Mi vida con el narco

Nacional
/ 23 junio 2010

Este es un testimonio inédito de un reportero del norte del país cuya vida fue invadida por el narcotráfico

Primera de dos partes

Estaba a cinco meses de casarme, acababan de ascenderme en el periódico y parecía que por fin había llegado la hora en que iba a poder vivir completamente del periodismo. Entonces comenzó una época que las autoridades llamaron "la guerra contra el crimen organizado".

Los primeros días no fueron malos. Creí que se presentaba la oportunidad de hacer grandes cosas. Tenía un nuevo equipo de trabajo, dispuesto a jugársela conmigo, y ese equipo me hacía sentir cierto liderazgo, algo halagador si trabajas con gente profesional que te tiene en cuenta para tomar decisiones y comenzar a actuar.

Era la luna de miel, aunque la experiencia de mis antecesores me advertía que aquel periodo sólo duraría unos meses antes de que comenzaran los problemas que me harían aventar el cargo y hundirme en la soledad. Estaban equivocados. La luna de miel terminó mucho antes.
Duró exactamente una semana y terminó la tarde en que ejecutaron a Iván, un agente de la Policía Municipal que me pasaba información y dominaba el centro de la ciudad. Lo había conocido en mis tiempos de reportero en la calle, cerca de las ambulancias, las patrullas, el mundo de los oficiales.

Iván conocía los nexos criminales de los jefes policiacos y las bandas, sabía la ubicación de tienditas y picaderos, y podía identificar para quién trabajaba cada puchador. Platicaba mucho conmigo, pero nunca me dejaba apuntar.

-Nomás te estoy platicando -decía-. No apuntes y allá tú si lo publicas.

Hace un respiro..

Una tarde, cuando estaba por terminar mis labores, me avisaron que por la zona sur oriente de la ciudad un comando armado lo había ejecutado. El chofer de un camión alcanzó a ver cómo lo tenían hincado varios hombres con el rostro cubierto, gritándole que se había pasado de lanza y que por eso iban por él. Supe que lo habían asesinado por la información que pasaba, que la corporación policiaca a la que había pertenecido estaba infiltrada por criminales. Un compañero de trabajo me dijo:

-Las cosas se están poniendo calientes. Nos están diciendo que le bajemos de huevos-. -Está bien, chaparrito -respondí-. Pues entendimos el mensaje y ya.
Le costó la vida

Su muerte se perdió entre las 100 ejecuciones que se habían registrado en la ciudad a lo largo de 2007 y que duplicaban las ocurridas el año anterior. Al comenzar 2008 se había alcanzado esa misma cifra en sólo dos meses. A fines de marzo habíamos contabilizado 214 víctimas y yo había descubierto que mi nuevo empleo poseía grandes desventajas: el teléfono sonaba a cualquier hora de la madrugada, ganaba sólo un poco más de sueldo y tenía, en cambio, el triple de trabajo. Me pasaba el día encerrado en la oficina, extrañando las calles y la urgencia de la nota diaria, obligado a atender trámites burocráticos de la Gerencia, Recursos Humanos y Publicidad.

Pasaba el tiempo sintiendo que los días deberían tener 28 horas, porque 24 eran insuficientes.

Un día cualquiera de marzo de 2008, a las siete de la noche, me dirigí al estacionamiento del periódico. Pensaba cenar algo con mi novia y luego ir a descansar.
Subí a la camioneta, encendí el motor y entró una llamada de un número desconocido. Luego supe que no venía de la telefonía móvil, sino de la satelital. No supe si debía responder. Llevaba trabajando 12 horas seguidas. Al fin, me ganó la curiosidad. No fuera a ser una emergencia. Hoy asocio aquella llamada con un poema de Ungaretti:

.Lejos, lejos
como a un ciego
me han llevado de la mano.
Contesté:

-Licenciado, un gusto saludarle, licenciado. Me recomendaron que hablara con usted para platicar de. bueno, es que, mire, pues nosotros no queremos problemas con ustedes, ¿sí me entiende, patrón?, es que queremos que nos echen la mano, porque son chingaderas lo que están haciendo con nosotros y pues no queremos actuar a la mala. A nosotros no nos gusta meternos con los que nomás hacen su trabajo, sabemos que nomás hacen su trabajo, pero también nos están chingando, les dicen que nos estén chingando y ya no sabemos cómo hacerle. ¿sí me entiende, licenciado? -

Medita y piensa

Desde luego que lo entendía. Recordé que unos días antes un comandante de la PGR, que para variar fue ejecutado tiempo después, me había dicho que unos conocidos suyos querían hablar conmigo. La confianza que tenía con ese comandante no era tanta como para que se aventara a proponerme cualquier clase de complicidad. Apenas me había deslizado que alguien quería hablarme. Hice como que no entendí y le pedí, la última vez que nos vimos -pues comúnmente hablábamos por teléfono y nos mandábamos correos electrónicos- que me mandara a sus conocidos a la oficina para atenderlos.

