Vivimos una crisis cognitiva por la tecnología. Es tiempo de una revolución

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Opinión
/ 30 marzo 2026

En nuestro momento actual nos enfrentamos a una nueva crisis, que afecta a nuestras mentes más que a nuestros cuerpos: el impacto negativo de la tecnología digital en nuestra capacidad de pensar

Por Cal Newport, The New York Times.

Estos días ya damos por sentado que la dieta y el ejercicio son de vital importancia para nuestra salud y bienestar. Pero no siempre pensábamos de esa manera. Gran parte de esta concientización surgió en un periodo de tiempo extraordinariamente breve, a mediados del siglo pasado.

En 1955, el presidente de Estados Unidos Dwight Eisenhower sufrió un infarto después de jugar al golf en Denver. Este suceso conmocionó al país. El presidente solo tenía 64 años y proyectaba la fuerza y la vitalidad estadounidenses. El cirujano general de Estados Unidos de la época dijo que enterarse de la noticia del ataque al corazón era como enterarse del bombardeo de Pearl Harbor.

En lugar de refugiarse en el secretismo, la Casa Blanca llamó a Paul Dudley White, un cardiólogo destacado que ayudó a fundar la Asociación Estadounidense del Corazón. Él estableció una norma de transparencia. Cuando hablaba con la prensa, iba más allá de explicar el estado de salud del presidente y trataba de educar al público sobre los temas cardiacos en general.

“Los infartos de miocardio se hicieron menos misteriosos y menos aterradores para millones de estadounidenses ese día”, explica un artículo del New England Journal of Medicine, “y White les transmitió el mensaje de que podían tomar medidas para reducir su riesgo”. La idea de que la dieta desempeña un papel importante en la mortalidad entró en la conciencia social.

Unos 10 años después, Kenneth Cooper, un médico militar que realizaba investigaciones sobre salud física para la NASA, publicó un libro titulado Aerobics. Promovía un argumento novedoso: el ejercicio cardiovascular era fundamental para la salud. En una época en la que la gente tenía cada vez más trabajos sedentarios y llevaba un estilo de vida de los suburbios basado en el automóvil, resaltó como componente clave de la longevidad la necesidad de reservar tiempo específicamente para hacer ejercicio.

Se trataba de una idea radical en una cultura en la que el ejercicio voluntario se asociaba sobre todo con el ejército o los deportes. Aerobics se convirtió en un éxito de ventas, y millones de personas empezaron a hacer ejercicio. Según Cooper, cuando se publicó por primera vez su libro, menos del 24 por ciento de la población adulta practicaba alguna actividad física con regularidad, y había menos de 100.000 corredores. En 16 años, cerca del 60 por ciento de la población hacía ejercicio, entre ellos 34 millones de corredores.

El argumento más importante es que los cambios en el entendimiento pueden desarrollarse con rapidez. Apenas unas décadas después de Eisenhower y Cooper, llegaron la pirámide alimenticia, el término “bajo en grasas”, la moda de correr y los videos de Jane Fonda. Los estadounidenses nunca volverían a pensar en la comida y el ejercicio de la misma manera.

En nuestro momento actual nos enfrentamos a una nueva crisis, que afecta a nuestras mentes más que a nuestros cuerpos: el impacto negativo de la tecnología digital en nuestra capacidad de pensar.

¿Es hora de una nueva revolución?

Cuando hace 10 años publiqué mi libro Enfócate, argumentaba que el correo electrónico y los mensajes instantáneos estaban degradando nuestra capacidad para concentrarnos en tareas mentales difíciles. Recomendé reservar momentos largos para pensar sin interrupciones y tratar esta actividad cognitiva como una habilidad que se puede mejorar con la práctica. Muy pronto, el término “deep work” o “trabajo profundo” entró en la jerga social, y empecé a escuchar a gente y comunicación de las empresas que lo usaban sin conocer su origen.

Pero los problemas en los que me centré en Enfócate, y en lo que escribo desde entonces, han ido empeorando de forma constante. Mi principal preocupación en 2016 era ayudar a la gente a encontrar suficiente tiempo libre para el trabajo profundo. Ahora creo que, muy rápido, estamos perdiendo la capacidad de pensar profundamente en absoluto, al margen del tiempo que podamos encontrar en nuestras agendas para estos esfuerzos.

