¿Es posible que cientos de miles de familias sean felices a pesar de haber perdido su fuente de ingresos y eso los condene a pasar varios años de penurias materiales antes de recuperarse?

A despecho del señalamiento insistente del presidente Andrés Manuel López Obrador, en el sentido de que “vamos bien”, los pronósticos respecto del devastador efecto que sobre la economía tendrá la pandemia del coronavirus no hacen sino acumularse.

Dentro y fuera de México las voces expertas coinciden: este año sufriremos la peor pérdida de empleos de la historia y eso se reflejará, entre otros indicadores, en un decrecimiento del Producto Interno Bruto, que bien podría ser de dos dígitos, el mayor descalabro desde que en el mundo se mide el crecimiento de las economías a partir de dicho parámetro.

El Banco de México (Banxico) se sumó ayer a las voces que ven con pesimismo el futuro inmediato, proyectando un decrecimiento de hasta 8.8 por ciento en el PIB de este año y la pérdida de hasta un millón 400 mil empleos formales.

El anterior, es importante destacar, constituye el peor de tres escenarios presentados por el banco central de nuestro País, cuyos directivos advirtieron que en el contexto actual es muy difícil realizar un pronóstico puntual debido a lo cambiante de la situación.

Pero incluso en su escenario más optimista, Banxico pronostica una caída del PIB de 4.6 por ciento, lo cual deja claro que, al finalizar este año, México habrá ligado dos años consecutivos de contracción económica.

Lo peor de todo es que, de acuerdo con la institución, las malas noticias no acabarán este año sino que seguirán en 2021, periodo durante el cual aún podríamos sufrir una pérdida adicional de puestos de trabajo.

Respecto de esta poco promisoria realidad es indispensable decir que, aun cuando lo que está ocurriendo este año es atribuible en gran medida a la llegada del coronavirus, la estrepitosa caída que seguramente sufrirá nuestra economía se debe también a que ya estábamos mal antes de que iniciara el 2020 y la pandemia apareciera en el horizonte.

No debe olvidarse que en el 2019, cuando López Obrador sostuvo reiteradamente que la economía crecería al 4 por ciento, no solamente estuvo lejos de acertar, sino que decrecimos 0.1 por ciento.

Ahora, cuando todos los pronósticos apuntan a uno de los peores desempeños de la historia reciente, el Presidente ha dicho que ya no debemos voltear a ver indicadores como el PIB, sino que es necesario “construir” un nuevo modelo para definir el desarrollo. Uno centrado en medir la felicidad.

¿Es posible que cientos de miles de familias sean felices a pesar de haber perdido su fuente de ingresos y eso los condene a pasar varios años de penurias materiales antes de recuperarse? En términos teóricos sí, pero eso habrá que preguntárselo a quienes se encuentren en esa situación.

Por lo pronto, lo que el discurso presidencial promete es que, aun cuando tengamos una economía terriblemente deteriorada, seremos capaces de sonreír y ver con optimismo el futuro. En otras palabras, perderemos el empleo y nuestra situación material empeorará, pero seremos más felices.

Es, por decir lo menos, sorprendente que durante tanto tiempo nos hayamos esforzado en alcanzar el mismo resultado, pero por el camino opuesto.