No fueron a verme, pero optaron por el teléfono.
En la primera llamada aquel sujeto me habló de su organización, La Empresa, con un código casi secreto. Habló de "los de enfrente" (así llamaba a sus rivales cuando estaba de buenas, porque de malas no los bajaba de hijos de la chingada), y habló también de mis colegas de otros diarios, a los que compraban con unos dólares a fin de que éstos omitieran algunos datos y les echaran la mano difundiendo rumores, o "quemando" a quienes ellos querían poner en el foco de atención de las autoridades.

-Nosotros conocemos cómo es usted para trabajar, patrón, por eso le pedimos que nos vayamos por las buenas, al fin que pues no le caería nada mal una ayudadita para su casa, su familia. nomás díganos, que ya sabe que estamos a sus órdenes, si tiene algún problema con alguien, si lo andan molestando, quien sea, nomás me dice y nosotros nos encargamos, sin que usted se manche las manos. Yo voy a buscar la forma de encontrarlo, de mandarle un mensajito, de unos cinco o seis mil dólares, es con lo que nosotros podemos apoyarlo, licenciado. A los que nos apoyan allá en Juárez o Parral oallá en Durango, o así, pues los apoyamos con menos, con unos cuatro, pero sabemos que usted es profesional y nos puede echar la mano. piénsela, patrón, yo lo busco mañana a ver qué me dice, a ver cómo nos podemos ayudar.

Con esto pude distinguir que entre cada bulto de palabras el hombre aspiraba, tosía, bebía, fumaba, en ese orden. Se estaba metiendo toneladas de cocaína mientras hablábamos. A su alrededor se oían gritos, carcajadas, pláticas.

Respondí:

-Oiga no, no, no, no se apure. Le agradezco mucho la intención, pero usted sabe, son muchas broncas, en mi trabajo son muy delicados los jefes, así que no se apure. Pero estoy a sus órdenes, amigo, nomás hábleme cuando se le ofrezca y vemos qué podemos hacer, con mucho gusto.

El hombre aspiró, tosió, bebió. Luego dijo:
-Pero no se apure, le digo que nosotros no nos metemos con los que no se tratan de pasar de lanza con nosotros. Yo sé que usted nomás hace su trabajo, por eso el jefe, de Juárez, ¿sí sabe quién es mi jefe?, pues mi jefe me pidió que le hablara primero yo, pero él le va a hablar para ponerse a sus órdenes, para que le diga lo que quiere, lo que necesita, y luego que él me diga yo me encargo de buscarlo, licenciado. Sin compromiso, de verdad, es sólo una compensación si nos echa la mano de vez en cuando.

Propuesta tentadora

El corazón me estaba latiendo a todo vapor, no sabía qué decir para desligarme de cualquier cosa que pudiera poner en riesgo mi integridad. Atiné a responder:
-No, mire, después uno se mete en problemas, ¿qué tal si alguna vez no le puedo echar la mano? ¿Se imagina? Me iban a andar correteando, hombre, y mejor para qué nos metemos en broncas, ¿no le parece? Dígale al señor que muchas gracias, que ahí estamos a la orden, estamos pendientes, nomás háblenme con tiempo para lo que se ofrezca, no se apuren.

-No, licenciado, es que me dijeron que le dijera. -y se oía que aspiraba, que fumaba, que daba un sorbo antes de continuar-. Es que el patrón me pidió que le dijera que nomás nos eche la mano, en lo que usted pueda, ¿verdad? No se sienta comprometido, ¿verdad?. Nosotros sabemos que usted pues cumple con su trabajo como siempre, muy bueno, muy bueno, pero estas chingaderas de repente se ponen difíciles y pues ahí se necesita que nos echen una mano.

Usted sabe, pues nomás a veces que les meta un chingazo a esos hijos de la chingada, o a veces que nos diga cómo anda el agua, que nos ayude, a veces se trata de nuestra gente y pues a veces no queremos que salgan los nombres o cosas así, ¿me entiende?

-Claro que sí, lo entiendo, pero le digo, cuando pueda echarles la mano con mucho gusto, y no se apure, ahí estamos a la orden -le dije, mientras trataba de descifrar su código, sin lograr hacerme del escenario completo de los problemas que enfrentaban ambas bandas.
-Gracias, patrón, yo lo busco más tarde o mañana para ponernos de acuerdo, para entregarle lo que le mande el jefe que anda en Juárez, pero en cuanto lo vea y que él me diga yo lo busco para ponernos guapos con usted. Y lo que se le ofrezca, no se apure, nosotros lo protegemos para que usted no ande preocupado-.

No pude analizar lo que me habían dicho realmente, ni lo que yo había respondido. Traté de digerir lo hablado con esa persona que me llamaba patrón y licenciado, y era extremadamente servil y educada si no se tomaba en cuenta su voz aguardentosa y las aspiradas constantes que interrumpían la fluidez de su plática. Me pregunté: "¿Hasta qué grado te has involucrado?".

