles de concebir que en el caso de la IA.
El gran avance en la edición genética ya no es tan reciente. El panorama cambió radicalmente en la década de 2000, y especialmente a principios de la de 2010, con el desarrollo de la tecnología CRISPR-Cas9, que permite la ingeniería genética de alta precisión. Esta técnica utiliza un ARN guía para localizar una secuencia específica en el genoma de un organismo vivo, donde la enzima Cas9 realiza un corte para desactivar o editar un gen.
Las aplicaciones son enormes. La técnica puede utilizarse para desactivar un gen causante de enfermedades, modificar semillas y productos agrícolas, o diseñar medicamentos y vacunas a medida. Tiene el potencial de hacer frente a enfermedades genéticas hereditarias como la anemia falciforme, así como a mutaciones somáticas que provocan enfermedades en etapas posteriores de la vida, como las relacionadas con el cáncer. También plantea la posibilidad de añadir o eliminar genes en la etapa embrionaria, in vivo o in vitro, y es aquí donde entra en juego la cuestión de los bebés de diseño. La ingeniería genética humana podría ser puramente somática (afectando a los individuos durante su vida) o podría adoptar la forma de edición de la línea germinal, alterando el genoma de manera que los cambios se transmitan a la descendencia.
La propia IA es tecnológicamente complementaria a la edición genética, ya que puede analizar enormes cantidades de datos para encontrar combinaciones genéticas capaces de modificar no solo el riesgo de padecer enfermedades, sino también el aspecto físico, la fuerza física y diversas dimensiones de la capacidad cognitiva. Pero este potencial plantea cuestiones éticas evidentes. Al igual que en Un mundo feliz, de Aldous Huxley, los bebés de diseño podrían acercarnos a una sociedad genéticamente estratificada, en la que solo los ricos dispondrían de los medios para mejorar su desempeño cognitivo y físico, así como su esperanza de vida y la de su descendencia. En este escenario, quienes hoy disponen de dinero podrían hacerse aún más ricos y genéticamente superiores con cada generación.
Este escenario no es meramente hipotético. Los servicios de selección de embriones basados en el cribado poligénico ya se comercializan para pacientes de fecundación in vitro, y los avances en IA los han hecho aún más atractivos para quienes pueden permitírselos. Si las tendencias actuales continúan, podríamos acabar con una élite de multimillonarios y billonarios empeñados en consolidar sus privilegios económicos con otros de carácter biológico; peor aún, esto podría suceder justo cuando muchas otras personas se enfrentan a la perspectiva de la sustitución laboral impulsada por la IA.
Para evitar ese futuro, el primer instinto de la mayoría de las personas es prohibir por completo la edición de la línea germinal y los bebés de diseño. Pero puede que esta no sea la respuesta adecuada. Al fin y al cabo, ya “diseñamos” nuestros cuerpos y los de nuestros hijos mediante vacunas y operaciones. Los futuros padres en el mundo industrializado (y, cada vez más, en las economías emergentes) se someten a pruebas para detectar diversas enfermedades, como el síndrome de Down, y pueden optar por interrumpir el embarazo. La línea divisoria entre estas intervenciones y la edición genética no es ni rígida ni definida. ¿Sería tan diferente editar genes para desarrollar inmunidad natural contra la viruela que vacunar a los niños?
La cuestión no radica tanto en “interferir con la naturaleza” como en otras dos consideraciones. En primer lugar, las implicancias de la edición de la línea germinal no se comprenden del todo. Los organismos vivos son atacados constantemente por patógenos, y algunos cambios genéticos, especialmente los que se transmiten de padres a hijos, pueden generar vulnerabilidades imprevistas.
Por ejemplo, el científico chino He Jiankui creó los primeros bebés de diseño mediante la edición del gen CCR5 para conferirles resistencia al VIH. Sin embargo, esta misma modificación parece aumentar la susceptibilidad a otras infecciones, como el virus del Nilo Occidental y la gripe. Sabemos cómo actúan las vacunas contra la viruela, tanto por su simplicidad como porque contamos con más de dos siglos de experiencia. Pero no se puede decir lo mismo del proceso, mucho más complejo e intrusivo, de la edición del genoma.
En segundo lugar, las vacunas son una intervención de salud pública, mientras que la edición del genoma, al menos en un futuro previsible, solo estará al alcance de unos pocos privilegiados, quienes propagarán sus ventajas de formas que aún no hemos imaginado.
Estas dos cuestiones apuntan a un conjunto claro de directrices sobre cómo debemos abordar la edición genética de la línea germinal. En primer lugar, debemos asegurarnos de que las consecuencias imprevistas sean limitadas en número y alcance. Esto requiere no solo investigación por parte de científicos y laboratorios individuales, sino también infraestructura pública que garantice un proceso riguroso de pruebas y autorización, incluso más estricto que el que exige la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) para los medicamentos y las vacunas.
En segundo lugar, debemos legislar y hacer cumplir la norma de que la edición de la línea germinal debe tratarse exclusivamente como una medida de salud pública. Ningún servicio de edición de la línea germinal debería poder adquirirse en el mercado privado, y cualquier intervención de ingeniería genómica bien probada y plenamente comprendida que demuestre ser beneficiosa debería ponerse a disposición de todos.
La implementación de estas directrices no es una utopía. Ya contamos con instituciones de gran prestigio con la experiencia pertinente, y las normas dentro de la comunidad científica están en consonancia con las de estos organismos. Tanto las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos como la FDA ya han publicado informes y directrices de amplia difusión para la investigación y la práctica en este ámbito. Asimismo, la Cumbre Internacional sobre Edición Genética Humana de 2015 -convocada por las academias de Estados Unidos, el Reino Unido y China- adoptó una postura firme contra la ingeniería de la línea germinal, especialmente la alteración de gametos y embriones que generaría ventajas hereditarias para unos pocos privilegiados. Las cumbres posteriores celebradas en Hong Kong (2018), donde se reveló el caso He, y en Londres (2023) reafirmaron y precisaron esa postura.
El hecho de que existan esos organismos y de que hayan adoptado una postura proactiva ayuda a explicar por qué considero que el desafío que plantean los bebés de diseño es, en cierta medida, más manejable que los asociados a la IA. La tragedia de la IA es que nos encontramos en la cúspide de avances igualmente transformadores, pero sin organismos equivalentes. Los institutos de seguridad de la IA y los organismos de la Unión Europea de reciente creación carecen de autoridad para influir en la industria, y muchos científicos y laboratorios siguen sin ser conscientes de los efectos sociales que podrían desencadenar.
Necesitamos urgentemente alcanzar un consenso ético sobre la IA, especialmente porque esto podría ayudarnos a afrontar los diversos desafíos simbióticos que plantea la ingeniería genética. De lo contrario, habremos sacrificado la herencia de las generaciones futuras por una mera satisfacción temporal. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía en 2024 y profesor de Economía en el MIT, es coautor (junto con Simon Johnson) de Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity (PublicAffairs, 2023).