El escritor Álex Grijelmo explica en su libro “El estilo del periodista” que en el idioma español hay palabras más grandes unas que otras; no por el número de sus sílabas exclusivamente, aclara, sino porque en ellas es posible encontrar significados que comprenden un campo mayor. Y pone un ejemplo con los términos “Suerte y Sorteo”. Este último abarca un significado mayor que el primero, pues además de llevar consigo suerte, “también implica el concepto de un acto en el que se decide algo por azar”.

Recordé esta puntualización a raíz de haber escuchado hace unos días al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, cuando se quejó, en una de las diarias conferencias de prensa, por qué se había ido dejando atrás el término de “pueblo” y se utiliza en cambio el de “sociedad civil”. Estas fueron sus palabras a propósito de una larga deliberación sobre el tema Odebrecht.

“…¿saben cómo se le llamaba a la sociedad civil?: Pueblo. Nomás que yo no sé quién agarró eso de la sociedad civil. Se apropiaron la derecha, el conservadurismo… es muy raro encontrar un agrupamiento de la sociedad civil progresista. Y hay gente bien intencionada en la sociedad civil, pero en general todas las empresas promueven a organismos de la sociedad civil que son independientes del pueblo, no de los intereses creados”.

Aquí hay por lo menos dos ángulos para el análisis. El primero deriva de lo expresado líneas arriba con respecto a las palabras que llevan más conceptos en su seno. Pueblo, que viene del término populus, permite hacer referencia a los habitantes de una cierta región, a la entidad de población de menor tamaño que una ciudad y a la clase menos favorecida de la sociedad.

La sociedad civil nace en nuestro país en un momento de quiebre definitorio: en el sismo de 1985, cuando su papel se destaca de manera sobresaliente. No fueron los protagonistas de su nacimiento ni el sector de la derecha ni los conservadores a que alude López Obrador. 

La sociedad civil emergió precisamente de las entrañas del pueblo, a raíz de la catástrofe del terremoto de aquel 19 de septiembre.

En la revista Nexos del año 2005, Rolando Cordera lo expone así:
“Miles murieron bajo el cemento, la madera y la corrupción que permitió construcciones insostenibles. 
De los sótanos de la ciudad y del país todo, también surgió otra fuerza, alentadora pero veleidosa, frágil como muchos de los edificios que se derrumbaron. La sociedad civil se configuró y tomó la plaza y la calle y se mostró como una multitud que se organiza”. Cordera la define como “vector fundamental de un nuevo contexto de exigencias y reclamos, propuestas e iniciativas para un abanico de grupos dirigentes que no se atreven a serlo”. En esta sociedad civil, dice, hay que cifrar buena parte de las esperanzas en una democracia que se consolide y empiece a rendir frutos en buen gobierno y políticas económicas y sociales de Estado arriesgadas y ambiciosas, congruentes y juiciosas, como lo fue aquella SC del 85”.

También Alejandro Rosas en la revista “Relatos e historias en México”, en el número correspondiente a noviembre de 2017, destaca cómo el terremoto de 1985 sacudió la consciencia cívica y fue un verdadero despertar. “A pesar del gobierno, la ciudadanía tomó la situación en sus manos y recuperó su destino”. Rosas enfatiza que no fue un efímero despertar, pues a partir de ese año también surgió un sinnúmero de organizaciones no gubernamentales para distintos fines políticos, sociales y culturales. Marca el momento del inicio de la democratización del país.

Y en ese camino, Carlos Monsiváis, en su crónica del terremoto, tiene palabras bellísimas que definen a esa sociedad civil recién nacida, y lo que ella trajo consigo: “El 19, y en respuesta ante las víctimas, la ciudad de México conoció una toma de poderes, de las más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la solidaridad, la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser, también, la importancia súbita de cada persona”.

Contra lo dicho por López Obrador, el concepto de sociedad civil puede perfectamente cobijar en su seno el entrañable concepto de pueblo y conferirle comprometido y esperanzador significado.