Una era ha llegado a su fin: la era de Isabel II

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Opinión
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Que los mexicanos estemos claros respecto al rechazo de la monarquía como sistema de gobierno, no implica la imposibilidad de reconocer la existencia de reyes o reinas cuya trayectoria resulta destacable

Para los países republicanos, especialmente aquellos que como el nuestro emprendieron una guerra para liberarse del yugo de una monarquía que les sometió largamente, la figura de la realeza es un referente más bien lejano y, acaso, de carácter anecdótico en el contexto de nuestras fiestas populares o la convivencia en clubes sociales.

La existencia de una prohibición expresa para aceptar o usar títulos nobiliarios en México –so pena de ser despojado de la nacionalidad–, contenida en el artículo 37 de nuestra carta magna, constituye la manifestación indubitable de una vocación democrática ubicada de espaldas a cualquier posibilidad de establecer una monarquía.

Sin embargo, que los mexicanos estemos claros respecto al rechazo de la monarquía como sistema de gobierno y a los monarcas como figura de autoridad, no implica la imposibilidad de reconocer la existencia de reyes o reinas cuya trayectoria resulta destacada y destacable, en primer lugar por el reconocimiento que su propio pueblo les otorga.

Es el caso de la reina Isabel II de Inglaterra cuyo trayecto vital tocó ayer a su fin, a los 96 años de edad, concluyendo así el reinado más largo de cualquier monarca en la historia de la corona británica.

La tumultuaria manifestación de pesar que ayer mismo se registró en Londres frente al Palacio de Buckingham, a 360 kilómetros del lugar donde yace su cuerpo –en el Palacio de Balmoral, en Escocia– refleja el peso del personaje en la vida de su país. La catarata de reacciones que su fallecimiento ha provocado alrededor del planeta habla del lugar que se ganó en un mundo en donde la democracia –antítesis de la monarquía– es el modelo de organización social al que se aspira y por el que se lucha.

La personalidad de Isabel II ha sido retratada, sobre todo, en películas como The Queen, o en la serie The Crown, cuyo productor ejecutivo, Peter Morgan, anunció ayer el cese temporal del rodaje de su sexta temporada “por respeto” a la reina fallecida.

Fue, de acuerdo con el periodista español Rafa de Miguel, “a la vez un libro abierto y un misterio”, pues no se conoce una sola entrevista suya a lo largo de las siete décadas que ocupó el trono. Ejerció el poder con discreción y sin aspavientos y así mismo sorteó las tormentas que provocaron los escándalos protagonizados por algunos miembros de su familia.

Habrá sido esa actitud la que le ganó el reconocimiento de una sociedad que, en los hechos, funciona como una democracia liberal, aún cuando la persona electa por los votos de los ciudadanos en las urnas sólo puede ejercer el poder si la reina se lo autoriza. En estricto sentido, 15 primeros ministros gobernaron “en su nombre” en las últimas siete décadas.

En los próximos días seguiremos atestiguando, sin duda, el impacto que su ausencia provocará en el país que gobernó e irá quedando claro que con su partida también ha llegado a su fin una era que deja para la posteridad un importante cúmulo de lecciones –positivas y negativas– por aprender.

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