Cuando los ángeles mienten
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La obra no enjuicia, no condena, no defiende ni exalta o denuesta
tradiciones.
En todo caso, aspira a motivar la reflexión y el análisis de temas que por siglos han preocupado a la humanidad.
Gustavo García
1. La fe y los demonios
Los teólogos, los sacerdotes y los devotos de la Iglesia Católica filosofan, reflexionan y hablan de los “dogmas de fe”. El vocablo “dogma”, de origen griego, es definido por la Real Academia Española como “una proposición que se asienta por firme y cierta, como principio innegable”.
La fe, pues, no debe cuestionarse, no es susceptible de racionalización. Sin embargo –y esto hay que decirlo claramente-, la fe cristiana, la fe impuesta por el catolicismo y por otras ramas de esta doctrina, ha venido creando a lo largo de los siglos un sinfín de problemas de toda índole, desde los íntimos y patológicos hasta los sociales y bélicos, no menos enfermizos.
En nombre de ninguna otra religión –descontando el Islam- se han cometido tantos crímenes y tropelías como en el de ésta. ¿Por qué, cuando la doctrina de Cristo es muy clara en su afán de amor universal, de despojo de lo superfluo, de humildad, de actitud estoica y de pobreza?
Para nadie es un secreto que todo esto fue traicionado desde que los cristianos primitivos salieron de las catacumbas y empezaron a adquirir un poder cada vez mayor. Muy atrás había quedado el Dios iracundo de los hebreos para dar paso al Hijo del Hombre, que fue enviado al mundo para redimir a la humanidad de su “pecado original”, según el Nuevo Testamento.
En nombre de Cristo se emprendieron las Cruzadas, se inventaron santos, se asesinaron papas, se intrigó en San Pedro como en cualquier corte mundana, se conquistaron continentes a punta de lanzas, cañones, toscas armas de fuego y espadas en forma de cruz, se traficó con negros e indígenas y muchas devotas acciones más.
2. La obra, sus nexos
“Cuando los ángeles lloran”, la obra de Carlos Pascual que recién estrena el grupo dirigido por Gustavo García, no presenta un asunto de índole sexual o erótica. Lo que aquí muestra su rostro es la mentira en la que durante siglos ha vivido la Iglesia, una institución que parece decir sin ningún pudor lo que concluyó aquel personaje de Miguel de Unamuno, palabras más, palabras menos: “lo importante es que la gente siga creyendo, aunque todo esto esté sostenido por meras patrañas”.
Si esto puede ser ejemplo de maquiavelismo, pues escarbemos un poco en su historia. Me refiero a la historia de esa mole burocrática que llamamos “Iglesia Católica”, no a la Religión, a la Fe o a la figura principal de esta doctrina. Una muestra mínima de esa burocracia son las cuatro protagonistas de la obra: cuatro monjas enclaustradas en un convento; una madre superiora (Leticia Villalobos), una prefecta (Mónica Almanza), una novicia (Regina García Vallejo) y una “santa” de ochenta y tantos años (Sandra Yadira Berlanga), postrada en su cama de enferma alucinante y condenada a un voto de silencio por la cúpula del poder eclesiástico.
Originalmente escrita en dos actos, la obra fue presentada en uno solo, largo, lo que acentuó su verbosidad y todo lo que el autor debe a la teoría dramática de Rodolfo Usigli, maestro de varias generaciones de dramaturgos en México. Ejemplo del drama cuyo estelar protagonista es la palabra, esta obra desarrolla una historia casi de manera aristotélica. Gracias a cierta reiteración nos damos cuenta de una estafa perpetrada por la Iglesia y por la misma “santa”.
De paso, resulta inevitable que el espectador establezca relaciones entre las intrigas que se tejen en los oscuros rincones de la Iglesia y en los no menos tenebrosos subterráneos del poder político del Estado. ¿Hay alguna diferencia en la mentira cuando el objetivo es mantener en la sumisión y la ignorancia a las masas? ¿Hay diferencia cuando el propósito es sofocar la verdad y continuar con una farsa patética?
La obra de Carlos Pascual es atrevida desde el punto de vista ideológico, y convencional, desde la perspectiva de la forma dramática. En un tiempo lineal y un equilibrado juego de escenas en el que hábilmente se administra la aparición de los personajes, el autor va desarrollando con cierta lentitud su historia de engañifas eclesiásticas. Momentos climáticos: la santa en “éxtasis místico” y la discusión entre la hermana prefecta y la madre superiora. El instante último –el de la epifanía de la novicia- es a propósito anómalo, no climático, para hablar en términos convencionales.
El poder y la fe: ¿en cuál plato de la balanza se instala cada una de estas monjas? Obligada por las circunstancias, la madre superiora decide acatar las órdenes superiores y hacer de la vista gorda; la hermana prefecta argumenta; la “santa” oscila entre el delirio y la lucidez; la novicia aspira al ideal cristiano con la inocencia de una chichilla cándida. Esto, dentro del convento, pero ¿fuera de él, qué papel juegan el poder y la fe en una sociedad lacerada y corrompida por sus representantes?
3. La puesta en escena
“Cuando los ángeles lloran” se ha montado en otras ciudades de México, regularmente “adaptada”, esto es, aligerando un poco su excesiva verbosidad y su reiteración. Habrá que ver cómo se han hecho tales “adaptaciones”, pues no es fácil hacer uso de las tijeras en un texto literario.
Al parecer, el director de escena Gustavo García decidió no intervenir demasiado en la recomposición de un drama bien estructurado y presentarlo completo. Su dirección escénica es bastante acertada; resulta notorio su manejo del espacio escénico -tan demandante en la Sala de Cámara Jesús Valdés- y su dirección actoral.
Leticia Villalobos, verosímil y bien plantada en su papel de madre superiora. Mónica Almanza, muy convincente como prefecta lúcida. Regina García Vallejo, explorando el personaje más complicado de la obra: ¿utiliza deliberadamente un sonsonete “eclesiástico” o éste es producto de su intuición? Regina García Vallejo, la presencia más grácil del montaje y con grandes dotes como actriz.
Difícil hablar de la música que se empleó en esta puesta en escena. Es bellísima, sí, pero en el afán de hacerla notar se la explota demasiado y se eleva su volumen hasta impedir, en algunos momentos, escuchar las palabras de las actrices. Por su parte, la escenografía cumple con la austeridad que requiere la trama: tonos apagados y mobiliario indispensable.
En general, este montaje está a la altura del mejor teatro que actualmente se hace en Saltillo, tan rico en diversidad, propuestas, estilos y grupos independientes. Si además de “entretener”, como escribió Brecht, el teatro debe hacer reflexionar, ésta es una buena oportunidad para que el público saltillense piense y atisbe lo que sucede más allá del convento en el que estos ángeles lloran su impotencia ante la arbitrariedad hegemónicamente masculina de la Iglesia.