Cada vez se antoja menos probable (que no imposible) que Donald Trump logre mantener el ritmo, la disciplina y el interés necesarios como para hacerse de la candidatura presidencial del partido republicano. Aunque sigue a la cabeza en las encuestas, su falta de sustancia le ha empezado a costar. Trump es mucho más un “showman” que un político profesional. 

Mientras más pase el tiempo —y falta mucho para la primera elección primaria formal en Iowa— las carencias de Trump resultarán cada vez más obvias. Ya ocurrió así en el segundo debate, cuando él prefirió desaparecer de la conversación antes que arriesgarse a decir algún sinsentido. Está claro que Trump podría inclinarse por estudiar y prepararse seriamente, pero es demasiado soberbio. De insistir en la aparente fantasía de que basta ser una celebridad carismática para luchar por la presidencia estadounidense, Trump probablemente irá perdiendo apoyo. En ese caso, terminará por retirarse de la contienda: “no soy masoquista”, dijo hace poco. 

La eventual salida de Trump será el verdadero banderazo de salida entre los republicanos. La gran pregunta será no solo qué hará el propio Trump sino a dónde irán a parar sus simpatizantes, un bloque considerable de votantes. Lo natural es que opten por un candidato de derecha como Trump, de ahí el cuidado con el que Ted Cruz, el ultra conservador senador de Texas, ha tratado a Trump desde un principio. “No creo que Trump vaya a ser el candidato”, dijo Cruz hace unos días, “y espero que la mayor parte de sus seguidores terminen conmigo”. 

Si así sucede, y si Cruz convence a Trump de apoyarlo abiertamente en lo que resta del proceso, Cruz podría tener una oportunidad real de ganar la candidatura. 

El hombre del momento, sin embargo, es el senador de la Florida, Marco Rubio, por mucho el político más natural y talentoso del grupo de republicanos (eso no es decir mucho, porque, aunque numerosa, la caballada conservadora está flaca). Permítame el lector un breve apunte personal. 

He cubierto elecciones en Estados Unidos desde hace 20 años. Desde entonces he asistido religiosamente a las convenciones donde los partidos nominan a sus aspirantes formales y dan escenario a sus jóvenes promesas. En ese par de décadas solo he visto a tres oradores hipnotizar a la audiencia. El primero y mejor de todos es Bill Clinton. Le sigue Barack Obama, también un extraordinario orador y escritor. Inmediatamente después está Rubio. El partido republicano le concedió el honor de ser el orador principal de la convención del 2012 en Tampa. Fue un discurso muy emotivo, de gran astucia narrativa. La elocuencia de Rubio, tan notable hace cuatro años, no tiene comparación entre sus pares rumbo al 2016. 

Además, Rubio tiene una virtud cuya importancia es difícil de exagerar en este proceso electoral: es un hombre joven. Desde el principio mismo de la campaña republicana, Rubio ha tratado de convencer a los electores (y a los millonarios que financian las aspiraciones de los políticos acá) de que el argumento generacional es la vía para derrotar a Hillary Clinton en noviembre próximo. Desde el mismo día en que anunció su candidatura, Rubio declaró a Clinton “una candidata del pasado”. Parecido a lo que hizo Barack Obama en el 2008, Rubio pretende plantear la elección en términos generacionales. 

De ganar la candidatura, el problema central de Rubio será defender posiciones políticas que en realidad van en contra de la tendencia ideológica en Estados Unidos, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, esas que Rubio pretende representar y atraer. En un sondeo reciente de la cadena Fusión, 81% de los encuestados de entre 18 y 35 años de edad dijo apoyar la legalización de la comunidad indocumentada en Estados Unidos. Rubio, como sus compañeros de partido, se encuentra en el extremo opuesto. Lo mismo ocurre con otros temas, como el matrimonio gay, el control de armas y hasta la legalización de la mariguana. A pesar de sus 67 años de edad, Hillary Clinton respalda una agenda más “joven” que Rubio a sus 44. Por desgracia, en la política moderna a veces parece importar más la imagen que la sustancia. De ser así, el joven maravilla de Miami podría ser el primer presidente hispano de los Estados Unidos. Falta mucho camino por recorrer…