No todos necesitamos hablar... pero todos necesitamos procesar
La importancia de entender que no todos procesamos las emociones de la misma manera. Mientras unos necesitan hablar, otros procesan hacia adentro; lo vital no es la forma de comunicar, sino la capacidad de no dejar el dolor estancado
Hay personas que son súper comunicativas. Les encanta hablar de lo que les pasa, compartirlo, desahogarse. Saben hacer amistades, generar redes de apoyo y eso les ayuda a sentirse mejor.
Pero también hay otras personas —y aquí me incluyo— que no. Que preferimos hacer las cosas más solas, que tenemos una relación espiritual con Dios que nos sostiene y que no estamos marcándoles a las amigas cada vez que estamos tristes.
Y entonces parece que hay dos mundos: los que hablan... y los que no. Pero, en realidad, la diferencia no está ahí. No es hablar o no hablar. Es si estás procesando lo que sientes... o no.
Porque hay personas que procesan hacia afuera: necesitan hablar para entender, para acomodar lo que sienten. Y hay personas que procesamos hacia adentro: necesitamos silencio, pensar, darle vueltas, conectar con nosotros mismos. Ninguno es mejor que el otro.
El problema no es no hablar; el problema es no procesar. Porque cuando no procesas, el dolor no se va. Se queda. Se queda en forma de pensamientos repetitivos, de tensión, de reacciones que no entiendes.
Entonces, más que obligarte a ser alguien que habla, la pregunta sería: ¿cómo estás procesando lo que sientes? Y aquí es donde creo que necesitamos hacerlo práctico. Comunicar el dolor no siempre es hablar con alguien; es sacarlo de donde está atorado.
Puede ser escribiendo, orando, pensando con orden, haciendo ejercicio o creando. Lo importante es que no se quede solo dando vueltas en tu cabeza. A muchas personas no les sirve que les digan: «platícame cómo te sientes». Les sirve más tener estructura. Por ejemplo:
¿Qué pasó?
¿Qué pensé sobre eso?
¿Qué sentí o qué necesito?
Eso da claridad. Y la claridad baja el caos. Porque cuando entiendes lo que te pasa, decides mejor.
Ahora, tampoco se trata de aislarte. No necesitas contarle todo a todos, pero sí vale la pena preguntarte si hay, al menos, una persona, un espacio o una forma donde puedas abrirte un poco. Porque no es cantidad de vínculo... es calidad.
Y aquí entra algo importante: hay personas que encontramos mucho sostén en lo espiritual. Y eso es real, ayuda, da paz. Pero también vale la pena preguntarte: ¿esto complementa mi forma de procesar... o la está sustituyendo?
Porque no se trata de dejar de ser quien eres. Se trata de ampliar tus recursos. Si eres alguien que puede solo, eso es una fortaleza; pero también puede ser una forma de protegerte. Y no está mal... solo hay que hacerlo consciente.
Al final, no necesitas convertirte en alguien que habla todo el tiempo, pero sí en alguien que procesa lo que siente. Porque lo que no procesas... se queda. Y lo que se queda... termina saliendo de alguna forma.
Hazlo a tu manera, a tu ritmo, desde tu estilo. Pero hazlo. Porque no todos necesitamos hablar... pero todos necesitamos procesar.