En los lienzos esparcir pintura, para recordar de la diversidad la hermosura; tocar e interpretar una melodía, que de la igualdad sea alegoría; preparar el escenario, para la representación de un mundo solidario; moldear como símbolo de protesta una escultura, por el acceso universal a la cultura; proyectar un romance en el cine, con el objetivo de que ya no se discrimine; escribir un verso que sirva de inspiración, para evitar de la humanidad la aniquilación; hacer pues al arte migrante, que nos recuerde siempre que el otro es igual de importante…

Arte Migrante nació hace 6 años en Bolonia. Son un grupo de personas, una comunidad de soñadores que busca crear un mundo diverso. Sus reuniones iniciaron con pocos, primero eran 15, después 50, 100, más de 150, todos de distintas culturas y condiciones sociales.

En las reuniones semanales o “Noches de Arte Migrante” se comparte eso: el arte. Pero el objetivo principal es la relación humana. Una relación más justa guiada por el deseo de encontrar al otro y de valorizar la diversidad y talento de cada uno.

Es una noche en la que se comparte libremente y se divide en tres fases. La primera fase es la de presentación, que sirve para romper el hielo. Después se hace la cena común, donde cada uno comparte algo de comer; por tanto, se pueden encontrar platillos de todo el mundo, pues cada uno aporta su tradición.

Posteriormente, en la tercera fase, quien lo desea, escribe su nombre en el pizarrón a fin de tomar un turno para compartir su arte con el resto. Hay quien canta, quien baila, quien toca un instrumento, quien lee una poesía, quien comparte historias de vida, pero, sobre todo, quien escucha atentamente.

Para concluir cada reunión, todos los asistentes al círculo de Arte Migrante se toman de la mano con un objetivo: desearse recíprocamente una buena noche en su idioma nativo. Esto último, a mi parecer, es una vívida imagen de lo que significa Arte Migrante: un conjunto de personas desconocidas, con una cultura, idioma, fisonomía e intereses diferentes, pero unidas por el arte bajo una misma convicción: la buena voluntad y amor hacia el prójimo.

Actualmente, Arte Migrante se encuentra en toda Italia y en algunas ciudades de Alemania y España. Pero, como es obvio, Arte Migrante creció y no sólo por el cada vez mayor número de personas que acuden a sus reuniones. Creció por la cohesión social que ha logrado en las comunidades en las que opera y, por ende, en la creación de sinergias y nuevos proyectos que contribuyen a su objetivo.

Entre ellos destaca la colaboración realizada por Arte Migrante Bolonia y Antoniano Onlus de Bolonia para el desarrollo de los “Laboratorios Migrantes”, que consisten en espacios abiertos para todos, en los que miembros de Arte Migrante imparten de forma gratuita teatro, danza, música, artesanía y pintura. Su objetivo es reconocer las capacidades de cada uno, con la convicción de que al incrementarse la autoestima de las personas les es más fácil enfrentar un camino de autonomía.

Desde mi perspectiva, la réplica de este tipo de proyectos constituye una oportunidad para descubrir las infinitas formas en las que las relaciones con personas diferentes nos pueden enriquecer. Pues, es sólo a través del encuentro con el otro como podemos conocernos y entendernos a nosotros mismos, y, por tanto, tener la posibilidad real de construir juntos un mundo mejor.

A pesar del objetivo de esta columna, hoy no he escrito de derechos humanos, sólo de arte. No obstante, me pregunto: ¿era necesario? Creo que entre las líneas de este texto, aun sin hacer alusión específica a ellos, se ha hecho patente que el arte es un lenguaje universal y, por tanto, el vehículo más accesible para la difusión y comprensión de estos.

En este sentido, el arte puede considerarse como una estrategia en la búsqueda de mecanismos que fortalezcan la cultura de los derechos humanos y por ende su respeto, protección y garantía a largo plazo.

Dicho lo anterior, no me queda más que agradecer a mis amigos de Arte Migrante Palermo por permitirme compartir con ellos mi poesía, pero sobre todo por recordarme siempre que todos somos uno con los demás, inspirándome así a ser una mejor jurista, pero, sobre todo, un mejor ser humano.

La autora es investigadora del Centro de Estudios Constitucionales Comparados de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH