Cultura y Pop: La anti-película

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/ 20 marzo 2026

Los diálogos son mínimos. Los raveros están en su propio mundo y nunca indagan detalles

De las películas que he visto este año, la que me ha causado una impresión más visceral ha sido la película que compitió por parte de España en la categoría de Mejor Película Extranjera en los Óscar.

Sirât no ganó; no me sorprende. Lo que me sorprende es que haya sido nominada. Aunque sí ganó el Premio del Jurado en Cannes, Cannes y Hollywood son dos animales muy diferentes.

La trama de Sirât es simple. Un padre acude con su hijo a una fiesta rave en el desierto de Marruecos buscando a su hija desaparecida. No la encuentran y nadie parece conocerla. Pero padre e hijo siguen a un grupo de ravers a otra fiesta en lo profundo del desierto, en algún lugar hacia el sur, esperando que esté ahí.

Nunca está claro por qué creen eso, ni por qué huyó la chica. El único que pone un poco de sentido es su hermano, que en algún momento dice, “Mi hermana no huyó. Ya es mayor de edad.” Lo cual solo remarca aún más la necedad del padre al emprender el viaje sin valorar las consecuencias.

Pero el hombre está emperrado. Nunca se dan detalles sobre la relación que tiene con su hija. Aunque no hace nada particular para ser antipático, no es un personaje agradable ni inspirador. No hay manera de identificarse con él ni de estimarlo.

Los diálogos son mínimos. Los raveros están en su propio mundo y nunca indagan detalles. El hijo es muy pequeño para cuestionar lo que está pasando.

Nada de esto es inesperado. La fantástica secuencia inicial deja claro que padre e hijo han entrado en un territorio animal, instintivo, y elemental, ajeno al mundo que habitan.

En su esencia, la trama de la inmensa mayoría de las películas sigue un modelo bien definido. El personaje principal sale, muchas veces a su pesar, de su zona de confort para conseguir o recuperar algo. En el camino experimenta situaciones y desafíos que lo transforman. Generalmente lo hacen más sabio, y le enseñan algo sobre sí mismo o sobre el mundo que desconocía.

Aunque no consiga su objetivo, el personaje regresa de su aventura transformado para bien.

Entrenado por las cientos de películas que siguen este DNA, al ver Sirât el espectador está como Perro de Pavlov, esperando que llegue el momento en que los personajes adquieran sabiduría, trascienden su individualidad, o justifiquen su aventura.

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Pero nunca llega. Los (terribles) eventos que ocurren son inesperados, parecen aleatorios, y carecen de sentido.

¿No es esta la manera en que todos nos sentimos alguna vez en la vida?

No es definitivamente una película para todos. Pero es una gran película; o más bien, una gran anti-película.

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Doctor en Literatura por la Universidad de Salamanca. Vive en Europa desde el 2000, donde ha viajado extensamente. Ha sido guionista y locutor de radio, y escritor de libros, museos, arte, viajes, conciertos, y películas. Actualmente es profesor en la Universidad de Ciencias Aplicadas Zuyd en Maastricht (Países Bajos), donde imparte clases de Lengua y Cultura Española, Comunicación Intercultural, Presentation Skills y Storytelling. En sus noches libres cocina para rockeros y poperos en la sala de conciertos Muziekgieterij.

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