Trump quiere que los estadounidenses desaprendan lo que saben
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El presidente de EU emitió una orden ejecutiva en la que instruyó a los funcionarios a “eliminar ideología indebida” del Smithsonian y sus museos, a recortar el financiamiento a los “programas que degradan los valores compartidos de Estados Unidos”
Por M. Gessen, The New York Times.
“Vivimos en un país con un pasado impredecible”. Este era un dicho entre la intelectualidad de la Unión Soviética durante mi niñez. Nunca sabíamos qué parte de nuestra historia sería borrada a continuación.
Ahora los estadounidenses también viven en un país con un pasado impredecible. A dos meses de comenzar su segundo mandato, el presidente Donald Trump emitió una orden ejecutiva titulada Restaurar la verdad y la cordura en la historia estadounidense, en la que instruyó a los funcionarios a “eliminar ideología indebida” del Smithsonian y sus museos, a recortar el financiamiento a los “programas que degradan los valores compartidos de Estados Unidos” y a reinstalar algunos monumentos retirados tras las protestas del movimiento Black Lives Matter de 2020. Una lista muy incompleta de las cosas que han sucedido desde que se emitió esa orden: el Servicio de Parques Nacionales ha estado retirando letreros informativos sobre la esclavitud; la estatua de un general confederado ha sido reinstalada en Washington; un mordaz informe del Consejo de Política Nacional de la Casa Blanca acusó al Smithsonian de utilizar la historia “como un instrumento político para dividir, desanimar y desalentar a nuestros ciudadanos”; y el 24 de julio, Trump emitió una nueva orden ejecutiva que exige que se instalen letreros en los exteriores del Smithsonian “advirtiendo a los visitantes sobre la captura ideológica en el Museo Nacional de Historia Estadounidense”.
Reevaluar la historia tiene el potencial de cambiar el futuro de un pueblo al cambiar su comprensión de sí mismo. Puede unir a la gente en un proyecto genuinamente nuevo. Pero otra cosa es la reescritura de la historia, que es enloquecedora. La Unión Soviética obligó repetidamente a todo el país a desaprender lo que ya era ampliamente conocido. En la década de 1950, tras la muerte de Joseph Stalin, el Partido Comunista denunció su “culto a la personalidad” y parte del alcance de su terror. Una década después, dio marcha atrás y exilió o encarceló a los autores que escribían sobre los crímenes del estalinismo. El mismo proceso se repitió cuando colapsó la Unión Soviética. Salieron a la luz enormes cantidades de información sobre el terror soviético; bajo Vladimir Putin, ese conocimiento ha sido empujado de nuevo al olvido.
Trump quiere que los estadounidenses desaprendan lo que han llegado a saber sobre la historia y el legado de la esclavitud. Lo que sus órdenes ejecutivas realmente prometen restaurar es una sensación de comodidad contenida en las narrativas más reductivas y depuradas sobre Estados Unidos: la dicha de la ignorancia. Al parecer, Trump cree que el trabajo de los museos y monumentos es inculcar el “orgullo en los corazones de todos los estadounidenses”, como lo expresó una de las órdenes ejecutivas. El informe del Consejo de Política Nacional de Trump culpó al Museo Nacional de Historia Estadounidense por fracasar en esta precisa misión.
Hace un par de meses, visité Montgomery, Alabama, donde una organización llamada Equal Justice Initiative (EJI) está llevando a cabo un proyecto muy distinto. Está contando la historia de los estadounidenses negros. Hasta ahora, la EJI ha construido un monumento a las víctimas de linchamiento, un Museo del Legado, un vasto jardín de esculturas y una plaza pública con una exhibición permanente sobre el movimiento por los derechos civiles. Cada elemento del complejo, que sigue creciendo, es tan poderoso como cualquier museo o monumento que haya visitado.
Bryan Stevenson, quien dirige la EJI, es un litigante cuyos clientes han incluido a hombres negros condenados a muerte y a niños juzgados como adultos y sentenciados a cadena perpetua. Sin embargo, llegó a sentir que el cambio que podía lograr en los tribunales no era suficiente. “El verdadero mal”, me dijo —el mal perdurable—, “fue la narrativa que creamos para justificar la esclavitud”. Es una declaración contundente. ¿Acaso pueden las historias causar tanto daño como una vasta infraestructura de violencia y jaulas? Su argumento es que las historias son la base de la violencia. Las historias que presentaban sistemáticamente a las personas negras como menos que humanas posibilitaron la esclavitud y la segregación. Las historias que presentaban a las personas negras como peligrosas y depredadoras alimentaron los linchamientos y el encarcelamiento masivo. A menos que creemos nuevas historias, el abuso nunca se detendrá.
Stevenson también habla del orgullo. “Estados como Alabama tienen muy poco de qué enorgullecerse”, me dijo. Los días de riqueza y gloria de Montgomery quedaron en el pasado. Es una ciudad con decenas de monumentos a la Confederación, una ciudad donde una de cada cinco personas vive en la pobreza, en un estado con una de las tasas de encarcelamiento más altas del país.
Pero los museos y monumentos de la EJI han convertido a Montgomery en un destino turístico, y eso tiene beneficios económicos directos para la ciudad. Lo que es más importante, estas instituciones han ayudado a convertir Montgomery un centro de interacción con la historia estadounidense. Stevenson cree que las conversaciones que estas instituciones fomentan pueden y deben hacer que la gente se sienta orgullosa. Cita como una de sus inspiraciones los museos y monumentos alemanes del Holocausto que hacen la promesa de “Nunca más”, un mensaje profundamente esperanzador.
