Soy un chocolatero

Opinión
/ 4 enero 2026

En memoria de esas memorias me tomo un chocolate

Cada vez que voy a Oaxaca cumplo un rito: en el antiguo convento de Santa Catalina de Siena me tomo un chocolate. Luego voy a la calle del Mercado y en una de las viejas y tradicionales chocolaterías que ahí se hallan pido que me preparen la sabrosa mixtura del cacao con los finos sabores de la vainilla y la canela.

En estos días navideños y de año nuevo he disfrutado muchas tazas de sabroso chocolate. Se ha perdido en Saltillo la costumbre de tomarlo. Antes era obligado en el desayuno y la merienda. Todo mundo bebía chocolate. Éramos una ciudad chocolatera. Entonces había tiempo para consumir cinco alimentos en el día: por la mañana, tempranito, el desayuno; luego, un poco más tarde, el rico almuerzo; después, al mediodía, la comida; a las 5:00 ó 6:00 de la tarde, la merienda, y por la noche la cena, moderada, pues todos seguían la salutífera enseñanza: “Desayuna como rey; come como príncipe y cena como mendigo”.

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El desayuno y la merienda consistían en lo mismo: una taza de chocolate con pan de azúcar. Al chocolate se le atribuían virtudes de todo orden: hacía que los niños se acabaran de criar bien; fortalecía a los adultos para los menesteres diurnos y nocturnos; calentaba la sangre de los ancianos; a todos en general daba vigor. Yo, chiquillo enteco y desmedrado, debía tomarme el chocolate como quien toma medicina. A pesar de eso conservé el gusto por la salutífera bebida, tan católica que hasta hay una copla que lo proclama:

Católico chocolate,

que de rodillas se muele,

juntas las manos se bate

y viendo al cielo se bebe.

Ya no tenemos tiempo para el chocolate. El de metate –aquel que se molía de rodillas– ya no existe. Antes el jarro donde se batía y el correspondiente molinillo eran utensilios obligados en las cocinas saltilleras. Aquí no se hacía el chocolate en agua, como en Oaxaca, sino en leche. Bien caliente, hirviendo, se ponía la leche en el jarro y luego una o dos tablillas del excelente chocolate del Oso. El calor de la leche y de la estufa, y la enérgica acción del molinillo, hacían que el chocolate se disolviera. Venía luego la obra de batirlo para que hiciera aquella noble espuma que coronaba, como corona real, la taza.

Podía consumirse aquella bebida pontifical a sorbos pequeñitos o, mejor todavía, sopeando con pan dulce. Manjar divino aquél. ¿Cómo pueden ser niños los niños de hoy si no encuentran en la mesa del desayuno, antes de ir a la escuela, aquella humeante taza que daba fuerzas para cumplir hasta las más improbas tareas, como por ejemplo aprender las tablas de multiplicar? ¿Con qué ilusión regresan a la casa después de concluir la jornada escolar si no los aguarda otra taza de chocolate, premio mayor por haber ido a la escuela sin refunfuñar? Misterios son esos que no alcanzo a entender.

Por todo lo dicho, en memoria de esas memorias me tomo un chocolate en el antiguo convento de Santa Catalina de Siena, de Oaxaca, o en “El Moro”, de la Ciudad de México, en la vieja calle de San Juan de Letrán, o aquí en mi casa, que es la de ustedes. Después de todo no soy tan mal portado. Bien merezco, entonces, una taza de rico chocolate.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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