Fátima Molina le pone rostro a los que se quedan en la película ‘Allá, cartas al corazón’
Cada partida deja una ausencia. Mientras unos emprenden el viaje en busca de oportunidades, otros permanecen en casa aprendiendo a convivir con la distancia. Hablamos de la película “Allá, Cartas al Corazón”, en la que Fátima Molina nos muestra una mirada sensible sobre las familias y comunidades que ven partir a sus seres queridos sin dejar de acompañarlos desde lejos
Hay películas que hablan de la migración y hay otras que hablan del silencio que deja. Del eco. De las sillas vacías en la mesa. De las mujeres que aprenden a sostener pueblos enteros mientras alguien promete regresar desde el otro lado de la frontera. “Allá, cartas al corazón”, ópera prima de la directora Monserrat Larqué, pertenece a esa segunda categoría: películas que no necesitan levantar la voz para doler.
El filme cuenta la historia de Oscar, un migrante que regresa a su pueblo natal tras la muerte de su padre y descubre una comunidad habitada principalmente por mujeres cuyos esposos e hijos han emigrado a Estados Unidos. La película se aleja de la narrativa tradicional del migrante que se va para enfocarse en quienes permanecen, sostienen la vida cotidiana y enfrentan la ausencia desde la espera.
La cinta llegó a salas de todo México con una historia profundamente humana sobre la ausencia, la espera y los afectos que sobreviven incluso cuando el país parece romperse por dentro. Pero sobre todo, es una película sobre la dignidad y el corazón de quienes se quedan en los pueblos viendo partir a los suyos. Mujeres que sostienen la vida cotidiana mientras la migración transforma silenciosamente sus comunidades.
Además de Fátima Molina, quien interpreta a Alicia, el elenco está conformado por Pablo Astiazarán, Giovanna Zacarías, Mónica Tafolla, Regina Cedeño, Gloria Ramírez, Mario Iván Cervantes, Guadalupe Ortiz y Mateo Ortega. La cinta pone especial atención en las redes de apoyo, la sororidad y la resistencia de las mujeres que mantienen vivas sus comunidades frente al fenómeno migratorio.
Charlamos con Fátima en medio de la promoción de la película. La actriz habla con serenidad, pero también con la claridad de alguien que conoce el tema de cerca. Ella misma migró. Salió de ensenada rumbo a Guadalajara y después a a la Ciudad de México buscando un lugar en una industria feroz. Y quizá por eso entiende tan bien a Martha, el personaje que interpreta en la película: una mujer que permanece mientras otros se van.
“Allá” sigue precisamente a esas mujeres que aprenden a vivir entre cartas, llamadas y promesas de regreso. Monserrat Larqué construye la historia desde una mirada íntima y profundamente femenina, interesada no tanto en el viaje de quien cruza la frontera, sino en las emociones de quienes permanecen esperando noticias.
Esa sensibilidad atraviesa toda la película y también la conversación con Fátima. “El tema de la migración nos atraviesa a todos en un país con tanta desigualdad como México. De manera personal ¿qué opinas de la migración y cómo la has vivido en tu entorno?”, le pregunto. “La migración es una realidad que afecta a muchas personas en México debido a la desigualdad y la falta de oportunidades principalmente”, responde. “En mi entorno he visto cómo familias se separan buscando una mejor calidad de vida, pero también cómo los migrantes enfrentan dificultades y discriminación. Los que se quedan sosteniendo los entornos como se pueda a través del paso del tiempo. Creo que todos merecemos tener oportunidades dignas y favorables en nuestro propio país. Y si uno migra no debería ser una necesidad, sino una decisión libre y segura”.
Mientras habla, pienso en todos los pueblos mexicanos donde las mujeres aprendieron a administrar la nostalgia como si fuera parte de la canasta básica. Lugares donde el sueño americano se convirtió también en una especie de viudez emocional. Porque “Allá” no está interesada únicamente en quienes cruzan la frontera, sino en quienes se quedan viendo cómo la vida pasa desde este lado.
“Por otro lado te he escuchado decir que se romantiza y aplaude a la persona que emigran, pero ¿qué pasa con los que se quedan? La película nos muestra eso y creo que ahí está su valía”, le digo: “Lo que he dicho es que se aplaude solo la idea de que quien se va es exitoso o ambicioso y el que se queda no tiene aspiraciones o fracasó”, explica. “Y me parece que tanto irse como quedarse tienen valía y tal vez deberíamos cambiar las perspectivas a la hora de hablar de ‘el sueño’.
El sueño para muchos también podría ser quedarse. O incluso las dos en diferentes etapas de la vida. A veces uno ni siquiera quiere irse, pero te empuja la necesidad”. Hay algo profundamente político en esa respuesta. En un país donde pareciera que el éxito siempre está en otra parte —otra ciudad, otro idioma, otro salario—, quedarse también puede ser una forma de resistencia.