De cualquier modo guardé el contacto en mi celular bajo el nombre de Juan. Pensé que me podría servir de algo tener un contacto de nivel dentro de la mafia. No tardé en agregar a mi agenda otro contacto, al que llamé Secretario, y uno más al que nombré La Empresa.
Había comenzado mi relación con el narco.

-Buenas, patrón, qué dice. Oiga, cómo vio lo de Parral, yo les pedí que lo regresaran por seguridad nomás, no quería molestarlo, una disculpa porque no quería que lo molestaran, pero estaba muy caliente por allá. De todos modos cómo la vio. Estos puercos hijos de la chingada nos levantaron a cuatro morritos, puros lepes, hombre, eran de mi gente. pero hijos de la chingada les matamos a madre al cabrón que nos estaba chingando, ¡les partimos su madre para que sepan con quién se meten esos marranos! Aquí en Chihuahua tengo toda la información, si quiere ahorita nos vemos, para decirle como estuvo todo -me decía Juan por teléfono, mientras yo manejaba, el domingo 6 de abril, a las dos de la madrugada, por la carretera Parral-Chihuahua. A mi lado iba dormido mi compañero Pablo.

-Pues bonito susto me metieron. Yo nomás iba a hacer mi trabajo, pero sus muchachitos están cabrones, muy maleducados para hablar. Ahora vengo en la carretera todo asustado. Mejor mañana platicamos-.

Faltaba más de una hora de camino y no pensaba llegar a Chihuahua para reunirme con un narco en plena madrugada. No después de viajar a Parral en forma urgente para cubrir una balacera que había dejado seis muertos. No después de que unos sujetos me hicieran volver con malas palabras.

-Como quiera, licenciado, nomás le quería pedir de favor que cuidara a mis muchachos, son puro jovencito que andaba jalando bien, nomás le encargo que no salgan sus nombres en los periódicos, ni las fotos. Por la familia. Se nos hace gacho por la familia -me decía aquel tipo de voz aguardentosa que de jefe, patrón y licenciado no me bajaba.

Agregó:

-Y dígame, cómo le hacemos para entregarle el encargo, que aquí lo traigo, calientito, porque me pidieron que lo tratara muy bien. El patrón anda en Juárez, ahorita hablé con él y me dijo que le hablara, para que no se arriesgara por allá, y para darle lo que le dijimos.
-No'mbre, no se preocupe, después del susto nomás quiero llegar a dormir, mañana tengo jale muy tempranito, yo pensaba quedarme por allá en Parral, pero pues ya me saltaron otras broncas. De todos modos estamos al pendiente, nomás avíseme.

El hecho de tener comunicación tan seguida con ellos comenzaba a preocuparme. Tuve más de 150 kilómetros de carretera oscura para ir pensando lo que había pasado. ¿Hasta dónde me estaba involucrando, hasta dónde llegaría la relación y hasta qué punto sería sostenible?
-Buenas, qué dice patrón, ¿ya llegó a Chihuahua? -insistió Juan por el celular, que ya estaba casi descargado, poco después de las tres de la mañana-.

-Apenas vengo llegando, compa. ¿Qué hay de novedades?
-Pues seguimos igual, licenciado. El jefe anda encabronado por lo que pasó, ya sabemos quiénes fueron, fue un pinche flaco pendejo de Durango que se metió para acá, que desde hace mucho anda chingando para meterse por acá, pero ni madres que lo vamos a dejar. Es un pinche flaco que se siente muy bule. Lo vamos a reventar al pendejo como le andamos reventando a su gente al güey; queremos quemarlo. Dice el patrón que si nos ayuda para quemarlo en los periódicos, en la internet, para que los pinches guachos vayan por él, a él sí lo dejan jalar en la sierra, en Durango, los tiene bien compradotes el hijo de la chingada.

-Mañana vemos ese pedo, ¿no? Es que ando bien fregado, ya necesito irme a dormir, me venía durmiendo en la carretera.

-Sí, señor, nomás le hablaba para decirle eso que nos pidió el patrón, pero de todos modos él mañana le habla, para ver si nos vemos por ahí, si quiere con un paquetito, con todo el kit, ¿sí le pone a esa madre?
En kit y todo.

Le dije que sí, que a veces le ponía, pero hacía un buen rato que no.

-Es que ando medio enfermo, pero mañana vemos ese pedo, a ver dónde nos vemos-.

Pura madre, pensé. No me voy a andar drogando y menos con unos narcos. Comenzaba a pensar, por cierto, cómo tenía que hablar ante ellos. Por alguna razón, si ellos comenzaban a utilizar malas palabras yo les respondía de la misma forma. Nunca he sido mal hablado. Pero algo me hacía ponerme al mismo nivel. De cualquier forma, insistí, pura madre que voy a verlos, mejor que todo sea por teléfono.

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