Sonría, lo está viendo el SAT. La kiss cam de la discrepancia fiscal

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Opinión
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Estimado lector, las cámaras de los estadios tienen un talento cruel: enfocan a quien menos lo espera. Pregúntele, si no, a aquel alto directivo que fue a un concierto convencido de que entre sesenta mil personas nadie lo vería... hasta que la kiss cam lo proyectó en la pantalla gigante, abrazado de quien no debía. La cámara no lo buscaba a él. Solo hacía su paneo de rutina por las gradas. Pero cuando lo encontró, su historia oficial y su historia real dejaron de coincidir frente a todo el mundo.

Guarde esa imagen, porque este Mundial tiene su propia kiss cam, y no la opera la televisora.

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Imagine al aficionado entusiasta. Consiguió boletos en reventa para dos partidos, voló a la ciudad sede, se hospedó cuatro noches en hotel de cinco estrellas, pagó el jersey de colección, las cervezas del estadio y la cena de celebración. Todo quedó retratado en sus redes sociales, sonriente, con el estadio de fondo.

Hay un detalle: su declaración anual dice que sus ingresos apenas rebasan el salario mínimo. Y en algún servidor, una cámara que nadie ve acaba de hacer zoom sobre su asiento con una pregunta sencilla: ¿y esto con qué lo pagó?

Eso, estimado lector, tiene nombre y apellido: se llama discrepancia fiscal, vive en el artículo 91 de la Ley del Impuesto sobre la Renta, y se configura cuando sus erogaciones en un año son superiores a los ingresos que declaró.

Y por erogación la ley entiende casi todo lo que se mueve: sus gastos, los bienes que adquiere, los depósitos que caen en sus cuentas bancarias, sus inversiones financieras y los pagos de sus tarjetas de crédito.

Aquí va lo que pocos saben: aplica incluso a quien no está inscrito en el RFC. No estar en el padrón no lo saca de la transmisión; las personas que no presentan declaración se tratan como si hubieran declarado cero, y entonces cualquier gasto es discrepancia.

¿Y cómo me ve, si yo no le cuento nada? Porque la autoridad no tiene una cámara: tiene un estadio entero lleno de ellas. Cada factura que usted pide con su RFC es una toma. Los bancos reportan sus depósitos en efectivo en ciertos supuestos.

El notario avisa cuando usted compra un inmueble; la agencia, cuando estrena auto; la aduana, cuando importa. ¿Y la foto del palco que subió con tanto orgullo? El SAT no necesita perseguir selfies ni volverse influencer fiscal. La discrepancia no se construye con su foto; se construye con el rastro del dinero que pagó lo que sale en ella. Su publicación es, en todo caso, la repetición en pantalla gigante de una jugada que el sistema ya tenía registrada.

—Sencillo —estará pensando usted—: no pido factura y me vuelvo invisible. Permítame desilusionarlo: no pedir factura apaga una cámara, pero las demás siguen grabando. Si pagó con tarjeta, el banco ya lo registró. Si transfirió, dejó rastro. ¿Y el efectivo?

Ese efectivo salió de algún lado: de un retiro bancario, de ahorros documentados o de ingresos que nunca pisaron la declaración, que es un problema todavía peor. Además, la ley antilavado obliga a reportar ciertas operaciones en efectivo en sectores como autos, joyas e inmuebles. El artículo 91 nunca exige factura; habla de erogaciones.

El dinero, pida usted papelito o no, siempre actúa frente a alguna cámara. Cuando los cruces no cuadran, la cámara deja de panear y lo enfoca. El procedimiento es así: el SAT le notifica el monto de las erogaciones detectadas y la información con la que las conoció, y usted tiene veinte días para explicar el origen de esos recursos y ofrecer pruebas.

Si no lo desvirtúa, el monto puede presumirse ingreso gravado: ISR, actualización, recargos y multas. Y en el extremo, escúchelo bien, gastar más de lo declarado está tipificado como conducta equiparable a la defraudación fiscal. Sí, de las que se castigan con cárcel.

Quizás a estas alturas ya está sudando frío. Que no cunda el pánico: gastar más de lo que declara no es delito si tiene explicación. A lo mejor pagó el viaje con ahorros de años, con un préstamo familiar, con una herencia o con un donativo de su generoso padre.

Todo eso es legítimo... si está documentado. Y aquí la advertencia preventiva que vale toda la columna: los préstamos, donativos y premios deben informarse en su declaración anual cuando, en conjunto, rebasan los seiscientos mil pesos en el año.

El préstamo no informado puede terminar tratado como ingreso gravado. Y una explicación sin papeles es como un gol anulado por el VAR: por más que lo festeje, no sube al marcador.

Así que disfrute el Mundial: vaya al estadio, grite los goles, suba la foto. Solo recuerde que la kiss cam no avisa, no pide permiso y siempre regresa. Procure que, el día que lo enfoque, su declaración cuente exactamente la misma historia que su palco. Sonría: lo está viendo el SAT.

huorsa@ortizgarza.com.mx

X: @huorsa

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Columnista de VANGUARDIA, comediante fiscal por vocación no diagnosticada. Dicen que los contadores nacemos sabiendo sumar... pero Hugo René también nació sabiendo restarle drama al SAT. Es licenciado en Contaduría Pública y Finanzas por el Tec de Monterrey, lo que básicamente significa que aprendió a sufrir con estilo y corbata. Tiene dos maestrías: una en Impuestos (porque a alguien tenía que gustarle eso) y otra en Derecho Internacional, por si alguna vez hay que explicarle al SAT que el tequila no se exporta con IVA incluido.

Empezó su carrera en California, donde trabajaba en una empresa de arroz... porque uno tiene que saber de granos antes de hablar de deducciones. Luego se fue metiendo al mundo de la contaduría, ese hermoso universo donde la emoción más fuerte es cuadrar el balance a la primera. Y cuando pensó que ya nada podía sorprenderlo, ¡lo invitaron al mismísimo SAT! Así es: fue asesor de la jefa del SAT y también trabajó en Planeación, es decir, ayudó a diseñar el mapa del infierno... pero con Excel.

Hoy es socio director en la firma Ortiz Garza y Asociados, donde lidera proyectos fiscales y se dedica a hacerle la vida más fácil a los que le temen al buzón tributario más que a su ex.

Además de contar números, también cuenta historias: fue conductor de “Frecuencia Fiscal” durante 14 años, donde explicaba impuestos como si fueran recetas de cocina (”agarre su CFDI, métalo a la licuadora fiscal y espolvoree deducciones”). Hoy conduce el pódcast “Entre Contadores”, donde se hablan de temas serios... pero con risas entre líneas y anécdotas que harían llorar a un auditor.

También ha sido catedrático, presidente de comisiones, columnista en El Financiero y miembro activo del Instituto de Contadores Públicos de Nuevo León. Es decir, Hugo René no solo conoce la ley, también sabe aplicarla sin que a uno le den ganas de esconderse en las Islas Caimán.

Si alguna vez pensaste que los impuestos eran cosa seria... es porque no has leído una columna de Hugo René. Prepárate para entender tus finanzas como si te las explicara tu compadre chistoso... pero con cédula profesional.

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