En 1935 Frida Kahlo se topó con una nota roja que reportó el caso de un hombre que asesinó a una mujer, su pareja, a puñaladas —veinte, señalan la mayoría de los registros—. Ante el juez, en su defensa, el feminicida aseguró, como si esto lo exculpara de alguna forma, que solo fueron “unos cuantos piquetitos”.

Este acontecimiento inspiró a la pintora a crear una obra homónima que, a pesar de que algunos autores señalan fue hecha en reflejo del dolor que sentía por descubrir la infidelidad de Diego Rivera con su hermana, muestra los elementos suficientes para hacer una clara denuncia ante la incongruencia de la situación.

La leyenda “Unos cuantos piquetitos”, escrita sobre un listón, sobrevuela sostenida por una paloma blanca y una negra la sangrienta escena. En ella un hombre de pie y con una mueca de satisfacción oculta parcialmente con su mano izquierda, dentro del bolsillo de su pantalón, un pañuelo lleno de sangre, mientras que con la otra sostiene aún la navaja con que apuñaló a la mujer que yace muerta, desnuda y desangrada ante él.

El cuadro está manchado de rojo por todos lados; el hombre está lleno de él, la mujer emana el líquido y empapa el colchón, por el piso corre y se desborda fuera del bastidor hasta el marco, donde reúne la representación con la realidad y obliga al espectador a ver la crueldad de la situación como fue.

Tal vez Frida sí se sintió identificada con la situación, tal vez sí se sintió “asesinada” por Rivera tras la infidelidad, pero su creación es más que la intención primaria de la autora, en especial en nuestros tiempos, y por ello es un arte que ha traspasado fronteras.

Por eso cuando escucho que Frida Kahlo era “mala artista” o que está “sobrevalorada” me remito a esta obra en específico, pues a pesar de lo mercantil que se ha vuelto su imagen su trabajo artístico permanece igual de fuerte y es la percepción banal y superficial del público la que la ha llevado a los extremos de la idolatría vacua y el odio irracional.

Las últimas dos décadas la industria del entretenimiento estadounidense se ha encargado de hacer de Frida un símbolo del feminismo —a pesar de que en vida tuvo actitudes de sumisión para nada ejemplares— y ha plasmado su rostro y replicado su estética florida en cuanto producto se le ha ocurrido, obviando por completo su cuerpo de obra y centrándose en aspectos muy específicos de su biografía así como en el mencionado estilo visual que la artista portó.

La presencia tan masiva de su rostro —en especial reproducciones de las fotografías que Nikolas Murray tomó de ella en los 30’s— en tazas, tenis, playeras y revistas para mujeres ha sido, sin duda, el primer encuentro con la pintora que muchas personas han tenido y su mitificada vida se ha convertido en inspiración banal para otras tantas, lo que ha provocado un rechazo a la autora y a su obra por parte de quienes, en el otro extremo, reconocen estas irregularidades pero a la vez detienen ahí su análisis y no se adentran en la investigación para sostener su crítica.

Es fácil señalar a Kahlo por la declaración que la hija de Rivera, Guadalupe Rivera Marín, hizo en 2009 de que él le terminaba los cuadros para poder venderlos porque “ella era perezosa” cuando incontables y grandes artistas han empleado por los pasados siglos la mano de sus aprendices para poder lidiar con tantos encargos, dedicados solo a los últimos detalles y la firma para su posterior venta como un original de tal o cual importante pintor.

También es sencillo menospreciarla por su “falta de técnica” o por no “dejar escuela”, cuando el mismo Rivera, quien poseía las capacidades para crear como los grandes maestros clásicos, se decantó por un estilo de figura humana más sencilla y representativa —pues era lo que el Muralismo requería— ni podemos ignorar la influencia que ha tenido en autores como Nahum Zenil y Julio Galán.

En una era donde los lectores pierden la atención a los tres párrafos, los videos no deben durar más de cinco minutos, la ignorancia es latente y las fake news se aprovechan de todo esto el dilema del amor y el odio hacia Frida Kahlo no es culpa de la artista, ni siquiera tanto de las campañas de marketing alrededor de su figura —producto de la causa—, sino de la superficial aproximación del consumidor de contenidos que no piensa lo que se lleva a la boca y escupe sin haber digerido antes.

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