Hay adolescencia de desbocaduras, avideces, adicciones y estallidos temperamentales. 

         Y no solo en vidas humanas sino en sociedades contemporáneas. Los promotores del consumismo fomentan esa inmadurez. Desde las crisis de identidad sexual hasta las voracidades de poder político o legislación de mayoriteo, pasando por los bloqueos surrealistas de vías de comunicación para presionar coloquios, denotan desequilibrios más profundos de decadencia relacional.

          El retorno de las idolatrías que absolutizan lo efímero y lo inconsistente, o un relativismo epidémico, deshumanizan a las generaciones que estrenan una civilización al mismo tiempo problemática  y esperanzadora.   

          La satanización de la divergencia se embarra de odio destructivo y homicida  tomando como hazaña la supresión de la vida ajena. Son extremos casi patológicos de una adolescencia social que hace de la libertad un libertinaje autodestructivo y pernicioso. 

           Bueno, resultó un rollo este intento de diagnóstico o psicoanálisis de algunos aspectos de la época actual. Con términos más sencillos podemos decir que también la aceleración tecnológica ha dejado atrás la maduración ética. Que el cambio estructural ha rebasado el desarrollo integral humano.

           Quienes están viviendo su juventud no encuentran fácilmente modelos inspiradores. Se dificulta el discernimiento. Se cae en conformismo, en rebeldía y solo algunos descubren el camino del compromiso.

           La madurez es la capacidad para cumplir la propia misión. Las sociedades actuales han descuidado sus desarrollos necesarios para lograrla: el físico, el intelectual, el moral, el emocional y el relacional. Esto ha multiplicado las ineptitudes, las insuficiencias y las ineficiencias.

            Las cotorreadísimas corrupción e impunidad no son sino síntomas de esa adolescencia jurídica en que la ley no suele ser   producto de la razón y, aún promulgada por autoridad competente, no siempre es conocida o bien interpretada y, no pocas veces, pésimamente  aplicada y habitualmente burlada, cancelando así el bien común. 

            En nuestras sociedades adolescentes los jóvenes intentan abrirse paso para desarrollarse hacia su madurez para, como algo mínimo indispensable: aceptarse plenamente a sí mismos, tener una jerarquía de valores  y vivir el momento presente…