En “Allá, cartas al corazón”, Fátima interpreta a Martha, una mujer atravesada por la espera y por las promesas incumplidas de quienes migraron buscando una vida mejor. “Cuéntanos de tu personaje y de la sororidad en un pueblo que se queda sin hombres porque migran en busca de oportunidades”: “Martha pertenece a este grupo de mujeres que se quedan en este pueblo sosteniendo su comunidad cuando los hombres se van con promesas de regresar muchas veces”, cuenta.
“Ante la larga espera y desilusión de un futuro alentador, estas mujeres siguen luchando, se apoyan, siguen educando y resistiendo las adversidades que esto conlleva. Ella tiene un lado muy sumiso, pero los reencuentros y la amistad la llevan a sacar su lado más valiente”. Quizá ahí radica una de las mayores virtudes de la película: en retratar a las mujeres no desde el discurso heroico, sino desde la cotidianidad. Mujeres que cocinan, barren, esperan cartas, crían hijos, sostienen comunidades enteras y aun así rara vez aparecen en la narrativa oficial del progreso.
Monserrat Larqué filma ese universo con sensibilidad y paciencia. Su cámara parece interesada en las pequeñas cosas: las calles vacías, las conversaciones a media tarde, el polvo suspendido en los pueblos donde pareciera que el tiempo se detuvo. Hay en la película una nostalgia inevitable por el viejo cine mexicano, pero también una mirada contemporánea sobre la fractura social del país.
Y quizá no es casualidad que esa mirada venga de otra mujer cineasta interesada en contar historias que históricamente han quedado fuera del centro. “¿Por qué la gente debe ver cine mexicano y en este caso cine hecho por una mujer directora?”, le pregunto finalmente. “Ver cine mexicano siempre va a ser importante porque nos permite entender mejor nuestra sociedad y reconocer historias con las que podemos identificarnos”, responde. “Y poder poner temas que nos competen muchas veces como sociedad en la mesa y poder nombrarlos, cuestionarnos y llegar a reflexiones. Todo lo que se olvide estaremos condenados a seguir repitiéndolo. Siempre será importante contribuir en muchos sentidos a la memoria histórica. Y por qué no, también para entretener”.
Hace una pausa antes de continuar. “El cine dirigido por mujeres ofrece miradas más sensibles, diversas y necesarias sobre temas que muchas veces no se cuentan desde otras perspectivas. Cuando una mujer dirige, aporta perspectivas distintas que muchas veces han sido ignoradas en el cine tradicional, enriqueciendo las historias y dándole voz a experiencias diferentes. Pero sobre todo importa que las mujeres sean ya parte de la historia cuando hablemos en presente o queramos revisar, investigar o admirar en la línea del tiempo”.
Fátima Molina sabe de personajes complejos. A lo largo de su carrera ha transitado con naturalidad entre el cine independiente, las plataformas internacionales y la televisión abierta. Ahí están “Sueño en otro idioma”, “Diablero”, “¿Quién mató a Sara?”, “Luis Miguel: La Serie”, “Mala Fortuna” o “Papás por encargo”. Pero más allá de los títulos, hay algo que conecta muchos de sus trabajos: personajes que parecen cargar silencios muy antiguos.
Nacida en Ensenada y criada en Guadalajara, la actriz llegó hace años a la Ciudad de México persiguiendo un sueño que tampoco fue sencillo. Esa experiencia personal de dejar atrás una vida para construir otra inevitablemente dialoga con “Allá”, aunque desde un lugar distinto. Porque si algo entiende Fátima es el costo emocional que implica moverse buscando oportunidades.
Este se perfila además como uno de los años más importantes de su trayectoria. Además de protagonizar “Allá”, prepara el estreno de “La increíble historia de Julia Pastrana”, la esperada serie de Disney sobre una de las figuras más fascinantes y dolorosas del siglo XIX mexicano. A ello se suman “No tengo miedo”, producción de Netflix dirigida por Ernesto Contreras, Alba Gil y Alejandro Zuno, y “Todo lo que fuimos”, serie original de ViX producida por The Immigrant, la compañía encabezada por Camila Jiménez Villa. Una etapa que confirma a Fátima Molina como una de las actrices mexicanas más versátiles y sólidas de su generación.
Pero hoy su conversación vuelve una y otra vez a “Allá”. A esa película pequeña y profundamente humana que habla de cartas, de ausencias y de pueblos donde todavía alguien se sienta cada tarde esperando noticias de quien prometió volver. En tiempos donde todo parece ocurrir demasiado rápido, “Allá, cartas al corazón” apuesta por detenerse a mirar a quienes casi nunca son protagonistas: los que esperan. Y a veces, en un país como México, esperar también es una forma de amor.