Tres músicos haitianos

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Opinión
/ 15 abril 2026

Durante generaciones enteras se ha discutido si Haití pertenece o no al amplio mundo latinoamericano, o es una extensión oceánica de la Francia continental. Si bien la discusión se atenúa al hablar desde la perspectiva geográfica y lingüística, al tocar el aspecto cultural la cosa no parece tan sencilla. Se atribuye a los haitianos una inamovible cultura francesa, por la cual se alejan de Latinoamérica. En su defensa habría que recordar el afrancesamiento mexicano durante el porfiriato, o la italianización argentina en el XIX, y nadie alejaría a México o a Argentina del Latinoamericanismo.

Si bien en Haití se habla francés y criollo haitiano, sus raíces están conformadas a partes iguales por franceses y por africanos. Éstos últimos provenientes de las regiones de Ghana, Nigeria, y el Congo. Desde ahí empieza la hermandad caribeña, habida cuenta que también de estas regiones africanas son los pobladores del resto del Caribe y de toda la américa negra continental.

La negritud haitiana se refleja en su música, con las singularidades del caso. Si en el Perú decimonónico, por ejemplo, la negritud musical se manifiesta a través de la quijada de burro, o en Colombia a través de tambores y cantos responsoriales, en Haití lo hizo mediante el piano. La elección no es gratuita. El piano permitió la fusión ideal entre la técnica refinada europea —prevaleciente en las escuelas, academias y conservatorios de música isleña— y la expresión sincopada de los ritmos tradicionales haitianos. Como lo fue el banjo en Estados Unidos, o la guitarra en México, o el birimbao en Brasil, el piano en Haití se convirtió en un símbolo de resistencia cultural en manos de los negros libres. Durante la segunda mitad del siglo XIX el piano permitió fusionar los valses o los nocturnos, con los ritmos populares haitianos, sin duda tan complejos como los europeos.

Con la llegada del siglo XX también sobrevino la ocupación estadounidense —de 1915 a 1934—, por lo que los músicos haitianos retomaron el piano, ahora para revaluar la herencia africana que alimentaba sus raíces, y defender su independencia. Finalmente, el piano fue el eslabón que llevó la música culta a las clases populares, y, en sentido contrario, el que presentó la méringue, es decir, el merengue haitiano, a las clases altas.

Quiénes fueron los primeros músicos académicos haitianos que, valiéndose del piano como un instrumento de reivindicaciones culturales, sintetizaron la cultura de su país.

Se me ocurre proponer a tres Michel Mauléart Monton (1855-1898), Ludovic Lamothe (1882-1953), y Justin Elie (1883-1931).

Aunque nacido en la Luisiana en 1885, de padre haitiano y madre estadounidense, Michel Mauléart Monton se crio en Haití donde estudió piano. Su música fue fiel representante de su historia personal que acusa su linaje estadounidense, y haitiano de ascendencia francesa. En su obra está reunida la pródiga naturaleza tropical de Haití, el misticismo yoruba, y la música clásica europea. Es una verdadera tristeza que de Mauleárt Mont sólo se encuentre una sola obra en YouTube y en Spotify: Choucone (1883) palabra en criollo haitiano que significa Pajarito, y que se haya popularizado en Estados Unidos como Yellow Bird

Ludovic Lamothe nació en Puerto Príncipe en el seno de una familia acomodada de músicos y escritores, y educado en París compuso exclusivamente para piano. Dueño absoluto de las formas clásicas europeas de entre siglos, Lamothe exploró primordialmente al merengue al que llevó a niveles de excelsitud y de complejidad. En sus composiciones están presentes los patrones clásicos europeos, la música tradicional de su natal Puerto Príncipe, los carnavales del vudú haitiano, así como la música popular campesina haitiana. De Ludovic Lamothe es posible encontrar algunas obras en estas dos plataformas.

Justin Elie. nació en la pequeña comunidad de Cabo haitiano en la costa norte de la isla. Estudió en el Conservatorio de París donde se empapó del impresionismo europeo, del que privilegió a Debussy. Sin embargo, esta influencia no opacó su formación haitiana sino que lo llevó a realizar una introspección cultural que derivó en un impresionismo caribeño. Hablando específicamente de la Méringue, Elie la tomó, la despojó de su carácter puramente bailable para convertirla en una pieza de concierto, dotándola de un ritmo sutil y elegante. Además, Elie era un pianista consumado que llevaba a la partitura su perfección técnica para crear la atmosfera perfecta. En YouTube se encuentra alguna de su obra para piano.

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Estudió Letras Españolas en su estado natal, ha escrito narrativa y ensayo. Su interés se centra en literatura policiaca, presente en sus estudios y en su obra de creación. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten parte del viaje de su protagonista para realizar una investigación sobre la estancia de Francisco Villa en la ciudad de Delicias; la anécdota le sirve para la creación de una novela de suspenso con tintes policiacos. Su segunda novela, Nadie sueña, recrea y denuncia el mundo de la violencia, del crimen y la corrupción del sistema judicial y de los círculos del poder en los estados del norte. Sus personajes, al principio presos de un gran desaliento, logran rebelarse ante esta situación. En sus cuentos se repiten las mismas obsesiones del autor por la intriga propia del relato policiaco.

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