¿Qué hago si descubro que mi hijo se está lastimando?
Cuando un padre descubre que su hijo se autolesiona, el miedo suele detonar respuestas de control y regaño
Descubrir que tu hijo se está haciendo daño asusta. Y mucho.
Porque en cuanto ves una herida, un corte o algo que no te cuadra, la cabeza se te puede ir inmediatamente al peor escenario: ¿qué está pasando?, ¿desde cuándo?, ¿por qué no me di cuenta?, ¿qué tan grave es?, ¿y si quiere quitarse la vida?
Y entonces queremos hacer algo. Lo que sea. Revisarlo, quitarle cosas, preguntarle veinte veces, exigirle que nos prometa que no lo volverá a hacer.
Pero antes de correr a controlar la conducta, hay algo mucho más importante: observar.
Cambiar la pregunta de: “¿Cómo hago para que deje de hacerlo?” por: “¿Qué necesito ver ahora que ya me di cuenta?”.
Porque algo nos está manifestando.
Hay niños y adolescentes que sienten intensamente. Muchísimo. Puedes notarlo desde antes: les cuesta contener la frustración, explotan, se saturan, lloran intensamente o sienten que algo pequeño se vuelve enorme. Algunos son chicos muy inteligentes, muy sensibles; algunos pueden tener TDAH, autismo, dislexia u otra neurodivergencia, y otros simplemente tienen una personalidad particularmente intensa. Esto no significa que todos ellos se vayan a autolesionar. Por supuesto que no.
Lo importante es entender algo: a veces lo que sienten por dentro les queda demasiado grande y no saben qué hacer con ello.
Y cuando no hay palabras, herramientas o una ruta para sacar lo que duele, el cuerpo puede convertirse en una salida.
No necesariamente están pensando: “quiero hacerme daño”. A veces descubren que ese dolor físico pequeño produce momentáneamente una sensación de alivio. Como cuando te rascas una picadura aunque sabes que te estás lastimando un poquito y, sin embargo, sientes cierta satisfacción. No significa que rascarse una picadura lleve a una autolesión. El ejemplo solamente nos ayuda a comprender cómo una sensación física puede convertirse en una manera de descargar tensión.
Ahora imagina eso frente a una emoción que el adolescente siente que ya no puede contener.
Por eso el regaño no funciona.
“¿Cómo pudiste hacer esto?”, “¡Nunca vuelvas a hacerlo!”, “¿Qué te falta?”, “Con todo lo que hacemos por ti...”.
En este momento tu hijo no necesita sentir que, además de no poder con lo que lleva dentro, ahora tampoco puede contártelo.
Los adolescentes muchas veces ocultan precisamente porque temen nuestra reacción. Que pensemos que son dramáticos, que los regañemos, que nos asustemos o que hagamos de aquello un problema todavía más grande.
Y aquí quiero hablarte de algo que para mí es fundamental: las migajas de pan.
¿Te acuerdas de Hansel y Gretel? Dejaban migajas para saber cómo regresar.
Nuestros hijos también necesitan que durante su vida vayamos dejando caminos para regresar a nosotros.
Una conversación en el coche. Salir por una nieve. Reírnos juntos. Escucharlo sin convertir cada conversación en una lección. Pedirle perdón cuando la regamos. Reparar. Poner límites sin humillar. Tener momentos uno a uno. Que no todo sea “¿ya hiciste la tarea?”, “recoge eso”, “apaga el celular”, “te dije que...”.
Porque cuando se pierda —y alguna vez se va a perder— necesita saber cómo regresar a su base segura.
Si descubres una autolesión, puedes empezar por algo tan sencillo como:
“Ya me di cuenta de que algo está pasando. No te voy a regañar. Quizá hay algo que estás sintiendo y no sabes qué hacer con ello. Quiero ayudarte”.
Puede decirte que no pasa nada. Puede negarlo. Puede no querer hablar. Está bien. Acabas de dejar una migaja.
Esto no significa ignorar el riesgo. Las autolesiones necesitan atención y acompañamiento profesional, y si además existen pensamientos de muerte, intención de quitarse la vida o peligro inmediato, necesitamos actuar urgentemente.
Pero hoy quiero dejarte especialmente esta idea: cuando descubras algo así, antes de preguntarte cómo vas a controlarlo, pregúntate qué necesitas ver.
Tal vez esa conducta terrible que tanto miedo te dio fue también la oportunidad de darte cuenta de que algo estaba sucediendo.
En el siguiente artículo te voy a compartir estrategias mucho más concretas: qué hacer, qué decir, qué evitar y cómo empezar a construir rutas más sanas para sacar todo eso que hoy tu hijo no sabe dónde poner.
Mientras tanto, empieza por convertirte en una de sus migajas de pan.
Recuerda que somos un todavía.