Uno de los aspectos preocupantes del inicio de la nueva administración federal es la evidencia de que, en materia de seguridad pública, la estrategia del equipo del presidente Andrés Manuel López Obrador no está ofreciendo ningún resultado positivo e incluso se percibe un deterioro en este rubro.

De manera particular, es evidente que los episodios de violencia, que se traducen en delitos como el homicidio, el secuestro, las lesiones o el robo, no están siendo contenidos en modo alguno e incluso algunas de esas conductas muestran un repunte preocupante.

Tal circunstancia constituye una realidad de carácter nacional, pero tiene incidencia particular en algunas entidades de la República donde los indicadores delictivos muestran comportamientos que llaman a preocupación.

No es el caso de Coahuila, es verdad, pero no habría que esperar al deterioro de las variables locales para tomar cartas en el asunto y acusar recibo de los episodios que en los últimos días han caracterizado la realidad de distintas regiones del Estado: enfrentamientos entre policías y presuntos delincuentes, ataque a instalaciones policiales, ejecuciones y secuestros.

Un reporte que publicamos en esta edición da cuenta del rescate, la noche de este martes, de dos personas a quienes mantendrían cautivas los integrantes de una presunta banda de secuestradores.

Este y otros episodios que hemos reseñado en los últimos días pueden ser leídos desde la perspectiva del “éxito”, es decir, desde una óptica según la cual, en la confrontación entre policías y presuntos delincuentes, las fuerzas del orden han logrado “imponerse” a los intereses de la criminalidad.

Ésta, sin embargo, no es la única lectura posible y acaso no sea tampoco la más útil en términos del interés colectivo. Y es que los hechos también pueden leerse desde la perspectiva de que los grupos delincuenciales que operan en el territorio estatal han regresado a la actitud de abierto desafío a las instituciones públicas que caracterizó la época de mayor violencia padecida por todos hace muy poco tiempo.

Desde esta óptica, el rescate de dos personas secuestradas no es el hecho que debe resaltarse en la historia que hoy reseñamos, sino el que los secuestradores puedan actuar con la libertad que, de acuerdo con la información difundida por la propia Fiscalía General de Coahuila, lo hicieron.

Porque según el parte oficial, los plagiarios habrían capturado a sus víctimas a plena luz del día y los mantuvieron cautivos durante varias horas antes de que un “descuido” de sus secuestradores les permitiera alertar a la policía, que actuó a partir de tal circunstancia.

En otras palabras, el episodio lo que revela es que fue un hecho fortuito -un golpe de suerte, podría decirse- lo que condujo al esclarecimiento del caso, lo cual no implica ningún mérito, ni para las corporaciones encargadas de la prevención, ni para quienes son responsables de la investigación de los delitos.

Lo mismo puede decirse de prácticamente todos los hechos de violencia reportados en los últimos días pues, de acuerdo con todos los partes oficiales, ha sido “la casualidad” la única diferencia entre la resolución “exitosa” de los casos y la posibilidad de que estos quedaran en la impunidad.

Y eso debería preocuparnos a todos.

Los hechos también pueden leerse desde la perspectiva de que los grupos delincuenciales que operan en el territorio estatal han regresado a la actitud de abierto desafío a las instituciones públicas