Los datos respaldan esta idea. Las investigaciones de Gloria Mark, profesora de informática de la Universidad de California en Irvine, señalan que nuestra capacidad de atención es aproximadamente un tercio de la que teníamos en 2004, y que los mayores descensos se produjeron en torno a 2012. Encuestas que se han desarrollado en un periodo largo de tiempo revelan que el porcentaje de adultos estadounidenses que tienen dificultades con la lectura o las matemáticas básicas ha aumentado de manera importante en la última década, mientras que el porcentaje de jóvenes de 18 años que dicen tener dificultades para pensar y concentrarse se disparó en el mismo lapso. Un artículo del Financial Times sobre estos hallazgos proponía una pregunta escandalosa pero pertinente: “¿Los humanos han alcanzado el pico de su potencia cerebral?”.

Muchos de estos descensos en las capacidades cognitivas se hicieron relevantes a partir de mediados de la década de 2010, exactamente el periodo en que los celulares o móviles se hicieron omnipresentes y la economía digital de la atención explotó en magnitud. Cada vez más investigaciones indican que este momento no es una coincidencia. Un metaanálisis publicado el otoño del año pasado demostró que el consumo de contenidos de videos cortos, como los que ofrecen aplicaciones como TikTok e Instagram, está asociado a una peor cognición y una atención reducida, y los resultados de un experimento ingenioso de 2023 descubrieron que la mera presencia de los celulares de los participantes en una habitación reducía de manera significativa su capacidad de concentración.

El crecimiento de la IA ha acarreado nuevas preocupaciones cognitivas. Un estudio, basado en encuestas y entrevistas a más de 600 participantes, reveló una “correlación negativa significativa entre el uso frecuente de herramientas de IA y la capacidad de pensamiento crítico”. Otro estudio reciente, que rastreó la actividad cerebral de sujetos de investigación que escribían con la ayuda de grandes modelos de lenguaje, encontró que “la conectividad cerebral disminuía sistemáticamente con la cantidad de apoyo externo”.

La pérdida de nuestra capacidad de pensar es un problema enorme. Alrededor del 40 por ciento del producto interno bruto de Estados Unidos procede de las llamadas industrias intensivas en conocimiento y tecnología, desde la fabricación aeroespacial al desarrollo de software o los servicios financieros y de información. Las empresas de estos campos convierten el pensamiento humano avanzado en ingresos, y a medida que debilitamos nuestros cerebros, también amenazamos con debilitar nuestra economía. Es digno de destacar que el crecimiento de la productividad en el sector empresarial privado se estancó durante la década de 2010, cuando la tecnología se tornó perceptiblemente más distractora.

Una menor capacidad para utilizar nuestro cerebro también tiene efectos personales preocupantes. Pensar es lo que nos permite dar sentido a la información en un mundo complicado. Cuando era presidente, Abraham Lincoln solía retirarse con regularidad a su cabaña, en los terrenos de la Casa del Soldado, en las alturas de Washington, para encontrar la soledad necesaria para pensar intensamente sobre las decisiones a las que se enfrentaba como comandante jefe. Una carta de ese tiempo de un empleado del Tesoro que visitó a Lincoln en la cabaña en estos años describe que encontró al presidente “recostado en una gran silla, con una pierna colgando del brazo. Parecía estar sumido en pensamientos profundos”.

Pensar es también un motor para dar sentido a nuestras vidas y cultivar nuestra imaginación moral. En 1956, cuando el boicot a los autobuses en Montgomery tuvo prominencia a nivel nacional, Martin Luther King Jr. esclareció el propósito de su vida con una larga sesión de reflexión silenciosa, una noche memorable en la mesa de su cocina, recuerda que sus pensamientos se convirtieron finalmente en una directriz clara: “Martin Luther, defiende la rectitud. Defiende la justicia. Defiende la verdad”.

En una época en la que las tecnologías perturban sin cesar nuestras vidas, puede parecer que esta crisis cognitiva es un hecho consumado, un efecto secundario de las innovaciones que no puede detenerse. ¿Pero de verdad tenemos que aceptar como algo inevitable esta pérdida constante de nuestra capacidad de pensamiento? En poco tiempo, transformamos nuestra forma de pensar sobre la salud. He llegado a creer que es posible una revolución igual de veloz en la forma en que respondemos a la disminución de nuestra capacidad de pensar.

¿Cómo sería esa revolución? En el mundo de la salud física, ahora sabemos que deberíamos evitar en gran medida los snacks ultraprocesados como los Doritos y las Oreo, que son alimentos artificiales fabricados que reconstruyen ingredientes comunes como el maíz y la soya con proporciones hiperpalatables de sal, azúcar y grasa. Gran parte del contenido digital que capta nuestra atención en este momento también está ultraprocesado, en el sentido de que es el resultado de enormes bases de datos de contenido generado por usuarios que los algoritmos depuran, descomponen y recombinan en flujos personalizados que están diseñados para ser irresistibles. ¿Qué es un video de TikTok sino un Dorito digital?

