Los primeros días del pasado diciembre se cumplieron 15 años del fallecimiento de Juan José Arreola, cuentista, narrador y editor mexicano. Muy pocos lo recordaron. Formó parte de la llamada Generación del 50, con Rosario Castellanos, Jaime Sabines, Juan Rulfo… Su agudo ingenio le permitió ver lo profundo de la realidad mexicana y volcarla en sus escritos, no obstante no haber terminado ni siquiera la educación primaria. En un fantástico cuento titulado “El Guardagujas”, Arreola expresa con fina ironía la realidad del ferrocarril mexicano, ese medio de transporte que se impuso a todas las dificultades de la orografía del suelo de nuestro país para convertirse en la mayor contribución al desarrollo del México de fines del siglo 19 y extenderse hasta más allá de la mitad de la siguiente centuria.

“El Regiomontano” era el nombre del tren que cubría la ruta México-Monterrey, pasando por Saltillo. Se suponía uno de los dos trenes rápidos del sistema ferroviario mexicano y debía cubrir el trayecto en un máximo de 12 a 14 horas. No era un tren de carga, sino de pasajeros  y en su diario ir y venir se suscitaban anécdotas a veces tan inverosímiles como las que narra Arreola en su cuento.

Ferrocarriles Nacionales de México, una de las empresas más valientes y generosas del País, fue detonante del progreso en la época porfiriana. Sus vías unieron a casi todas las ciudades y pueblos y fueron el único medio de transporte y sobrevivencia para muchos poblados. Igualmente, durante la Revolución, los trenes desempeñaron importante papel. Al igual que tantas otras cosas de nuestro país, el ferrocarril se sostuvo gracias al realismo mágico que viste los objetos con un toque de encantamiento: se usó y se usó, hasta que se acabó, y ya no hubo para más. Se vendió la infraestructura para carga, pero los trenes de pasajeros se acabaron, y con ellos muchas rancherías, ahora a punto de morir. Siendo ya historia, los trenes mexicanos son protagonistas ellos mismos de un sinfín de historias.

Por los años 70, todos los saltillenses que iban al Distrito Federal viajaban en “El Regiomontano”. Entonces eran mejores las vías de acero que las carreteras.

Además, los vuelos eran caros y escasos, y en Saltillo no había aeropuerto. “El Regiomontano” era un tren de lujo. Llevaba un carro-comedor que ofrecía un servicio de primera con un menú de exquisitos vinos de mesa y platillos para cena y almuerzo. También un carro-bar en el que se servían bebidas y botanas. En los coches-dormitorio, los camarines y alcobas incluían baño privado y cómodos sillones que de noche se convertían en camas con todo, bueno, con sábanas, cobertores y almohadas. Viajar en él resultaba atractivo. Podía uno cenar en mesa bien servida y, más tarde, encerrarse en el camarín e intentar dormir arrullado por el ruido y los bruscos movimientos del tren, o sentarse a beber y jugar póker en el carro-bar. Los que preferían esta última opción corrían el riesgo, ya achispados, de perderse  –los porter y camareros desaparecían misteriosamente en la madrugada– y podían recorrer varias veces los vagones antes de encontrar su dormitorio, si no es que iban a meterse a la cama de algún pasajero despistado que no había cerrado por dentro la puerta de su alcoba. Una vez que el tren llegaba a su destino, algunos bajaban muy bien lavados, peinados y con la vejiga desocupada; otros nada más con esto último.

En la mañana muy temprano, se oía por los pasillos el sonido de un melodioso triángulo y una voz que anunciaba, según fuera, primera, segunda, o tercera llamada para el almuerzo. Igual que en el teatro se anuncia el tiempo que falta para que dé comienzo la función. Y es que “El Regiomontano” era como una función, una representación en un teatro en movimiento, claro, cuando se movía... Y como la historia va para largo, mejor hacemos un intermedio hasta el próximo domingo.