Mal, pero bien
Reconocer el dolor y habitar los matices de la vida nos libera de la falsa premisa de la perfección; el bienestar no es ausencia de sufrimiento, sino la valentía de sostenernos en el presente
Hoy le escribo a quien está pasando por un momento en el que siente que solo sobrevive. A esos corazones que responden a un «¿cómo estás?» con un «bien», pero guardan dentro al menos un pero que los hace sentirse un poco hipócritas o mentirosos. A quienes, en ese instante, sienten asomarse la soledad, porque se vuelve evidente que quien preguntó no tiene idea de lo que pasa realmente en su corazón, y descubren que anhelan que vuelva a preguntar «¿cómo estás?», para poder decir: mal, pero bien.
A esas personas que no quieren contar sus infiernos, pero mueren por no vivirlos solas.
A quienes se aferran a no dejarse vencer, con el miedo de haber sido vencidos hace mucho tiempo, y con la aterradora pregunta: «¿así va a ser el resto de mi vida?».
Ese pero pesa. Es una palabra pequeña que carga todo lo que no se dice: la pérdida que aún no termina, la ausencia que nadie nota, el cansancio que no se ve en una foto. Nos enseñaron que estar bien es no tener peros, y por eso callamos. Pero el bienestar no es la ausencia de dolor; es la capacidad de sostenernos mientras duele. El pero no te pone en espera, te hace real.
Hoy quisiera pedirte que escuches esa pregunta y el miedo que despierta. Conéctate tan profundamente con el deseo de que la respuesta sea «todo será mejor», que puedas observar tu verdadero querer: la existencia de lo que deseas provocar.
Sé que hay mil cosas que no entiendes. Respuestas que te encantaría escuchar. Tu alma no descansa, porque el dolor no tiene sentido y no se ve con claridad el proyecto de Dios mientras duele tanto. Y conforme pasa el tiempo, más lejana se ve la respuesta y más desencanto entra en la espera del «¿para qué?».
Sin embargo, porque te entiendo, le pediría a la vida que no te dé respuestas que te enfrenten con más de lo que hoy te hace sufrir. Porque entender el porqué también te haría palpar la verdadera miseria de las personas que te soltaron.
¿Y si hoy hicieras consciente tu respiración? Conéctate con tu presente y pídele a tu memoria que te muestre el camino que llevas. Sin juzgar. Solo observa, admira, contempla tu caminar. Sin pensar en dónde deberías estar; solo mirando dónde estás. Escucha lo que es: no lo que fue, ni lo que pudiera ser. Lo que eres.
Entonces permitirás que desaparezca la presión de alcanzar un estado mejor que el de hoy, sin compararte con las veces que estuviste mejor. Simplemente abrazarás que, en esta batalla tan grande, te encuentras sentado o sentada en una piedra, reconstruyéndote de adentro hacia afuera. Viviendo con lo que eres, no con lo que se espera. Descubrirás que en tus momentos más solos te acompaña el susurro del «quiero y puedo», y que si suspiras, sientes la brisa de alguien que hoy te ama.
No necesitas quitarle los peros a tu vida para darte permiso de estar en paz.
Hoy lo haces bien. Hoy eres suficiente. Hoy eres lo más grande que has sido. Hoy no te falta nada. Hoy eres visto por Dios, por el universo o como quieras llamarle, porque hoy no tiene peros. Hoy le dices que sí a la vida y le permites que suceda, porque con tus dudas y tus dolores sabes que estás luchando.
Y finalmente... ¿cómo estás?
Lo mejor que puedo, con lo mejor que soy, en un momento que duele.
Este artículo está dedicado a un amor gigante.