Pedro Infante, el macho inocente

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/ 26 septiembre 2010

El hombre que tenía "la tentación de un beso" y personificaba a un carpintero, un charro, un mecánico, un curita o un boxeador.

El cuerpo del ídolo de Guamúchil medía 1.70 metros, después del desplome del avión XA-NUN de TAMNSA, ocurrido a las 7:54 horas del 15 de abril de 1957 se redujo a 88 centímetros, así lo consignó Marco A. Campos en su crónica publicada en Confabulario de EL UNIVERSAL, el 7 de abril de 2007. El mito de Pedro Infante sobrevivió y se arraigó como el recuerdo de la tragedia.

El hijo de Doña Refugio nació siete años después del estallido de la Revolución Mexicana, en 1917, fue el tercero de catorce hermanos. En 1919 se instaló con su familia en Guamúchil, Sinaloa, dejando atrás Guasave y Nayarit. Hasta aquí su historia no evoca la añoranza que adquiere después de convertirse en Pepe el Toro.

El cambió sucedió a partir de 1935 cuando llegó al Distrito Federal, siendo ya, esposo de María Luisa León, con quien tenía una hija, Guadalupe. Buscó una oportunidad en la XEB. El hombre de bigote y carisma maternal interpretaba canciones de José Alfredo Jiménez, Cuco Sánchez, Rubén Fuentes y Chava Flores.

La carrera del mil amores estaba por iniciar, seguramente no imaginaba que: filmaría 45 películas, grabaría 322 canciones, sería pieza clave en las cintas de Ismael Rodríguez, ganaría el Oso de Plata en Berlín; mucho menos pudo dimensionar que se convertiría en el Cristo Infante como lo llamó Heriberto Yépez en su texto Cómo leer a Pedro Infante.

El hombre que tenía "la tentación de un beso" y podía personificar a un carpintero, un charro, un mecánico, un curita o un boxeador encarnó la tragedia, la adversidad, la miseria y la injusticia. Se hermanó con los pobres, chilló con su fuerza. No sólo eso, se alzó como su héroe caído. Aguantó todo, aunque el canijo destino se empecinara, ¡ay, pura mala suerte!

El contexto de los mexicanos que han visto la explosión de sus emociones en cada personaje de Pedro Infante ha ido de la propuesta de reforma agraria de Lázaro Cárdenas a la política de austeridad y trabajo de Adolfo Ruiz Cortines.
De la esperanza de industrialización de Miguel Alemán a la declaración de guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón, ningún político ha empoderado su sentir, ni siquiera Vicente Fox quien retomó características del "mujeriego".

El macho inocente constituyó, según Carlos Monsiváis, "lo mexicano", estaba entre el pueblo, se expresaba con sencillez, era víctima de la desigualdad, padecía, pero nunca se levantó en armas o pretendió ser líder social. Al contrario, cantaba y se las ingeniaba, como otros millones de paisanos mientras vociferaba: "cuando tenga dinero, mucho dinero", y tuvo 9 millones de pesos, según sus biógrafos.

Pedrito, el bueno, con sus ojos de niño travieso, su voz de tenor y "galanura humilde" flechó a miles de mujeres que vieron en él a un macho sufrido que repetía: "yo ti quero más que a mis ojos". El coquetón que estuvo en "un rincón cerca del cielo" era capaz de entregar el amor más puro, María Luisa León, Guadalupe Torrente e Irma Dorantes, lo supieron. Su virilidad no lo limitaba cuando buscaba el cobijo de la amada o cuando afrontaba, solito, la ausencia de una mujer. "Renuncia a su fuerza en bien de la santidad", aprecia Yépez.

Además, Infante fue el amigo, el tipo de cuidado, el galán, el hijo comprensivo que sobrellevaba de buen modo la relación edipica con la madre y la virgen, de ahí que Yépez afirme "Infante es el Pípila de la Madre en México". Se le quería, así constó cuando a un día de su muerte la familia recibió 6 mil cartas de enamoradas.

Vivo en el simbolismo nacional, a más de 53 años de su muerte, Pedro Infante ha sido la cara y la voz del mexicano de la miseria tierna (cual oso carpintero) del querer humilde, del colmo de la tragedia intensa que hace reír con dolor a las nuevas generaciones que lo evocan y le dan fuerza a ese grito desesperanzador y caótico que todos hemos lanzado ante la calamidad, la burla o la reflexión: ¡Toriiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiito!

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