Un desglose de la disputa entre Trump y Powell

Opinión
/ 17 enero 2026

Incluso si la disputa entre la administración Trump y la Fed no termina siendo catastrófica, el desafío está en transformarla en algo constructivo

Por Mohamed A. El-Erian, Project Syndicate.

NUEVA YORK- Tras un año de tensión creciente, parece que la relación entre el gobierno del presidente Donald Trump y la Reserva Federal de los Estados Unidos llegó al punto de ruptura. Algo tendrá que ocurrir en los próximos meses, y el resto del mundo debe prestar atención, porque es posible que tenga repercusiones más allá de los Estados Unidos.

La disputa comenzó durante la primera presidencia de Trump, poco después de designar a Jerome Powell como presidente de la Fed en 2017. Pero se intensificó desde el regreso de Trump a la Casa Blanca; y el presidente ha comenzado a mezclar críticas a la política de tipos de interés de la Fed con ataques personales a Powell. Ahora parece que el conflicto entró en una fase de tierra quemada.

En primer lugar, el Departamento de Justicia remitió a la Fed intimaciones legales que hacen temer una acusación penal contra un presidente de la Fed en ejercicio, algo sin precedentes. La respuesta de Powell (que hasta ahora se había abstenido de comentar en público los ataques de Trump) fue igual de extraordinaria. En un videomensaje calificó la investigación del Departamento de Justicia como un claro intento de debilitar la independencia del banco central. «Lo que está en juego es si la Fed podrá seguir fijando los tipos de interés sobre la base de los datos y las condiciones económicas», afirmó, o si «la política monetaria estará supeditada a presiones políticas o intimidaciones».

El nivel de exposición al que se ha visto forzada la Fed es tan intenso como incómodo. En el plano interno, un grupo bipartidario de exfuncionarios (entre ellos los expresidentes de la Fed Ben Bernanke, Alan Greenspan y Janet Yellen) se apresuró a dar la alarma publicando una declaración en la que sostienen que «ataques inquisitorios» de esta naturaleza «no tienen cabida» en un país «cuya mayor fortaleza es el Estado de Derecho» y advierten de que un ataque a la independencia del banco central es un ataque a uno de los pilares del bienestar económico.

Fuera de los Estados Unidos, un grupo de importantes gobernadores de bancos centrales (incluidos los del Banco de Canadá, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo) también emitió un comunicado conjunto donde expresan su «plena solidaridad» con la Fed y Powell. Es una acción notable que desafía la norma tradicional de no interferir en los asuntos internos de otros países. En el caso de Nueva Zelanda, esto provocó una reprimenda del gobierno, y el ministro de asuntos exteriores instó a la gobernadora del banco central a «no involucrarse» en cuestiones fuera de su órbita.

Algunos legisladores estadounidenses dijeron que bloquearán la aprobación de nuevos candidatos para la junta de la Fed (incluida la persona que sucederá en la presidencia de la institución a Powell, cuyo mandato termina en mayo) hasta que se resuelvan las hostilidades en curso. Este atasco puede dificultar la actividad del banco central, y además supone riesgo de convertir a la Fed en una especie de «reducto fortificado», donde los funcionarios se sientan obligados a conducir la política monetaria en oposición explícita a las presiones políticas (con posibilidad de oscilar demasiado hacia el otro lado).

Muchos temen que cuando asuma la nueva presidencia de la Fed, la «flexibilidad política» se vuelva más importante que el compromiso tecnocrático con la estabilidad de precios. Esto augura un futuro preocupante de expectativas inflacionarias sin anclaje, inestabilidad macroeconómica y aumento de la volatilidad financiera. Me recuerda una frase que oí muchas veces durante mis años en el Fondo Monetario Internacional: «La estabilidad macroeconómica no lo es todo, pero sin ella, es poco lo que se tiene».

Es previsible que esto provoque repercusiones internacionales. Estados Unidos tiene una influencia exagerada en la economía mundial, porque emite la moneda de reserva dominante y alberga los mercados financieros con mayor profundidad (además de que sus acciones tienden a ser imitadas). Los riesgos se agravan en lo referido a la independencia de los bancos centrales, ya que a pesar de la importancia de este concepto para el bienestar económico, conlleva una fragilidad intrínseca, en virtud del «déficit democrático» que supone el hecho de otorgar poderes significativos a funcionarios no surgidos de elecciones.

Felizmente, existen contrapesos internos y externos que pueden evitar un empeoramiento de la situación en Estados Unidos (y esto ayuda a explicar por qué los mercados en general han mantenido la calma). En primer lugar está la estructura del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) encargado de fijar la política monetaria. Aunque el presidente es sin duda un primus inter pares, los miembros del FOMC votan en forma individual, y esto limita la capacidad del presidente de la junta para torcer la voluntad colectiva al servicio de fines políticos.

Además, están las profundas cicatrices que dejó la Gran Inflación de los años setenta (en la que nació el «índice de miseria», la suma del desempleo y la inflación). En aquel momento, controlar la inflación y volver a anclar las expectativas inflacionarias fue un proceso muy doloroso, que sigue grabado en la memoria colectiva de los estadounidenses (y en particular la de los banqueros centrales).

Algo que sirve de ayuda aquí es la capacidad actual de los mercados para dar respuestas rápidas y efectivas, como descubrió el Reino Unido durante los volátiles 49 días en los que Liz Truss fue primera ministra en 2022. Los gobiernos y bancos centrales deben tener en cuenta a los inversores «vigilantes» que pueden oponerse a una política que consideren imprudente.

Incluso si la disputa entre la administración Trump y la Fed no termina siendo catastrófica, el desafío está en transformarla en algo constructivo. Los políticos, los economistas y los actores del mercado deben aprovechar esta oportunidad para reafirmar la importancia crucial de que la Fed no sólo sea independiente, sino también que inicie reformas operativas, esté sujeta a rendición de cuentas y adopte un enfoque más estratégico en sus políticas.

Pero el primer paso tiene que ser dar a Trump y a Powell una salida del atasco. Y en vista de las armas de negociación que tiene cada uno, una desescalada parece totalmente factible. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Traducción: Esteban Flamini

Mohamed A. El-Erian, ex rector del Queens’ College en la Universidad de Cambridge, es profesor de práctica en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, donde también es senior global fellow del Instituto Lauder. Es asesor económico principal en Allianz, presidente de Gramercy Funds, autor de The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse (Random House, 2016) y coautor (con Gordon Brown, Michael Spence y Reid Lidow) de Permacrisis: A Plan to Fix a Fractured World (Simon & Schuster, 2023).

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