Un gran poeta y un pobre hombre
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De madura edad se enamoró de una muchacha de 20 años y sostuvo con ella una tórrida relación que provocó el fin de su matrimonio y el odio de su único hijo, llamado Leopoldo, como él
Aquel magnífico maestro que fue Guillermo Meléndez Mata nos hizo leer en el bachillerato del glorioso Ateneo Fuente la poesía de Leopoldo Lugones. Alto poeta fue éste, que dejó libros con nombres muy dramáticos: “Cuentos Fatales”, “Las Fuerzas Extrañas”, “El Ángel de la Sombra”, “La Torre de Casandra” y otros con denominaciones vagarosas: “Lunario Sentimental”, “Las Horas Doradas”, “Los Crepúsculos del Jardín”...
Leopoldo Lugones, argentino, nació en 1874 y murió el año de mi nacimiento: 1938. Su vida es muy interesante; José Emilio Pacheco la narró como si fuera un cuento de horror. Lugones recibió de su madre una formación católica sumamente estricta, lo que quizás explica el hecho de que en un tiempo el poeta proclamara con orgullo que era uno de los pocos hombres de Argentina que no engañaba a su mujer. No la engañó durante muchos años, eso es cierto, pero luego...
En su juventud, Lugones fue socialista. ¿Quién no ha sido socialista en su juventud? Algunos perseveran en ese error nacido de idealismo, pero él no. Fue socialista radical, y tuvo alientos revolucionarios: la primera revista que fundó aparecía fechada con los nombres que la Revolución Francesa dio a los meses: Germinal, Nivoso, Fructidor... Después, sin embargo, se hizo conservador –ya tenía algo qué conservar–, y degeneró en fascista. Fue partidario feroz de los militares –en Argentina ha habido siempre militares–, y pronunció un tremendo discurso en defensa de la dictadura en turno.
Eso, claro, no le quita a Lugones su dimensión de gran poeta. Borges aceptó el homenaje que Pinochet le rindió, y eso no resta un ápice a la absoluta perfección de sus sonetos. Sé de muchos escritores mexicanos que votaron por López Obrador, lo cual no disminuye –al menos en forma significativa– el mérito de su obra.
Lugones acabó su vida quitándosela por propia mano. Ya de madura edad se enamoró de una muchacha de 20 años y sostuvo con ella una tórrida relación que provocó el fin de su matrimonio y el odio de su único hijo, llamado Leopoldo, como él. Este tal hijo fue un cabrón de marca. A él se atribuye la invención del instrumento de tortura policial que en Argentina llaman “la picana”, y que aquí conocimos en aciagas épocas con el nombre de “la chicharra”; un objeto con el cual se dan toques eléctricos en los testículos a los atormentados para arrancarles alguna confesión.
Este Lugones junior amenazó a su padre con hacerlo declarar loco y encerrarlo en un manicomio si no cortaba su relación con la muchacha. A su pesar, Lugones renunció a aquel tardío amor. Escribió unos versos finales llenos de honda melancolía:
Calladamente la vida,
calladamente, se va...
Calladamente cumplida
pronto mi hora llegará.
Calladamente la espero
desde que te vi partir.
Calladamente te quiero...
Así me voy a morir.
Y se murió. Por cierto, en modo espantosísimo. Compró un veneno y lo ingirió. La dosis, sin embargo, no fue suficiente para causarle una muerte rápida, y su terrible agonía se prolongó durante días. Expiró entre dolores indecibles. Fea muerte para un gran creador de belleza. Dejó un recado: “Pido que me sepulten en la tierra, sin cajón y sin lápida que me recuerde. Nada reprocho a nadie. Basta”.