¿Sudadera en la oficina? Depende más de lo que crees
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La sudadera puede funcionar en el trabajo, pero no en todos
Durante años, la sudadera fue el uniforme indiscutible de los fines de semana, los aeropuertos y el sofá. Hoy, versiones modernas, bien cortadas y con precios elevados aparecen en pasarelas, escaparates de lujo y redes sociales. La pregunta es inevitable: ¿se puede usar una sudadera en el trabajo sin que afecte tu imagen profesional? La respuesta corta es sí... pero con muchos matices.
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El auge del streetwear, la cultura de la comodidad y el lujo discreto han empujado a la sudadera a una transformación acelerada. Ya no hablamos solo de algodón básico con capucha, sino de cuellos altos estructurados, cierres elegantes, mangas voluminosas y tejidos premium. Según varias publicaciones de moda, vivimos una auténtica “edad de oro” de esta prenda. Sin embargo, que esté de moda no significa que sea automáticamente apropiada para la oficina.
Todo depende del contexto laboral y del mensaje que quieras transmitir. Los códigos de vestimenta no solo regulan cómo te vistes, sino cómo te perciben: tu rol, tu jerarquía y el lugar que ocupas —o aspiras a ocupar— dentro de una organización. En ese sentido, la sudadera sigue siendo, para muchos entornos, la frontera final de lo informal.
Aunque algunas empresas han relajado sus normas, especialmente en sectores creativos o tecnológicos, la sudadera continúa asociándose con juventud, informalidad e incluso vida estudiantil. No suele leerse como una prenda corporativa, por muy costosa o minimalista que sea. En momentos de mayor competencia laboral, muchas personas prefieren proyectar seriedad y estabilidad antes que comodidad.
Desde la óptica del estilismo profesional, el problema no es si la sudadera es de diseñador o de lujo. La cuestión es si reduce la autoridad visual de quien la lleva. En puestos visibles o de liderazgo, una prenda que “disuelve la estructura” puede jugar en contra, ya que la claridad, la confianza y la credibilidad suelen apoyarse en siluetas más definidas y formales.
La pregunta clave, entonces, no es “¿puedo salirme con la mía?”, sino otra más estratégica: ¿quiero renunciar deliberadamente a la autoridad visual y, si lo hago, qué estoy comunicando a cambio? En algunos entornos, la sudadera funciona como señal de pertenencia a un grupo específico, como ingenieros o desarrolladores, donde la identidad profesional se construye desde otros códigos.
Casos famosos han reforzado esta idea: figuras con poder indiscutible pueden permitirse vestir de forma deliberadamente informal como una forma de neutralizar o minimizar su autoridad. Pero esa estrategia solo funciona cuando la posición ya está firmemente establecida. No es una fórmula universal ni replicable.
Si aun así quieres incorporar una sudadera a tu vestimenta laboral, el cómo es fundamental. Combínala con pantalones entallados, una americana bien estructurada y zapatos cuidados. Evita logotipos llamativos y tejidos demasiado deportivos. La ironía es clara: para que funcione en la oficina, debe parecer lo menos posible una sudadera.
Al final, más que una regla fija, la sudadera en el trabajo es una decisión de lectura social. Puede ser válida, incluso elegante, pero solo cuando el contexto, el rol y la intención están perfectamente alineados.