Una casa y un crimen
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En esta casa de Saltillo ocurrió un crimen. Las casas en donde ha ocurrido un crimen son sombrías. Ya pueden entrar en ellas todo el sol del mundo, y todos los niños: la casa seguirá oscura siempre, como si navegara por la noche.
¿Qué crimen sucedió en esta casa? La casa es grande, con aposentos espaciosos de altos techos. Tiene un patio. Alguna vez crecieron ahí flores y hierbas de olor, y hasta un breve naranjo que daba azahares en la primavera y pequeñas esferas de oro en el estío. Había una fuente que cantaba a veces, cuando las mujeres de la casa iban de maceta en maceta llevando el chorro de la regadera. Ahora ya no hay flores, ni hierbas para aromar el caldo. El único resto del naranjo es un truncado tronco de color blanquecino donde se ven gusanos más blancos todavía. La fuente, ya sin recuerdos de agua, está agrietada. El otro día se posó en su borde un cuervo y graznó tres veces.
He aquí un espejo. Quedó olvidado cuando vinieron aquellos hombres y se llevaron los muebles de la casa. El espejo está en el zaguán, colgado de un clavo en la pared, junto a la puerta. Los hombres no lo vieron, pues quedó oculto tras unos helechos. Si lo hubieran visto se lo habrían llevado, de seguro. Pero nadie lo vio, y así el espejo puede seguir reflejando nada.
Ella salía de casa todas las mañanas. Lo último que hacía, ya en el zaguán, era ver por su cuerpo y por su alma. Se miraba la cara en el espejo, y se arreglaba el pelo o se quitaba una mota de la blusa. En la puerta estaba una pequeña estampa de la Virgen junto a una palma de Domingo de Ramos. Se santiguaba ella antes de salir, y decía una breve oración que comenzaba así:
Creo, adoro, espero y amo...
Creía ella, de veras, y adoraba. Y esperaba y amaba. El rezo se lo decía al Señor, pero pensaba en él. La esperaba en la esquina de la plaza y la acompañaba al trabajo. Se saludaban con una sonrisa, y él le daba la mano para un saludo formal, como a cualquiera. Pero se la apretaba levemente y la retenía unos segundos más de lo debido. Ella se llenaba con el calor de aquella mano varonil, y con su fuerza.
No lo veía más durante el día. En la noche, cuando el reloj de la catedral daba las 8, llegaba él y le silbaba quedamente. Ella iba a la sala –sus padres aprobaban el noviazgo–; abría la alta hoja del ventanal y se acercaba a la reja. Llegaba él. Y platicaban. ¿De qué? Un día, pasado que fue el tiempo, ella intentó recordar de qué hablaban y no pudo. Sí recordó que a ella se le iba el tiempo como a la regadera el agua. Sonaba el reloj las diez y él le tomaba las manos y se las estrechaba entre las suyas; luego volteaba a ver si nadie lo veía y las besaba con un ardor que a ella la estremecía y a veces le quitaba el sueño.
Nada más sucedía... Nada más sucedió.... Un día él no regresó ya. Una tarde lo vio en el centro, y él se volvió presuroso, como quien huye, y se alejó. Tuvo miedo de preguntar; no dijo nada. Una tarde sus tías, que fueron de visita, le dijeron a su mamá en voz baja que lo habían visto con otra muchacha, en misa. Pocos meses después ella supo que se había casado.
No volvió a tener novio. Se fue agostando al lado de los suyos, de su padre y su madre; sus hermanos. Todos se fueron yendo poco a poco. Un día quedaron solas las dos, ella y la casa. Después, quedó la casa nada más.
En esta casa de Saltillo ocurrió un crimen.