Territorio de la esperanza

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Opinión
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Cuando los escenarios en los que se desarrollan nuestras vidas están perdiendo su significado humano, el arte y la arquitectura tienen el deber de remitificar, resensualizar y reerotizar nuestra relación con el mundo.

Juhani Pallasmaa

El 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. En Coahuila, la tasa de suicidios se ubica entre 9.1 y 9.7 por cada 100 mil habitantes, lo que coloca a nuestro estado entre los cinco con mayor incidencia a nivel nacional. Según el INEGI, el número de casos pasó de 284 en 2024 a 314 al año siguiente, sin contar aquellos intentos que no llegaron a consumarse. Las ciudades constituyen hoy el hábitat de la mayoría de las personas en el mundo; a lo largo de su historia, su crecimiento ha privilegiado con frecuencia el desarrollo inmobiliario, su valor de consumo y, en términos arquitectónicos, una lógica funcional y utilitaria que pocas veces considera de manera suficiente al usuario y a las dimensiones sensoriales de la experiencia urbana.

En ese proceso, se ha pensado en cómo hacer que las ciudades crezcan, funcionen, circulen y produzcan, pero bastante menos en cómo afectan la salud mental de quienes las habitan. En este sentido, la neuroarquitectura es una disciplina relativamente reciente que vincula la arquitectura con las neurociencias para estudiar la manera en que el espacio puede influir en las personas. Diversas investigaciones han mostrado que el entorno interviene de múltiples formas en el desarrollo cognitivo y que los espacios que habitamos —desde nuestra casa hasta la ciudad y sus componentes— tienen efectos sobre nuestro sistema nervioso, nuestra salud, nuestros comportamientos e incluso nuestra toma de decisiones.

Por ello, desarrollar estudios, proyectos e investigaciones que consideren la realidad cognitiva de las personas y traduzcan ese conocimiento en estrategias aplicables a la arquitectura y al diseño urbano podría contribuir significativamente al bienestar de quienes habitan las ciudades. Sin embargo, es necesario hacer una precisión: nuestros cuerpos no existen aislados de su contexto; el territorio, la cultura, el clima, las condiciones socioeconómicas, la igualdad de oportunidades y las experiencias cotidianas también nos atraviesan física y psicológicamente: la opresión sistemática, la violencia y otros aspectos derivados de vivir en las ciudades influyen significativamente.

Se trata de comprender la arquitectura y los espacios habitables como una extensión tangible de la existencia de las personas y de la realidad que viven. La neuroarquitectura plantea varias estrategias concretas para mejorar el bienestar, disminuir el estrés y el estado de alerta permanente, además de promover el movimiento y la permanencia al aire libre. Sin embargo, no se trata solamente de incluir plantas, abrir ventanas, crear áreas verdes u organizar caminatas. El problema de la salud mental en nuestro estado es preocupante y multifactorial. Contar con mejores espacios puede ayudar, pero no constituye por sí mismo la raíz ni la solución del problema. El papel de la arquitectura y de la ciudad no es curar, sino no agravar; ofrecer descanso, orientación, encuentro, seguridad, vínculos y pertenencia. Crear espacios donde el cuerpo pueda bajar la guardia y donde la vida cotidiana resulte menos hostil. Al negar espacios de calidad que carecen de sombra, silencio, árboles, descanso, contacto humano, seguridad, accesibilidad, tiempo y convivencia también se fomenta la falta de cuidado y la percepción de abandono.

Pensar la salud mental desde el territorio implica reconocer que también habitamos emocionalmente los lugares y que las condiciones del espacio forman parte de nuestra experiencia del mundo en conjunto con nuestra cultura y nuestra identidad. Pero ¿quién diseña las ciudades? ¿quién invierte en ellas? ¿quién decide en este sentido? ¿se toman en cuenta realmente a todas las personas? La ciudad, además de funcionar, debe ser el lugar en el que nos sintamos seguros y con igualdad de oportunidades, donde los espacios tangibles, pero también los simbólicos e intangibles respondan a nuestras necesidades, un territorio donde tal vez podamos darle la vuelta a la desesperanza.

Argelia Isabel Dávila del Bosque es doctora en Arquitectura y Urbanismo por la UAdeC, grado que obtuvo con Mención Honorífica en 2024 y con el Premio a la Mejor Tesis Doctoral en 2025. Desde 2020 es profesora investigadora con perfil PRODEP en la Facultad de Artes Plásticas Prof. Rubén Herrera, donde fundó y coordinó el programa de posgrado acreditado ante el Sistema Nacional de Posgrados de SECIHTI.

Su trabajo enlaza investigación académica y creación artística. Fue becaria del PECDA Coahuila en 2012 en el área de patrimonio y, en 2021, en la categoría de creadora con trayectoria. Coordinó Umbrales. El centro de Saltillo. Visiones desde la transdisciplina, libro que obtuvo el primer lugar nacional en publicación editorial en 2023. En 2025 publicó Hybris Vernacular, obra que también recibió el primer lugar nacional de diseño en la categoría de publicaciones. Como periodista cultural, ganó el Premio Armando Fuentes Aguirre “Catón” en su 23ª emisión, categoría Prensa. Además coordina la plataforma In Signia, dedicada al estudio, promoción y preservación del patrimonio y los símbolos que conforman la identidad de Saltillo. Colaboradora en revistas de divulgación nacionales y regionales, es evaluadora de artículos científicos, proyectos artísticos y programas de posgrado. También se desempeña como analista, gestora y asesora en reglamentación urbana. Sus líneas de investigación se centran en el patrimonio, los imaginarios urbanos y los emblemas simbólicos, así como en la concepción, circulación y consumo de la imagen y su papel en la construcción de la cultura.

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