Muy grave es la situación de un país donde la Policía muestra su gran debilidad a la delincuencia organizada. Más grave aún cuando esa Policía se alza en motín en contra del Gobierno. Y cuando vemos a estos policías retando al Presidente, amenazando con engrosar las filas del crimen organizado, cerrando vialidades y secuestrando instituciones, prácticamente se puede hablar de sedición, una amenaza que las fuerzas armadas debieron sofocar de inmediato.

Y vaya que otras intentonas de este tipo han sido exitosas. Una de ellas contra el gobierno del presidente Madero donde, al inicio de la Decena Trágica, los cadetes de la Escuela de Aspirantes se amotinaron y tomaron Palacio Nacional. Otro golpe de Estado se dio en Uruguay, cuando en 1933 los policías y bomberos se amotinaron y avalaron la dictadura de Gabriel Terra. Tiempo después, Eduardo Galeano se mofaba de que el primer cuartelazo en su país no lo había consumado la milicia sino los bomberos.

La rebelión de la Policía Federal es inaceptable. Peor aún la convocatoria para que Felipe Calderón asuma su liderazgo “sindical”. 

Asimismo el hecho de que el presidente López Obrador no quiera reprimir a los sublevados.

El solicitar de la manera más atenta a los amotinados que regresen las armas y las patrullas a sus cuarteles es llegar al extremo de la candidez, es alimentar un poder de facto que vulnera las leyes y las hace impotentes ante los facciosos.

La mayoría de los presidentes civiles que ha tenido este País ha hecho uso de la fuerza militar para sofocar rebeliones, mantener el orden y, por desgracia, para contener las protestas sociales.

Miguel Alemán usó al Ejército para contener al cardenismo. Ruiz Cortines usó la tropa contra el Politécnico y los telegrafistas. 

López Mateos para sofocar a los ferrocarrileros, los electricistas y el magisterio. Díaz Ordaz contra los médicos, las universidades y en Tlatelolco. Echeverría recurrió a los militares para conformar la Brigada Blanca. Salinas contra los petroleros. 

Calderón contra las autoridades de su Estado en el “Michoacanazo”. ¿Actuaron mal estos presidentes? Claro que sí, pero ya lo dijo el florentino: mientras los hombres no se conviertan en ángeles la mano dura siempre será necesaria para gobernar.

En el caso actual de la Policía Federal amotinada se puede decir que dicha corporación ha perdido su razón de ser. La indisciplina ha socavado su autoridad moral, el honor, la lealtad y la confianza. No se puede permitir que contaminen las Aduanas, Migración o la misma Guardia Nacional cuya existencia no es obra de AMLO, sino que está plasmada en nuestra Constitución desde 1917.

En el mundo hay Policías de prestigio y trascendencia: Carabineros, Mozos de Escuadra, Guardia Civil, FBI, Texas Rangers, Montada de Canadá, entre otras. Son cuerpos policiacos que tienen el mismo espíritu que tuvo Balzac cuando dijo eso de que “los gobiernos pasan, las sociedades mueren, más la policía es eterna”. Pero una Policía Federal amotinada, que manda a sus esposas e hijos a tomar las calles y a insultar al Presidente, carece de ese espíritu perenne. De haberla conocido Balzac, jamás hubiera dicho eso de que la Policía es eterna. Jamás.

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