Ernesto Ruffo: Excesos del poder del régimen en México

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Opinión
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El contrabando de combustible es la evidencia más explícita del fracaso del régimen, de allí la necesidad de imputar a un símbolo de la democratización, ahora destruida. Ese es el objetivo de la aprehensión y exhibición de Ruffo

Todo exceso cobra factura; en lo personal y también en el ejercicio de la autoridad. Han pasado más de ocho años desde que Andrés Manuel López Obrador, con el voto mayoritario, ganó el poder. La ciudadanía, en su descontento, quería y esperaba un cambio radical; AMLO cumplió, pero no en los términos deseables, al menos para muchos.

La transferencia directa de recursos públicos a millones de mexicanos y el incremento sustantivo de los salarios blindaron política y socialmente el proceso de destrucción del régimen democrático y de militarización de la vida pública. La oposición marginada y los factores de poder normalizaron la deriva autoritaria del régimen entre el temor y la complacencia, quizás con la idea de que el mal tenía fecha cierta de caducidad.

https://vanguardia.com.mx/opinion/preguntas-rumbo-al-27-PG22354856

A pocos movió al rechazo la manera en que el poder presidencial, desde el espacio público matutino, rompió con las reglas más elementales de la comunicación institucional. Los medios, en su mayoría, acompañaron al régimen en su empeño por imponer su realidad, sin importar que se transgredieran principios básicos como el respeto a la libertad de expresión y la presunción de inocencia. La mañanera, con la complacencia de todos, se volvió el paredón para ejecutar a periodistas, críticos, adversarios y particulares a partir del interés del régimen.

Después de ocho años de esa elección, se puede hacer un balance de resultados en cualquiera de los planos de la gestión pública. Nada hay qué presumir; incluso abatir la pobreza no registra cifras superiores a gobiernos previos, entre otras cosas, porque no hubo crecimiento económico. En una perspectiva más rigurosa sobre el tema, debe preocupar el deterioro significativo de la red social de bienestar, particularmente en materia de salud y calidad educativa. Lo que sí se advierte es un desastre en las finanzas públicas, la infraestructura y la capacidad financiera para enfrentar los desafíos inmediatos del país.

Lo peor no está en la economía o en el plano social, de por sí muy malo, sino en la política y la justicia. Superar la situación de impunidad generalizada y de justicia selectiva se complica por la destrucción de las instituciones de la República, tarea acometida por una mayoría parlamentaria que no se corresponde con la voluntad ciudadana. La sociedad y los ciudadanos padecen un estado de indefensión ante el autoritarismo gubernamental. La oposición es marginal y los factores sociales de contención al abuso de poder, especialmente los medios de comunicación, carecen de la fuerza o el ascendiente para cumplir tal tarea. Incluso parte de los medios privados son instrumento del régimen político en su empeño por reafirmarse.

Cuatro ejemplos ilustran la perfidia de la justicia de ahora frente a los que el poder identifica como enemigos: Jesús Murillo Karam, Rosario Robles, Alejandra Cuevas y Ernesto Ruffo. Cada caso, muy diferente, trasciende la eventual responsabilidad del inculpado. Todos ellos colaboran a pesar de la embestida alevosa y desproporcionada del fiscal; no se trata de un asunto de culpa o sentencia, sino de exhibir el poder (tengan para que los demás aprendan) y hacer de la detención un espectáculo para que los señalados sean prontamente ejecutados ante el paredón de la maledicencia. Se volvió en su contra la decencia de los inculpados y la honorable actitud de comparecer ante la justicia. Cada uno de estos asuntos adquiere relieve frente a la permisividad hacia el crimen organizado, sus operadores y cómplices en posiciones de autoridad.

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Conforme el régimen político se ve arrinconado por los efectos internos e internacionales de la impunidad, se acentúa su parcialidad frente a propios y adversarios. El contrabando de combustible es la evidencia más explícita del fracaso del régimen, de allí la necesidad de imputar a un símbolo de la democratización, ahora destruida. Ese es el objetivo de la aprehensión y exhibición de Ernesto Ruffo. Una acción de abuso extremo por dos consideraciones a la vista de todos: se emprende justicia no para conocer la verdad y sancionar responsables, sino para exhibir, convertir el proceso en un espectáculo con la participación protagónica de un fiscal y un juez bajo consigna del poder político.

Segunda consideración: el caso Ruffo y el de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, muestran la parcialidad, las dos varas, la manera diferenciada en que el régimen aborda los casos de políticos afines y quienes se ven como enemigos. A los de casa, impunidad; a los de enfrente, justicia a modo al margen de la presunción de inocencia y del debido proceso.

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Licenciado en Derecho Facultad de Jurisprudencia UAC. Maestría y Estudios de Doctorado en Gobierno por la Universidad de Essex, Inglaterra.

Ha sido Catedrático en el ITAM; en el ITESM; en el CIDE; y en la Universidad Anáhuac.

En 1997 a 2000 titular de la Asesoría Política en la Presidencia del doctor Ernesto Zedillo.

Desde 2005 director general del Gabinete de Comunicación Estratégica

Columnista Juego de Espejos en Milenio Diario, Bloomberg-El Financiero y en SDP Noticias, Código Libre y en la Revista Peninsular. Coautor de varios textos en materia electoral y estudios históricos.

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