Valor sentimental: La casa donde el cine volvió a doler

Artes
/ 16 enero 2026

Esta cinta “contiene padres ausentes, recuerdos que no se dejan filmar y la inquietante sospecha de que el arte también puede herir”

El arte como herencia incómoda

En Valor sentimental, Joachim Trier regresa al territorio que mejor conoce: la intimidad emocional como campo minado. Esta vez lo hace desde el corazón de una familia fracturada, donde el cine no aparece como salvación, sino como una forma tardía —y ambigua— de reparación. Gustav, un director veterano interpretado con hondura crepuscular por Stellan Skarsgård, reaparece en la vida de sus dos hijas con una propuesta tan íntima como violenta: filmar una película basada en su propia historia familiar.

El gesto, lejos de unir, vuelve a abrir grietas.

Hermanas, padre y la memoria que no obedece

Nora (Renate Reinsve), actriz de teatro marcada por el pánico y la rabia contenida, rechaza participar en la película. Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), más estable en apariencia, observa cómo el pasado se reorganiza sin pedir permiso. La decisión de Gustav de entregar el papel a una joven estrella —interpretada por Elle Fanning— no es solo un conflicto narrativo: es una traición simbólica. El padre parece cuidar mejor a una extraña que a sus propias hijas.

Aquí el cine no cura: invade.

La casa como cuerpo emocional

Trier convierte la casa familiar en un organismo vivo. Cada habitación guarda una memoria, cada encuadre revela una ausencia. La puesta en escena es sobria, contenida, casi clínica: planos largos, silencios que pesan más que los diálogos, una cámara que observa sin consolar. La fotografía y el diseño de producción acompañan el estado emocional de Nora, como si el espacio mismo respirara con ella.

No hay música que subraye el dolor: hay distancia. Y esa distancia es deliberada.

¿Puede el cine reparar una vida?

La pregunta atraviesa toda la película. ¿Es legítimo usar la intimidad como materia prima artística? ¿El cine puede redimir o solo estetizar el daño? Trier no responde: expone. Gustav no es un villano, pero tampoco un mártir del arte. Es un hombre carismático y dañino, incapaz de distinguir entre creación y posesión. Su película dentro de la película es, al mismo tiempo, un acto de amor tardío y una nueva forma de violencia emocional.

El trauma no se resuelve: se hereda.

Frialdad, riesgo y honestidad

Algunas críticas acusan a Valor sentimental de ser demasiado académica, demasiado consciente de su forma. Y es cierto: Trier apuesta por la contención extrema, por una emoción que no estalla. Pero esa frialdad también es coherente con lo que cuenta. No todas las familias se reconcilian. No todas las heridas quieren cerrarse. A veces, entender es lo máximo a lo que se puede aspirar.

El clímax —con un plano secuencia cuidadosamente coreografiado— no busca sorpresa, sino aceptación. El cine toma el mando cuando las palabras ya no sirven.

Epílogo

Valor sentimental no es una película sobre el perdón, sino sobre el costo de la memoria. Sobre lo que sucede cuando el arte llega tarde, cuando intenta ordenar un pasado que ya hizo su daño. Trier filma con elegancia y riesgo una verdad incómoda:amar no siempre alcanza, y crear tampoco.

Calificación: ★★★★★

Advertencia: Contiene padres ausentes, recuerdos que no se dejan filmar y la inquietante sospecha de que el arte también puede herir.

Disponible en algunas salas de cine y próximamente por MUBI.

Temas



Productor, Director y Guinista de cine. Columnista del periódico Vanguardia desde 1995, escribe sobre música, cine y televisión. Combina la pasión de escribir con la creación cinematográfica.

Selección de los editores