Mis compañeros de viaje no pudieron evitar notar que cuando Stevenson describía las acciones que Estados Unidos había tomado para oprimir a las personas negras, decía “nosotros” en lugar de “el gobierno” o “los legisladores racistas”. Le preguntamos por qué. “Me niego a entregarle Estados Unidos a nadie más”, explicó Stevenson. Esa es una forma de interpretar la palabra “inclusión” en las siglas DEI (diversidad, equidad e inclusión): una historia en la que no se omiten tus antepasados.
Stevenson no ha recibido ninguna financiación federal ni estatal para sus sitios. Por lo tanto, el gobierno de Trump no puede ponerlos en la mira para recortarles fondos. Pero Montgomery ejemplifica el conflicto en la raíz de la política de la memoria trumpista.
Fui a Montgomery con mi esposa, Lynne, y cuatro de mis antiguos colegas de Rusia que ahora viven en el exilio. Después de unos días allí, condujimos hasta Charlottesville, Virginia, el sitio de la marcha Unite the Right de 2017, durante la cual supremacistas blancos inundaron la ciudad, en teoría para defender un monumento al general confederado Robert E. Lee, y contramanifestantes acudieron en masa para oponerse a su mensaje. Trump —entonces en el primer año de su primer mandato— comentó que había habido “gente muy buena en ambos bandos”. Hoy, un parche rectangular pelado en medio de un césped por lo demás verde en el centro de la ciudad es todo lo que queda de la estatua, retirada cuatro años después de la manifestación. La ciudad planea instalar allí una escultura de un árbol baobab, creada a partir del bronce fundido de la estatua de Lee. Pero cuando estuve allí, no vi ningún letrero que indicara lo que había sucedido. El resultado es una especie de monumento visible solo para quienes saben qué buscar, un símbolo perfecto tanto de lo que se logró como de lo que no se logró en el último intento de la nación por un ajuste de cuentas racial.
Otro símbolo de este tipo es Monticello, la residencia y plantación de Thomas Jefferson a las afueras de Charlottesville. Todos los visitantes de la casa deben inscribirse en un recorrido, un asunto estrictamente guionado que, si se escucha con atención, muestra las huellas de numerosas ediciones hechas a lo largo de los años. La narrativa original es una de progreso: precisamente la narrativa que exigen las órdenes ejecutivas de Trump. Jefferson era un hombre de ciencia y un amante del arte; trajo a Monticello ideas políticas progresistas, mapas, relojes, ingeniería avanzada, arquitectura neoclásica y comida francesa. Pero esta historia ahora se ve interrumpida repetidamente por hechos inconvenientes que solían omitirse. Jefferson era dueño de esclavos y engendró al menos seis hijos con Sally Hemings, una mujer esclavizada con quien mantuvo una relación sexual cuando ella era adolescente y él era un viudo de mediana edad. Hay un recorrido aparte sobre la esclavitud en Monticello, pero el recorrido principal no reconoció la tensión entre la historia central y estos hechos adicionales. Esta es una yuxtaposición que se me quedó grabada: la hija que Jefferson tuvo con su difunta esposa vivía en la casa con él, al igual que los 11 hijos de ella, a quienes educó conforme a los ideales de la Ilustración. Los hijos que Jefferson tuvo con Hemings vivían en los aposentos de los esclavos y desde temprana edad fueron obligados a trabajar en la propiedad.
Mientras mis compañeros exiliados y yo viajábamos por el sur de Estados Unidos, la campaña contra la memoria continuaba en nuestra tierra natal. El gobierno de Putin ya había clausurado hacía tiempo Memorial, una organización dedicada a preservar la memoria del terror estalinista; en abril de este año, la Corte Suprema rusa declaró a Memorial una organización “extremista”. Hace dos años, el gobierno cerró el Museo del Gulag en Moscú. En junio, fue reabierto como el Museo de la Memoria, contando la historia de los crímenes nazis contra el pueblo soviético. Una vez más se ha ordenado borrar la memoria del terror estalinista.
Ilya Venyavkin, uno de mis compañeros de viaje, es un historiador del estalinismo. Observó que el proyecto de Stevenson es, en cierto sentido, más ambicioso que cualquier cosa que hayan intentado los activistas de la memoria en Rusia: traza una línea narrativa directa entre el pasado y el presente. Plantea el argumento de que la forma en que vivimos ahora está moldeada por la manera en que nuestros antepasados organizaron la sociedad. Esto es precisamente lo que puede hacer que el proyecto de revisitar el pasado sea tan vital: no se trata del pasado. Se trata de elegir nuestro futuro. ¿Queremos un futuro que nos desafíe a hacer un ajuste de cuentas con la verdad y a encontrar maneras —maneras genuinamente nuevas e ingeniosas— de cumplir la promesa estadounidense, o un futuro que cierre la posibilidad de la conversación y el cambio? Supongo que también hay una tercera opción: un futuro de inquietud y confusión, de historias poco claras como la que escuché en Monticello, de hechos conocidos a medias y verdades dichas a medias.
Recuerdo una frase de una novela satírica clandestina que leí de adolescente. Un niño le pregunta a su padre: “¿De verdad ocurrió el año 1937? No sé a quién creerle”. Ese año fue el punto culminante del Gran Terror de Stalin. “Todavía no ha ocurrido”, responde el padre. “No ha ocurrido, hijo mío. Pero ocurrirá”. Sigue siendo la forma más divertida y perturbadora que he encontrado de decir que quienes no enfrentan la historia están condenados a repetirla. c. 2026 The New York Times Company.
M. Gessen es columnista de opinión del Times. Obtuvo el premio George Polk al mejor ensayo de opinión en 2024. Ha publicado 11 libros, entre ellos El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo, reconocido con el National Book Award en 2017.