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Una de sal por las que van de azúcar

Opinión
/ 22 octubre 2021
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-¡Mi querido y admirado Catón!

Quien me dice estas cordialísimas palabras es Enrique Krauze.

Sucedió en el Aeropuerto de Monterrey. El gran historiador iba a participar en un foro de cultura; yo regresaba de dar una conferencia en la Ciudad de México.

-Todos los días te leo -me dice Krauze-. Y te leo en tus dos columnas, la del humor y la otra. Tus reflexiones me hacen mucho bien, especialmente ésas de tu amigo que toma su martini con dos aceitunas. En tus comentarios políticos no estoy de acuerdo casi siempre.

Eso me desazona. Pero añade Enrique con una gran sonrisa:

-Estoy de acuerdo siempre.

Conozco a Enrique Krauze desde hace mucho tiempo. Él le pidió a Nina Zambrano, directora del Museo Marco, de Monterrey, que fuera yo quien presentara su libro “La Presidencia Imperial”. Desde entonces sé de la generosidad de este mexicano de inteligencia lúcida y acendradas convicciones democráticas. Conservo una expresiva carta de agradecimiento que me dirigió con motivo de la burda agresión que una pequeña banda de facciosos enderezó contra él y contra su revista Letras Libres en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. Recientemente había publicado Krauze un artículo con críticas a Castro, y esa vociferante turba lo abucheó y denostó en su presentación ahí. Escribí un artículo condenando el atropello de aquellos mentecatos, y Enrique me lo agradeció en la misiva que antes dije.

Tras ese venturoso encuentro en el aeropuerto fui a tomarme un capuchino en uno de los cafés que hay en el aeropuerto, pues una hora después debía tomar otro vuelo, ahora a Guadalajara. Bebiendo mi cafecito estaba, y tratando de resolver un sudoku de cuatro estrellas, canallesco, cuando he aquí que llegó un señor acompañado por su esposa y por dos muchachas gordezuelas que deben haber sido sus hijas. Al menos merecían serlo. Me vio ese señor, y dijo a sus acompañantes:

-¡Miren! ¡Catón!

Me enderecé en mi asiento para esperar el saludo de admirador que seguramente seguiría. Pero en vez de ese saludo añadió aquel señor con voz de asombro:

-¡Todavía!

Carajo, no puede uno tener dicha completa. Miel, y luego hiel. La vida, pensé, es de azúcar y de sal, igual que los tamales. Seguí bebiendo mi café en silencio, ya sin la plácida serenidad que debe acompañar a un capuchino. Mohíno, me puse a meditar en los misterios de la existencia humana, en la ceguera con que la diosa Fortuna reparte con imparcialidad sus duras y sus maduras. Te da una palmadita de cariño y luego, a continuación, un chingadazo.

En fin, de ese tamaño fueran todos los chingadazos de la vida.

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