Deberíamos plantearnos adoptar una postura tan firme contra los contenidos ultraprocesados como la que ya adoptamos contra los alimentos ultraprocesados. Es decir: la mayoría de la gente debería evitar estas distracciones la mayor parte del tiempo. Del mismo modo que es poco probable que comas Twinkies con frecuencia o que sigas creyendo que las Pop-Tarts son un desayuno balanceado, deja de consumir contenidos ultraprocesados. No uses TikTok. No uses Instagram. No uses X. Sus beneficios con alto contenido en azúcar no valen la pena por su costo.

Hubo un tiempo en que hacer una sugerencia así se habría considerado excéntrica e inviable. (Sin duda recibí una dosis de resistencia cuando sugerí por primera vez que las redes sociales no eran en realidad tan importantes como la gente decía). Pero creo que, así como ha cambiado nuestra comprensión de la dieta, estamos dispuestos a aceptar que el valor nutricional metafórico de escrolear a través de publicaciones que buscan provocar indignación y videos cortos es mínimo.

Los gobiernos pueden contribuir a los esfuerzos por mejorar la nutrición digital. En una medida que recuerda a la prohibición de las grasas trans por parte de la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense, Australia promulgó hace poco una ley que prohíbe el uso de las redes sociales a los menores de 16 años. En ambos casos, los reguladores revisaron las pruebas y llegaron a la conclusión de que los daños potenciales (ya fuera el riesgo de infarto o el deterioro de la salud mental) superan con creces a los beneficios.

Estados Unidos debería seguir el ejemplo de Australia en este sentido. ¿Algunos niños encontrarán la manera de eludir las protecciones que se establezcan? Por supuesto; esos sorteos ya se están viendo en Australia. Pero el mensaje general que envían estas leyes es importante. Reformulan las redes sociales como algo que debe vigilarse de cerca, de forma similar a vicios prohibidos para algunas edades como el alcohol y el tabaco, sustancias a las que hemos aprendido a tratar con precaución.

Para seguir con la analogía de la salud física, consideremos el ejercicio. El equivalente cognitivo de la actividad aeróbica es la contemplación: centrar intencionadamente tu mente en un tema singular, con el objetivo de aumentar la comprensión. Así como los estilos de vida sedentarios que emergieron a mediados del siglo XX degradaron nuestros cuerpos, nuestra actual falta de contemplación está degradando nuestros cerebros.

¿Cuál es el equivalente de este cardio para nuestros cerebros debilitados? Un buen candidato es la lectura. Dar sentido a un texto escrito ejercita nuestra mente de formas importantes. Desarrollamos lo que la neurocientífica cognitiva Maryanne Wolf denomina “procesos de lectura profunda”, que recablean y vuelven a entrenar regiones neuronales de modo que aumentan la complejidad y los matices de lo que somos capaces de comprender. “La lectura profunda es el puente de nuestra especie hacia la perspicacia y el pensamiento novedoso”, escribe. Quizá consumir unas cuantas decenas de páginas de libros al día debería convertirse en los nuevos 10.000 pasos diarios, una actividad básica para mantener la aptitud cognitiva.

Otra forma de ejercitar nuestro cerebro es rechazar el modelo de uso del teléfono como compañero constante, en el que llevamos los celulares en todo momento. Esto nos instala en un entorno mental insostenible, en el que los haces de neuronas de nuestros sistemas motivacionales a corto plazo, entrenados por la experiencia para esperar una recompensa rápida al revisar el teléfono, se disparan constantemente, lo que crea un impulso insistente de agarrar el dispositivo. Esto convierte cualquier acto de contemplación sostenida en una batalla de fuerza de voluntad, una batalla que perdemos con demasiada frecuencia. De este modo, tener acceso constante a nuestros teléfonos se convierte en un serio impedimento para el ejercicio cognitivo.

Una solución a este problema de compañía constante: pasa más tiempo con el teléfono fuera de tu alcance. Si no está cerca, no será tan probable que active tus neuronas motivacionales, lo que ayuda a despejar tu cerebro para que se centre en otras actividades con menos distracciones. Reduzcamos esto a una regla sencilla: cuando estés en casa, mantén el teléfono cargando en la cocina en lugar de en el bolsillo. Si necesitas consultar tus mensajes o buscar algo, hazlo en la cocina. Si estás esperando una llamada, enciende el sonido del teléfono. Esta estrategia te permite participar en actividades como comer, ver un programa compartido o hablar con tu familia, sin la distracción de querer mirar constantemente una pantalla secundaria.

Nuestras instituciones también tienen un papel que jugar aquí, ya que las normas y reglamentos que reducen la distracción en entornos de grupo pueden ayudar a reforzar las capacidades cognitivas. A raíz del éxito del libro La generación ansiosa, publicado en 2024 por el psicólogo de la Universidad de Nueva York Jonathan Haidt, muchos distritos escolares de todo Estados Unidos empezaron a prohibir los celulares en los salones de clase. Estos esfuerzos han resultado excepcionalmente fructíferos. Un documento de trabajo de 2025 de la Oficina Nacional de Investigación Económica descubrió que las prohibiciones de los teléfonos en las escuelas iban seguidas de “mejoras significativas” en los resultados de los exámenes de los alumnos; del mismo modo, tres cuartas partes de las 317 escuelas encuestadas por un equipo de investigación neerlandés informaron de que las prohibiciones de los teléfonos mejoraban la concentración, y dos tercios aseguraron que mejoraban el “ambiente social” en su escuela.

Estas intervenciones pueden extenderse más allá del aula. Antes de la pandemia, una empresa de medios empresariales llamada Skift experimentó con la prohibición de llevar laptops y teléfonos a las reuniones internas. En una entrevista con CNN, Rafat Ali, director ejecutivo de la empresa, dijo que la norma aumentó la comunicación entre sus empleados. “Si no hay normas sobre las computadoras, la gente se esconde detrás de ellas”, dijo. Es posible que estas reformas fueran difíciles de mantener durante los años de la covid, pero ahora es un buen momento para empezar a explorarlas de nuevo. En agosto, el estratega de marca Adam Hanft escribió un ensayo de opinión en el que sugería que los empleados pusieran sus celulares en una caja fuerte antes de entrar en una sala de reuniones. “Las mentes en desarrollo necesitan concentración”, escribió, citando el éxito de las prohibiciones de teléfonos en las escuelas, “pero también las supuestamente desarrolladas”.

En un entorno de oficina, las incesantes exigencias de las bandejas de entrada digitales y los mensajes instantáneos son un obstáculo aún mayor para utilizar plenamente nuestro cerebro. El Informe del Índice de Tendencias Laborales 2025 de Microsoft encontró que los trabajadores de oficina que estudió eran interrumpidos, en promedio, una vez cada dos minutos. En 2021, publiqué el libro Un mundo sin e-mail, en el que sostenía que deberíamos transformar enérgicamente las estrategias de colaboración para dejar de depender de un flujo constante de mensajes de ida y vuelta para realizar el trabajo. (Te estoy viendo a ti, Slack). Para algunos, el título de mi libro pareció descabellado —yo solía bromear diciendo que los libreros lo colocaban en la sección de fantasía—, pero hablaba en serio. Si valoramos nuestros cerebros, tenemos que estar dispuestos a introducir cambios profundos en la cultura del lugar de trabajo.

La IA generativa, a su vez, introduce una serie de desafíos, especialmente cuando la tecnología se cruza con nuestra vida profesional. En septiembre, un llamativo artículo en la Harvard Business Review informaba sobre el rápido aumento del “workslop”, que los autores definían como “contenido de trabajo generado por la IA que se hace pasar por un buen trabajo, pero carece de sustancia para avanzar significativamente en una tarea determinada”. El resultado es una contradicción: “Aunque los trabajadores siguen en gran medida los mandatos de adoptar la tecnología, pocos consideran que produzca valor real”. Un estudio reciente realizado por investigadores del Boston Consulting Group descubrió que delegar tareas difíciles a la IA provocaba un mayor agotamiento mental —un estado que denominaron “brain fry” o “cerebro frito”— debido al constante cambio de contexto necesario para supervisar y gestionar el comportamiento de la IA.

¿Por qué usamos la IA de forma que, en última instancia, hace que el trabajo sea más agotador? Mi sospecha es que a menudo desplegamos estas herramientas no porque nos hagan mejores en nuestro trabajo, sino porque nos ayudan a evitar momentos de concentración sostenida. Es difícil enfrentarse a una página en blanco, así que ¿por qué no sacarle a un chatbot un borrador mediocre de ese documento de planificación? Recopilar y analizar fuentes para un informe de mercadotecnia es exigente, así que ¿por qué no liberar un enjambre de agentes de IA para que se ocupen de la tarea? El problema se refuerza a sí mismo. Las fugas de cerebros que ya existen, como las redes sociales y el correo electrónico, redujeron nuestra capacidad de pensar antes de que llegara la IA generativa, lo que nos hizo estar más dispuestos a utilizar esta nueva herramienta para evitar tareas mentalmente exigentes una vez que tuvimos acceso a ella. Al mismo tiempo, cuanto más utilicemos la IA de este modo, más seguirá degradándose nuestra aptitud cognitiva.

Tanto los directivos como los empleados deben determinar cuándo es mejor utilizar la IA. Si la tecnología genera un ahorro de tiempo significativo, como cuando un usuario pide a un gran modelo de lenguaje que examine una enorme colección de documentos o pide a un agente impulsado por IA que corrija errores de formato en un conjunto de datos, entonces son ganancias evidentes. De hecho, los autores del artículo sobre el “brain fry” descubrieron que el uso de estas herramientas para automatizar tareas “rutinarias o repetitivas” disminuía la fatiga. Pero cualquier uso de la IA que sirva principalmente para hacer que las tareas empresariales básicas sean menos exigentes desde el punto de vista cognitivo debe abordarse con precaución. Aquí tengo una regla sencilla que refuerza esta idea: tu escritura debe ser tuya. El esfuerzo necesario para redactar un memorándum o un informe claro es el equivalente mental del entrenamiento en el gimnasio de un atleta; no es una molestia que haya que eliminar, sino un elemento clave de tu oficio.

Los problemas que describo aquí solo van a empeorar. Para evitar el desastre, necesitamos una revolución total en defensa del pensamiento, lanzada contra las fuerzas digitales que pretenden degradarlo. Se acabó la indiferencia (“¿Qué se le va a hacer? A los niños de ahora les encantan sus dispositivos”), los experimentos poco entusiastas con consejos menores (“Desactiva las notificaciones”) o la conformidad pasiva ante las herramientas más recientes (“Si no adopto la IA, me sustituirá alguien que sí lo haga”).

La clave de esta transformación es la acción. En el medio siglo que siguió al infarto de Eisenhower, las tasas de mortalidad por enfermedades cardiovasculares ajustadas a la edad descendieron un 60 por ciento, lo que derivó en lo que un estudio académico denominó “uno de los logros más importantes del siglo XX en materia de salud pública”. Mientras tanto, hacer ejercicio se ha vuelto algo tan común que ha pasado a ser anodino. Ahora hay más de 55.000 gimnasios y estudios de fitness solamente en Estados Unidos, una realidad que habría sido impensable en la época sedentaria anterior a la publicación de Aerobics. Pero las sesiones informativas de White y el libro de Cooper no bastaron por sí mismos para impulsar esta transformación. Fue la acción colectiva a raíz de estos acontecimientos lo que, al final, importó más.

En este momento, el gobierno se implicó más en el estudio y la comunicación de nuevas directrices sobre dieta y ejercicio, al igual que las principales organizaciones sin ánimo de lucro, como la Asociación Estadounidense del Corazón de White. Los individuos y las comunidades también empezaron a experimentar, lo que condujo, por ejemplo, a una explosión de variedades de ejercicio recreativo y a la publicación de libros superventas, como El dilema del omnívoro de Michael Pollan, que abrieron los ojos de la gente a relaciones más informadas con la comida. El interés individual, a su vez, derivó en respuestas desde las empresas, como la rápida expansión de las opciones de gimnasios y clubes de fitness e innumerables nuevas marcas de alimentos saludables. Aún nos queda un largo camino por recorrer para abordar plenamente los problemas de salud de nuestra sociedad, pero con el trabajo conjunto, hemos avanzado mucho.

Creo que finalmente estamos preparados para un estallido similar de acción de autorrefuerzo en defensa de nuestra aptitud cognitiva. Lo que he argumentado aquí no es un programa completo para recuperar nuestra herencia como seres contemplativos, sino un punto de partida útil. Mi intención es estimular un cambio en la comprensión que pueda convertirse en una revolución más grande. Estoy harto de ceder mi cerebro —el núcleo de todo lo que me hace ser quien soy— a los intereses financieros de un pequeño número de multimillonarios de la tecnología o a las conveniencias miopes de estilos de comunicación hiperactivos. Es hora de dejar de preocuparnos por nuestro descenso a la llanura superficial cognitiva y decidir hacer algo al respecto.

Ya lo hicimos antes. Podemos volver a hacerlo. c. 2026 The New York Times Company.

Cal Newport es profesor de informática en la Universidad de Georgetown y autor de Slow Productivity: El arte secreto de la productividad sin estrés, Minimalismo digital, Un mundo sin e-mail y Enfócate. También es el presentador del pódcast Deep Questions.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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